Historia del vestido, el siglo XIX

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Durante las dos primeras décadas del siglo XIX hay una continuidad del estilo Imperio que había empezado en el siglo anterior. El traje femenino llegaba hasta el tobillo y tenía un amplio escote, lo que puso de moda enormes chales para cubrirse.

Historia del vestido, el siglo XIX

Las conquistas napoleónicas también influían en el vestir; tras la expedición de Napoleón en Egipto la moda se tiñó de cierta orientalidad y se puso de actualidad el turbante.

La Guerra de la Independencia volvió a despertar interés hacia lo español. Los hombres adoptaron nuevamente la capa española, y la mantilla, la peineta y el abanico reclamaban la atención de las mujeres.

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Por su parte, el vestuario masculino acusó una gran influencia inglesa. Aparece el fenómeno del dandy, el hombre que destaca por su elegancia sin llamar la atención. Se ponen de moda los fracs, chalecos y corbatas. A partir de ahora será la mujer la que se convierta en la gran protagonista de la moda.

Alrededor del año 1820 se acusa un cambio bastante brusco en la silueta de la mujer. Vuelve la cintura alta, las faldas se ensanchan y las mangas se inflan. Los manguitos y el abanico se convierten en accesorios imprescindibles y los sombreros se adornan con flores y plumas.

Historia del vestido, el siglo XIX
Historia del vestido, el siglo XIX, crinolina

Hacia los años 50 aparece la crinolina, unas enaguas a las que se les añadían aros de acero para hacerlas más rígidas, en España conocido como miriñaque. Esta moda se popularizó en España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Como el volumen de la prenda no permitía usar abrigos, se usaban capas y grandes chales.

Historia del vestido, el siglo XIX
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Con el tiempo el miriñaque se fue aplanando dando origen al polisón, el vuelo de las faldas se concentraba hacia atrás de forma que se sostenía con un pequeño cojín sujeto a la enagua. Se le denominó “Moda Tapicera”, ya que el juego de las faldas con sus pliegues recordaba a los cortinajes que decoraban las casas.

Historia del vestido, el siglo XIX
Historia del vestido, el siglo XIX, redingote

La moda masculina sigue siendo sencilla. Triunfa el uso del redingote, un abrigo abrochado por delante y abierto en la parte inferior. Se popularizan también nuevas prendas, como la americana, que encuentra una amplia aceptación entre la gente joven y la ropa de deporte, usándose la chaqueta “Norfolk” para la caza.

Historia del vestido, el siglo XIX
Historia del vestido, el siglo XIX, chaqueta norfolk

En la última década del siglo XIX desaparece el polisón del vestuario femenino. Los vestidos se hacen de línea más fina, y se usan tejidos como la seda y los encajes para blusas y enaguas. La política seguía influyendo en la moda. Francia se inclinaba a la alianza con Rusia y eso se notó en el empleo de pieles, que hombres y mujeres usaron para sus prendas de abrigo.

Pero si hay una fecha que marque un antes y un después en el mundo de la moda, esa es 1858, año en que Charles Frederick Worth abre el primer taller de costura de la historia. Desde el primer momento tuvo un éxito espectacular, llegando a contar con nueve reinas entre su clientela. Aunque suaviza el vestuario femenino, éste seguía siendo rígido: puntillas alrededor del cuello, incómodos sombreros, plumas de avestruz y corsés para afinar la figura.

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Historia del vestido, el siglo XIX, Worth

El principal cambio que aportó Worth a la moda fue el sistema de trabajo: instituye la preparación anticipada de modelos que presentaba sobre maniquíes, las clientas elegían y se realizaba después el modelo a su medida; además, inicia los primeros pases de modelos sobre maniquíes vivientes en su casa de Alta Costura de París, y presenta cada temporada una nueva colección, introduciendo así el cambio de temporada como un incentivo para aumentar las ventas.

Historia del vestido, el siglo XIX
Historia del vestido, el siglo XIX, Worth

A partir de ahora la moda no será sólo una industria de creación, sino también un espectáculo publicitario al que sacar el máximo partido. En estos momentos la industria de la moda empezó a ser la primera fuente de divisas para Francia, y las élites culturales y la aristocracia serán sus principales consumidores.

Historia del vestido, el siglo XIX
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A principios de siglo XX la moda aparece dominada por el afán de lujo, fiestas y boato que caracteriza a la sociedad del momento; es la llamada “Belle Epoque”. La forma de S define la silueta de la mujer. El cuerpo permanece rígido, con el busto hacia delante apuntalado por el corsé y las caderas hacia atrás. La falda, ajustada en las caderas, se acampana en el bajo dando opción a una pequeña cola. La rigidez de la línea encuentra su contrapunto en la exagerada exuberancia de los accesorios y adornos: las blusas se llenan de encajes, cintas y lazos, los adornos preferidos son las plumas de avestruz y las boas.

Los zapatos se hacen puntiagudos y con tacones barrocos. Se usan medias de seda, guantes, sombrillas y pequeños abanicos. La joya de moda son las perlas. Pero a medida que avanza la época las cosas cambian ligeramente. Siguiendo las huellas de Worth, surgieron nuevas casas de Alta Costura.

En 1906 es Paul Poiret el modisto que liberó a las mujeres del corsé y creó prendas más desestructuradas y cómodas, dando una mayor funcionalidad a los vestidos; además, fue el primero que lanzó su propio perfume y descubrió la magia de oriente. Ahora, los tonos malvas se cambian por tonos más intensos y las faldas se hicieron más estrechas.

Incluso los maquillajes sucumbieron a la fiebre orientalista y adoptaron los tonos púrpura y oro que habían fascinado a Helena Rubinstein, fundadora de la primera multinacional de cosméticos de la historia.

Historia del vestido, el siglo XIX
Historia del vestido, el siglo XIX, 1913

En 1913, poco antes de que la “Belle Epoque” tocara a su fin con el inicio de la Primera Guerra Mundial, se producen algunos cambios en la moda; el más sorprendente es la aparición de los escotes en “V” que sustituyeron a los altos cuellos y también a la superposición de una túnica hasta la rodilla sobre la falda estrecha que llegaba al tobillo.

Autor: Begoña Carreres Rodríguez para revistadehistoria.es

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