Fernando el Católico

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Fernando el Católico Fue Fernando II de Aragón y V de Castilla, según el orden numérico de los Monarcas castellanos. Hijo de Juan II de Aragón y de su segunda esposa, Juana Enríquez, hija de Fadrique Henríquez, Almirante de Castilla y perteneciente a la familia de los Trastámara. Durante la guerra civil que estalló entre Juan II y su hijo Carlos, Príncipe de Viana, habido de su primer matrimonio con la Reina Blanca de Navarra, Juana Enríquez que se hallaba en Estella defendiendo la causa de su esposo. Juana Enríquez que quería que su hijo naciera en Aragón, partió apresuradamente de Estella al sentir los primeros síntomas del parto.

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Fernando el Católico

El 10 de marzo de 1452 nació Fernando el Católico en el caserón de la familia Sada, en Sos (Zaragoza). A partir de entonces, decidida a que su hijo fuera el heredero del Reino, el odio hacia su hijastro Carlos se mostró con toda su crudeza. En 1461, falleció a consecuencia de una afección pulmonar, aunque fueron muchos los que creyeron que había sido envenenado, señalando a Juana Enríquez. Lo cierto es que la Reina se sintió muy aliviada, ya que la muerte de su hijastro dejaba el camino libre para su hijo Fernando heredera la Corona de Aragón y los condados catalanes. Poco después, Fernando era reconocido como heredero en las Cortes reunidas en Calatayud.

Las intrigas urdidas por Luis XI de Francia, que ambicionaba extender sus dominios hacia Navarra y los condados catalanes, alentaba a los partidarios de la independencia de Cataluña a proseguir la lucha contra Juan II. Pasarán años, y Fernando no olvidará el comportamiento del Monarca francés, que hará pagar a Francia con usura.

El tesón de Juana Enríquez consiguió que las Cortes catalanas juraran s u hijo como heredero. Considerando que el espíritu revolucionario que latía en Barcelona no era el más adecuado para su seguridad y la de su hijo, abandonó de noche la ciudad y se refugió en Gerona. Hasta allí la siguieron los insurgentes al mando de Roger de Pallés, que ordenó sitiar la fortaleza. Resistió Juana Enríquez cuatro meses, pero ya empezaban a escasear los víveres, y la voluntad de resistir la guarnición flaqueaba. El ladino Luis XI de Francia, que no ignoraba las penurias económicas del aragonés, ofreció ayuda a Juan II a cambio de 200.000 doblas de oro, quedando como garantía del pago, que habría de efectuarse el pago en el plazo de un año, los condados de Rosellón y Cerdaña. Gracias a esta ayuda, pudo Juan II romper el cerco de Gerona y liberar a su esposa y a su hijo. La guerra continuó. El Gobierno de Barcelona ofreció la soberanía de los condados catalanes a Pedro de Portugal. Ante la ausencia de su padre, enfermo de la vista, Fernando, con 13 años de edad, fue nombrado lugarteniente general del Reino, confiándosele el mando del Ejército. En 1465 se enfrentó en Calaf (Barcelona) a las tropas de Pedro de Portugal, que fue derrotado falleciendo poco después.

Creció en medio de continuas luchas y embrollos diplomáticos. Más político y guerrero que estudiante, tenía que interrumpir frecuentemente las lecciones que le impartía su preceptor, Francisco Vidal, como consecuencia de una llamada de su padre o por cualquier suceso inesperado. Desde los 13 a los 17 años, combatió y se alternó en el Gobierno con su padre. En 1468, falleció Juana Enríquez, infatigable luchadora, tenaz y prudente, que supo conservar el trono para su hijo Fernando.

Juan II, operado de cataratas por un médico de Lérida, recobró la vista y pudo reanudar sus actividades. De acuerdo con su vieja idea de reunir las Coronas de Aragón y Castilla bajo un mismo cetro, realzó la posición Fernando el Católico el nombrarlo Rey de Sicilia, al tiempo que enviaba emisarios secretos a Castilla: unos a, a su amigo Carrillo, Arzobispo de Toledo; otros, con el encargo de ganar adeptos. Todos con la misión de allanar dificultades surgidas en las estipulaciones matrimoniales. Pocos meses después, él y su hijo firmaban en Cervera (Lérida) el contrato matrimonial con Isabel de Trastámara, futura Reina de Castilla y, conseguido su propósito, partió de nuevo para la guerra con Cataluña.

