Göbekli Tepe es uno de esos yacimientos arqueológicos que aparecen cada centuria para revolucionar la forma que tenemos de ver las antiguas sociedades. El yacimiento, situado al sudeste de Turquía rompe los paradigmas de todos los eruditos e historiadores que estudian a los cazadores-recolectores de la prehistoria. Göbekli Tepe es mucho más antiguo que Stonehenge, se compone de pilares de piedra caliza ricamente decorados y tallados.
Según su cronología, se erigió en torno al 11.000 a.C., es decir, 7.000 años antes que las pirámides de Giza. Además, el complejo arquitectónico fue enterrado deliberadamente por las mismas personas que los construyeron, dotando aún más de un halo de misterio a todo el yacimiento.
Göbekli Tepe, el primer templo de la humanidad
Su historia comienza cuando un pastor llamado Savak Yildiz encuentra una piedra ricamente labrada en lo alto de un montículo en 1994. Sin saberlo, había encontrado la parte superior de una pieza mucho más monumental y megalítica con forma de “T”. Tras notificarse a las autoridades del hallazgo, estas se ponen en contacto con el Instituto Alemán de Arqueología de Estambul que rápidamente se hacen cargo del yacimiento. Hasta allí llega el arqueólogo Klaus Schmidt para comenzar las investigaciones. De las primeras catas arqueológicas se extraen datos zooarqueológicos y botánicos muy importantes. Por un lado, el uso de ganado y fauna salvaje como sustento. Por otro, la ingesta de almendras, pistachos y granos silvestres. A simple vista, no son datos relevantes, pero lo que realmente nos cuentan es que los constructores y usuarios de este monumental hallazgo desconocían la agricultura y ganadería.
A escasos centímetros de la superficie se encontraron piedras ricamente talladas que formaban un círculo perfecto. En los siguientes años, el equipo de Schmidt llegó a encontrar un segundo circulo de piedras, hasta que en 2003 se llegó a la conclusión de que Gobekli Tepe podía estar compuesto de al menos 20 de estos distribuidos por todo el terreno. Algunos de los pilares llegaban a medir 5,6 metros y pesar la friolera de 16 toneladas. Además, en su superficie presentaban bajorrelieves con distintos animales e insectos. Por otro lado, en las inmediaciones se llegaron a encontrar un sinfín de utillaje lítico asociado a la caza y la construcción. Desde puntas de flecha, hasta cuchillos o azuelas creados a partir de manufactura de pedernal. En palabras de Schmidt, “la mayor colección jamás vista” por él.