Gerda Taro, la gran mujer tras Robert Capa

Gerda Taro, la gran mujer tras Robert Capa

Dicen que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Gerda Taro y Robert Capa podrían ser el ejemplo perfecto para esa frase. Cuando se conocieron, en la década de los años 30 en París, él era Endré Friedmann, un joven húngaro que huía del fascismo y que intentaba ganarse la vida como reportero gráfico; ella, Gerta Pohorylle, una joven alemana judía de origen polaco que se vio obligada a escapar de Stuttgart.

Gerda Taro, la gran mujer tras Robert Capa

Al principio Gerda Taro rebautizó a André como Robert Capa. Un nombre que no era de ningún sitio y podía ser de todas partes. Corto, sonoro y fácil de pronunciar. Un alter ego. Gerta se cambió la t por una d y pasó a ser Gerda, Gerda Taro, otro nombre que sonaba a todo menos a judía, algo de lo que ella estaba cansada de ser. Como mujer decidida que era no se iba a conformar con ser la manager de Capa. Cogió la cámara y aprendió a utilizarla.

La foto Muerte de un Miliciano es la imagen más icónica de nuestra guerra civil, la que convirtió a Robert Capa en el mejor fotógrafo de guerra del mundo, su gran foto, su gran instante capturado. Se dice que la foto no es de un combate real, que era una simulación de los milicianos para que pudieran sacar buenas imágenes que ilustraran la guerra. Sea como fuere, esa fotografía lo hizo eterno.

Las fotos de ambos eran vendidas bajo el nombre de Capa, y Gerda Taro necesitaba más. Era una mujer valiente e inteligente. A ella no le servía ser la sombra de un hombre, a fin de cuentas se arrastraba por las trincheras igual que él. El distanciamiento fue inevitable y empezó a firmar sus propias imágenes, consiguiendo buenos reportajes. Pero su esplendor duró poco. El 26 de julio de 1937, tras pasar todo un día en una trinchera fotografiando una batalla, un tanque, ya de retirada, la aplastó en un accidente fortuito, destripándola. Aunque fue trasladada al hospital inglés de El Goloso en El Escorial, Gerda Taro murió a las pocas horas, tan solo una semana antes de llegar a cumplir los 27 años.

Robert Capa no estaba allí, estaba en París, entregando unos reportajes que pocos días antes había realizado en la misma guerra que se tragó a la mujer de su vida. Dicen que Capa nunca encontró a otra mujer a la que quisiera tanto como a Gerda, y que tampoco intentó amar a ninguna otra tanto como a ella, seguramente porque como Gerda Taro hay pocas en el mundo.

Capa siguió fotografiando la Guerra Civil española hasta la caída de Cataluña. Después siguió documentando la Segunda Guerra Mundial, fundó la agencia Magnum en 1947 y a falta de conflictos fotografió a los grandes artistas de los años 40 y 50, hasta el día de su muerte en la Guerra de Indochina. En mayo de 1954, con tan solo 40 años, Capa pisó una mina que lo hizo pedazos. En aquel momento no solo murió uno de los fotógrafos más importantes de la historia, también murió el joven húngaro antifascista que soñaba con un mundo libre.

Gerda Taro se fue demasiado pronto, y Capa pudo enseñarle al mundo sus propios horrores, los errores que no se deberían estar volviendo a cometer. Los dos crearon una nueva figura, el fotoperiodista de guerra. La figura de quien nos enseña lo que nadie quiere ver, pero que debe ser visto. Dos personas que se jugaban el tipo como los soldados, pero con cierto privilegio, el de saber que te respetan porque tu trabajo son los ojos que muestran al resto del mundo la crueldad que unos pocos olvidados sufren. Nunca lo sabremos, pero quizás Capa nunca habría llegado a ser Capa sin Taro. Robert Capa y Gerda Taro fueron un tándem perfecto, duró poco, pero fue intenso.

Autora: Naiara Parra Ferré para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Gerda Taro. La sombra de una fotógrafa. François Maspero. La Fábrica editorail, 2010

La chica de la Leica. Helena Janeczek. Ediciones 62

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Un comentario

  1. ¿Dónde están ahora los reporteros de guerra? Pues delante de un ordenador componiendo trozos de la guerra de las galaxias donde nadie muere y si lo hace es porque no debía estar allí, fuè culpable de ser » Un daño colateral» ¿Se puede ser más hipócrita?

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