Según Hernando del Pulgar en su Crónica:

“Fernando, a los 17 años, no era ni alto ni bajo, simétrica figura, hermoso de rostro, cejas pobladas, nariz recta, buen color, los ojos rientes, los cabellos prietos y lisos, ancha frente, la voz un tanto aguda, pero firme y bien timbrada, y el habla, igual, ni presurosa ni espaciosa, complexión recia y templado de movimientos”.

Fernando partió con una expedición de mercaderes catalanes y, disfrazado de mozo de mulas, llegó secretamente a Valladolid. El 19 de octubre de 1469, Fernando el Católico e Isabel contraían matrimonio. Esta unión no significó la fusión automática de los dos Reinos en uno, porque en lo económico, administrativo y judicial cada uno de los Reinos será independiente durante mucho tiempo, si bien en lo político y religioso ambos Monarcas tenderán a unificarse, aunque Fernando, siempre será considerado un Príncipe extranjero en Castilla.

En los años que mediaron entre su boda con Isabel y la muerte de Enrique IV de Castilla, Fernando fue reclamado por su padre para que le ayudara en la difícil guerra que mantenía con Luis XI de Francia en el Rosellón, siendo apoyado por fuerzas castellanas.

La muerte de Enrique IV desató en Castilla la guerra de sucesión al Trono entre los partidarios de Juana la Beltraneja y los de Isabel. Si la Reina Isabel se convirtió en el brazo político, atendiendo con excelente criterio a mil y un asuntos para aglutinar en torno a sí a lo mejor de Castilla, Fernando se convirtió en su consejero y en el brazo armado de la causa isabelina, que también era la suya. Alfonso V el Africano se vio desbordado por la audacia de las maniobras tácticas y estratégicas de Fernando. Esta táctica le llevó a la victoria de Toro y a la toma de Zaragoza, poniendo en graves dificultades al Monarca portugués. La guerra, que se desarrollaba en la frontera lusa, le impidió ir a Zaragoza para coronarse Rey de Aragón cuando le anunciaron la muerte de su padre, ocurrida el 15 de enero de 1479. El 24 de febrero de ese mismo año, Alfonso V era derrotado en la Albuera (Badajoz) y se abrieron conversaciones para concertar la paz. El 26 de septiembre, se firmó en Alcaçovas (Portugal) el convenio de las Tercerías de Moura, por el que, entre otros artículos, Alfonso V renunciaba a sus aspiraciones al Trono castellano, y Juana la Beltraneja, renunciaba también a sus derechos e ingresaba en un convento. El tratado también zanjó, con ventaja para Castilla, la vieja disputa de las posesiones ultramarinas entre ambos Reinos. Mientras, Fernando viajaba a Aragón, Cataluña y Valencia, donde juró los fueros y fue reconocido como Rey.

Solidario con la política de su esposa, Fernando el Católico apoyó con sus consejos y sagacidad política las difíciles medidas que se tomaron para llevar a buen puerto las reformas que se efectuaron en Castilla. Isabel y Fernando estaban perfectamente de acuerdo en destruir el poder islámico en España y unificarla bajo la religión católica. Ambas voluntades, coordinadas al unísono, supieron vencer, gracias a su tesón y energía, todas las dificultades que la larga guerra puso en su camino. El dos enero de 1492, los Reyes Católicos, título que les concedería el Papa Alejandro VI Borgia, entraron en Granada.

Tras la conquista del Reino granadino, campaña a la que Isabel dio total preferencia, no tardaría en imponerse el cambio de política marcado por Fernando. Si la política de Castilla se había circunscrito a mantener un cierto equilibrio con los Reinos cristianos fronterizos y las buenas relaciones con Francia, no había ocurrido lo mismo con la política catalanoaragonesa, que desarrolló una gran labor conquistadora en el Mediterráneo y penetrado profundamente en Italia. Alfonso V el Magnánimo había delegado el Gobierno de Aragón en su hermano Juan para poder dedicarse plenamente a la conquista de Nápoles, dejando a su muerte la posesión de este Reino a su hijo natural Ferrante. En la expansión mediterránea, los catalanoaragoneses chocaron con Francia, que se mostraba muy activa en el Mediterráneo y dispuesta a frenar la expansión catalanoaragonesa. Si Juan II de Aragón se vio obligado a ceder el Rosellón y la Cerdaña a Francia, las condiciones habían cambiado. La unión de Castilla y Aragón había proporcionado a Fernando unos recursos y un ejército capaz y entrenado, que antes no tenía. Gracias a la excepcional capacidad política y a la habilidad diplomática de Fernando el Católico, Castilla y Aragón tendrían una verdadera política exterior al asumir los Monarcas los intereses de la Corona de Aragón frente a Francia. No obstante, pese a la concordia de Segovia, que igualaba los poderes de Fernando frente a su esposa, tuvo éste frecuentes enfrentamientos con ella y con sus consejeros, que se mostraban muy celosos del poder soberano de Castilla. Sin embargo, hacía 1500, Isabel, minada por las preocupaciones y por los sucesos angustiosos ocurridos en su familia, envejeció prematuramente y se fue retirando a un segundo plano, lo que propició el ascenso de la camarilla aragonesa y el predominio de España en Europa como primera potencia en el futuro de los dos próximos siglos, predominio que llevaría a Castilla a la ruina al arremeter contra los molinos de viento del Imperio europeo.

Más pragmático que su esposa, Fernando se valió de la Iglesia para encubrir sus propósitos terrenales. Se le acusó de tacaño, cuando no lo era, sino, más bien, frugal en sus gastos, porque, para llevar a cabo sus numerosas empresas, tuvo que controlar con mano férrea los recursos de que disponía. Nadie le ha acusado de enriquecerse o de apropiarse de lo ajeno por la violencia; antes bien, cuando murió, apenas si se encontró en sus arcas lo necesario para sufragar los gastos de sus funerales. No cabe duda de que Maquiavelo le tomó como modelo de su tratado político.

En 1493, Carlos VIII de Francia se disponía a invadir Italia. Ludovico Sforza el Moro, que quería suplantar los derechos de su sobrino Juan Galeazzo María, menor de edad y casado con una nieta del Rey Ferrante de Nápoles, invitó a Carlos VIII a invadir el ducado de Milán invocando los derechos de los Anjou. Antes de comenzar la invasión, Carlos VIII necesitaba asegurarse la neutralidad castellanoaragonesa, por lo que estaba dispuesto a hacer todo tipo de concesiones con tal de tener libres las rutas italianas. Ese mismo año, Carlos VIII firmó en Barcelona un tratado de paz con Fernando por el que se comprometería a devolver los condados del Rosellón y la Cerdaña, pero cualquier ataque que efectuara el Monarca galo contra el Reino de Nápoles liberaría a Fernando de los compromisos contraídos.

En 1494, Carlos VIII invadió el Norte de Italia, y, en un paseo militar, llegó a Roma. El Papa Alejandro VI se refugió en el castillo de Sant`Angelo, viéndose obligado a pactar con Francia y sus aliados italianos. Ante las advertencias que le hizo Fernando de que no penetrara en Nápoles, el altivo Carlos VIII prosiguió su avance, argumentando que ya había avanzado demasiado para retroceder. Fernando II de Nápoles tuvo que abandonar su Reino y refugiarse en Sicilia. Al día siguiente, 22 de febrero de 1495, Carlos VIII hizo su entrada triunfal en Nápoles, mientras que el Papa Alejandro VI pedía que cumpliera las promesas que le hizo. El 31 de marzo de ese año, se firmó la Liga Santa, integrada por España, Austria, Venecia y Milán. Comentando Fernando con el duque de Nájera, Pedro Manrique de Lara y Sandoval, acerca de la Liga le replicó al duque Para gran paxaro, poca liga es esa. Fernando el Católico envió a Italia una escuadra al mando de Galcerán de Requesens, conde de Palamós, así como un Ejército capitaneado por Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.

Gonzalo Fernández de Córdoba, curtido en la guerra contra Granada, se iba a revelar como un gran estratega que revolucionaría las técnicas militares de su tiempo. En contra del parecer de muchos personajes de la Corte, que se creían con más méritos y conocimientos que Gonzalo, fue la propia Reina Isabel quien lo eligió para mandar el Ejército de Italia.

Dada la superioridad numérica del Ejército francés, Gonzalo optó por llevar a cabo una guerra de guerrillas, aprovechando lo montañoso del terreno, parecido a las serranías granadinas, que permitía con pocos efectivos hostigar y sorprender al enemigo. Su estrategia y capacidad militar le permitió ir desalojando a los franceses de las posiciones que ocupaban. A finales de 1496, el General escocés al servicio de Francia, Señor de D’Aubigny, Everardo Stuart, se vio obligado a pactar una rendición, por la cual las tropas galas abandonaban la región de Nápoles. Fue en esta campaña donde los italianos empezaron a llamar Gran Capitán a Gonzalo Fernández de Córdoba. Carlos VIII regresó a Francia sin haber alcanzado ninguno de los objetivos que tan alegremente había soñado.

Luis XII de Francia, mucho más realista, inteligente y hábil negociador que su antecesor, el novelero y fantástico Carlos VIII, estaba convencido de que la conquista de Nápoles era imposible sin la aceptación española. El 11 de noviembre de 1500, Luis XII y Fernando firmaban el pacto secreto de Granada, por el que ambas potencias se repartían el Reino de Nápoles, ya que Fernando y su padre nunca habían aceptado los derechos de la rama bastarda que reinaba en Nápoles. En junio de 1501, el Ejército francés cruzó los Alpes, mientras que Gonzalo Fernández de Córdoba desembarcaba en Mesina al frente de otro Ejército. Ninguno de los dos Monarcas estaba dispuesto a renunciar a la posesión de Nápoles. Aunque con su astucia natural, Fernando se reservaba para sí estas razones, las intenciones de Luis XII estaban claras.

La ruptura se produjo antes de que Gonzalo hubiera terminado el sitio de Tarento, al invadir el duque de Nemours[1] las provincias de la Capitanata[2] y la Basilicata[3], que quedaron en régimen de condominio administrativo. De 1501 a 1504, las tropas del Gran Capitán, siempre falto de recursos y hombres, se impusieron a las francesas. Las batallas de Barleta, Garellano, Ceriñola, donde murió el duque de Nemours, Seminara… dieron el control de Nápoles a Fernando. Por el tratado de Lyon, el Rey francés renunció a Nápoles.

El 26 de noviembre de 1504, a los 54 años de edad, fallecía Isabel I de Castilla, minada por las enfermedades y las continuas desgracias familiares que afligieron sus últimos años. Isabel amaba sinceramente a su esposo, por lo que debieron de producirle una gran aflicción los cuatro hijos naturales que Fernando tuvo con otras damas. Sin embargo, conociendo las flaquezas de Fernando en cuestión de mujeres, tuvo la suficiente entereza de no aburrirle jamás con escenas de celos, pues sabía que pedirle a su esposo una estricta castidad fuera del matrimonio era pedir demasiado. El carácter viril de Isabel hizo que pudiera disimular los celos que sentía, pero, éstos, debieron de manifestarse en el control que ejercía sobre los actos políticos de su marido. Fernando nunca pudo sellar la correspondencia oficial sin el permiso de Isabel, que acostumbraba a leer todas las cartas y, si alguna no le gustaba, solía romperla delante de Fernando.

Fernando tomó posesión de la Regencia de Castilla, renunciando al mismo tiempo a la Corona castellana en favor de su hija Juana la Loca y de su yerno, el Archiduque Felipe el Hermoso, que se encontraban en Flandes. Sin embargo, algunos nobles que añoraban los reinados anárquicos de Juan II y Enrique IV, en los que nadie ponía coto a su afán de poder y de riqueza, se mostraron disconformes con que Fernando el Católico asumiera la Regencia y enviaron emisarios a Flandes invitando a Felipe a que asumiera el Gobierno. Todos pensaron que les sería fácil manejar al inexperto y fatuo Archiduque, con lo que podían recuperar el poder que tenían en los anteriores reinados. Por consiguiente, la mayoría de la díscola nobleza no estaba dispuesta a acatar los poderes que Isabel, previniendo la incapacidad de su hija había concedido a su marido en su testamento:

“Que rija, administre y gobierne los dichos Reinos e Señoríos e tenga la administración e gobernación dellos por la dicha Princesa, según dicho es, fasta tanto que el infante Don Carlos, mi nieto, hijo primogénito y heredero de los dichos Príncipe e Princesa, sea de edad legítima, a los menos de veinte años”.

La petición que hizo Fernando a Felipe de que enviara a su nieto Carlos a España para que pudiera educarse en el país que estaba destinado a gobernar fue rechazada por el Archiduque, cuya francofilia le acercaba a Luis XII de Francia y amenazaba con desbaratar la obra política del Monarca aragonés.

El progresivo aislamiento al que se vio sometido Fernando – descrito por el embajador flamenco Filiberto de Veyre, en abril de 1505, con la frase:

“no queda çapatero en la corte que no escriba para ofrecerse a Don Felipe”

– le obligó a entrar en negociaciones con Luis XII de Francia, de las que surgió el tratado de Blois, que quedó ratificado con el matrimonio de Fernando con Germana de Foix, sobrina del Rey francés y sobrina nieta de Fernando. Los apuros por los que pasaba el Rey Católico quedaron bien patentes al adquirir el compromiso de pagar al Monarca francés una dote de 500.000 ducados, cuando Enrique VII de Inglaterra pedía 200.000 por contraer matrimonio con Margarita de Angulema[4], condición aceptada por Luis XII. Además, Fernando estaba obligado a acudir en defensa de Francia si fuera atacada.

Germana de Foix, de 18 años, era una mujer de poco seso y nada atractiva, algo coja, frívola, vanidosa, orgullosa y preocupada tan sólo de fiestas y entretenimientos. Prudencio de Sandoval, Obispo de Pamplona, en su obra Historia del Emperador Carlos V, nos dice que Germana era

“poco hermosa, algo coxa, amiga mucho de holgarse y andar en banquetes, huertas y jardines y en fiestas. Introduxo esta señora en Castilla comidas soberuias siendo los castellanos y aun sus Reyes muy moderados en esto. Pasauanseles pocos días que no combidase o fuese combidada. La que más gastaua en fiestas y banquetes era más su amiga. Año de 1511 le hicieron en Burgos un banquete que de solo rábanos se gastaron mil maravedís. De este desorden tan grande se siguieron muertes, pendencias, que a muchos les causaba la muerte tanto comer”.

Unos años más tarde, su obesidad era tan extraordinaria que un indiscreto embajador comentó:

“No creo que en este tiempo se encuentre mujer como ésta, que, mejor que obesa, debe llamársela el inmenso abdomen”.

Tanta obesidad le produjo una muerte prematura, después de haberse casado tres veces. La unión entre Fernando el Católico y Germana no puede ser juzgada como un matrimonio de amor, sino como un sacrificio impuesto por necesidades políticas. El tratado de Blois y la boda de Fernando no fueron bien recibidos en Castilla, ya que si el matrimonio tenía descendencia se destruiría la unión de las dos Coronas. Por otra parte, puso de manifiesto el escaso patriotismo unitario que le han atribuido a Fernando sus aduladores.

Puesto que la situación se inclinaba a favor de Fernando, el Archiduque Felipe se avino a firmar la concordia de Salamanca, el 24 de noviembre de 1505, en la que se estipulaba que Juana y Felipe reinarían en Castilla y León, pero Fernando sería Gobernador del Reino de por vida. El siete de febrero de 1506, Juana y Felipe partieron de Flesinga[5], a bordo de una escuadra real compuesta de 60 naves rumbo a España. Cuando el Archiduque desembarcó en La Coruña, pudo comprobar como la nobleza se puso de su lado. En la entrevista que mantuvieron Fernando y Felipe, el 20 de junio de 1506, en una ermita cercana a Puebla de Sanabria, el Archiduque comunicó a su suegro que no estaba dispuesto a cumplir la concordia de Salamanca, mostrándose inflexible a compartir la Corona castellana con Fernando. Fracasada la negociación, Fernando el Católico, antes de provocar un enfrentamiento bélico y causar males mayores al Reino, encargó al Cardenal Cisneros la misión de negociar un acuerdo. El 27 de junio, Fernando firmó en Villafáfila (Zamora) un acuerdo por el que cedía a Felipe, la plenitud del Gobierno, así como reconocía la incapacidad mental de su hija para gobernar. Fernando quiso, antes de partir a sus Reinos de Aragón y Cataluña, despedirse de su hija, pero su yerno no lo permitió.

Tan sólo duró dos meses el Reinado del Archiduque Felipe. Ese corto lapso de tiempo fue suficiente para demostrar lo acertado que fue el juicio que de él se formaron Isabel y Fernando desde el primer día que lo conocieron. Felipe, con sus arbitrariedades, estuvo a punto de desestabilizar el Reino. Afortunadamente, el Archiduque Felipe falleció en el verano de 1506 a consecuencia de unas fiebres mal tratadas. Felipe dejaba a una esposa, con las facultades totalmente trastornadas e incapacitada para gobernar, y a su primogénito, Carlos, con seis años de edad.

Ante la ausencia de Fernando el Católico, que se había trasladado a Nápoles, el Cardenal Cisneros consiguió formar una Junta de Gobierno encargada de pedir a Fernando que regresara a Castilla y asumiera la Regencia. Fernando retrasó su salida para Castilla hasta el verano de 1507. Antes, se entrevistó con Luis XII de Francia en Savona, ciudad cercana a Génova, donde pactaron la Liga de Cambray, fatal para Venecia.

El nuevo período de Regencia, de 1506 a 1515, fue una continuación del glorioso reinado que tuvo junto a su esposa Isabel. Cuando Luis XII atacó al Papa Julio II, Fernando el Católico se puso del lado de éste. El nuevo enfrentamiento con Francia dio pie a Fernando para enviar un Ejército al mando del duque de Alba, Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez. Sin apenas lucha, Navarra fue anexionada a Castilla en 1512.

El odio que Fernando el Católico profesaba a la Casa de Austria, que le hacía ansiar la disminución de la vasta herencia que iba a recibir su nieto Carlos, incrementó su deseo de tener descendencia. En 1509, Germana dio a luz a un hijo que sólo viviría unas horas. La obsesión de Fernando por lograr descendencia le llevó a ingerir pócimas y guisos amorosos que dieran mayor vigor sexual a su naturaleza, lo que al parecer fue contraproducente. A partir de 1513, sufrió enfermedades que nunca había padecido. Su carácter se volvió impaciente e irritable perdiendo su afición por los negocios de Estado. Solo conservó su gran pasión por la caza, que se fue incrementando con el paso de los años, hasta convertirse, al final de su vida en una obsesión.

El 23 de enero de 1516, falleció Fernando II de Aragón y V de Castilla en Madridejos a la edad de 64 años, a consecuencia de una afección cardíaca. En el último momento, sus consejeros pudieron disuadirlo de que nombrara heredero a su nieto Fernando, criado en Castilla y por el que sentía un gran cariño, en detrimento de su otro nieto Carlos, primogénito de Juana y Felipe. La nobleza castellana, siempre opuesta a su Gobierno, se vio libre de aquel “viejo catalán”. Fernando el Católico dejaba la Regencia de sus Reinos de Aragón y Nápoles al Arzobispo de Zaragoza, Alonso de Aragón, su hijo natural. Castilla sería regentada por el Cardenal Cisneros, al que nunca le tuvo simpatía; pero dio sobradas pruebas de anteponer el interés del Estado con el siguiente razonamiento:

“Bien está: es ciertamente muy buen sugeto, y de rectas intenciones; no tiene amigos ni parientes importantes a quien ensalzar; todo lo debe a la Reina doña Isabel y a mí, y así como hasta aquí ha sido siempre fiel a nuestra familia, espero que continuará siéndolo también en adelante”.

Ambos Regentes dimitirían de sus cargos cuando llegara su nieto Carlos, heredero de ambos Reinos. Por expreso deseo suyo, sus restos reposan junto a los de su esposa Isabel, en la Capilla Real de la Catedral de Granada.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

Lee más sobre el autor en:  sites.google.com/site/joseacepas/

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Bibliografía

RÍOS MAZCARELLE, Manuel. Diccionario de Reyes de España.

[1] Luis de Orleans fue el segundo hijo del duque de Orleans, y posteriormente Rey de los Franceses, Luis Felipe I y de su esposa María Amelia de Borbón-Dos Sicilias. Recibió el ducado de Nemours durante el reinado de su padre, por lo que fue conocido con el título de Duque de Nemours.

[2] Unidad administrativa del Reino de Sicilia que junto con el Reino de Nápoles formaban el Reino de las Dos Sicilias.

[3] Basilicata, históricamente conocida como Lucania, es una región del sur de Italia, a orillas del mar Tirreno, que queda al Suroeste, y del golfo de Tarento en el mar Jónico al Sureste.

[4] Margarita de Angulema, llamada también Margarita de Francia, Margarita de Navarra o Margarita de Orleans, fue una noble francesa, Princesa de la primera rama de Orleans de la dinastía de los capetos, duquesa consorte de Alençon, Reina consorte de Navarra, escritora y humanista. Fue una mujer muy avanzada en su tiempo. Apreciada por su carácter abierto, su cultura y por haber hecho de su corte un brillante centro del humanismo, acogió con agrado los inicios de la Reforma difundiendo el evangelismo y el platonismo.

[5] Flesinga es una localidad y un municipio de la isla de Walcheren, provincia de Zelanda, Países Bajos.

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