Ervigio, un miedoso usurpador

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En octubre del 680 fallecía Quirico, metropolitano de Toledo, al que sucedió el judío converso Julián, que fue abad de un monasterio de Toledo y autor de la Historia Wambae, en la que ensalzaba las hazañas del Rey y justificaba su elección. Julián era amigo íntimo de Ervigio, hijo de un griego llamado Ardabasto, el cual, desterrado de Constantinopla, se refugió en España y estaba casado con una prima del Rey Chindasvinto.

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Ervigio fue educado en la Corte y elevado al rango de conde. Julián le dedicó una obra Prognosticum futuri saeculi. Ervigio, en caso de que Recesvinto muriera sin herederos, debía ser considerado como el Jefe de la dinastía fundada por Chindasvinto. Algunas semanas después de que Julián fuera nombrado metropolitano de Toledo, Wamba se sintió enfermo. Temiendo por su vida, se le administró la penitencia canónica, fue tonsurado y Ervigio se erigió en su sucesor. Julián se dio prisa en ungirlo.

Ervigio, un miedoso usurpador

La superchería empleada por Ervigio y Julián para desembarazarse de Wamba fue conocida por algunos nobles y sospechada por muchos. Ervigio con miedo de la reacción de los partidarios de Wamba, que se había retirado a un monasterio de Pampliega, en Burgos, recurrió a la misma fórmula que otros predecesores suyos: tres meses después de acceso al Trono, convocó el XII Concilio de Toledo. Ervigio se presentó ante la Asamblea Conciliar en actitud humilde, presentando tres documentos, en apariencia legales, que parecía conferirle cierta legitimidad: el primero era un testimonio firmado por nobles palatinos, en el que certificaban como, hallándose Wamba en peligro de muerte, había recibido la penitencia y la tonsura; el segundo era una carta firmada por Wamba en la que manifestaba en la que manifestaba su deseo de que fuera sucedido por Ervigio; el tercero un documento que llevaba la firma del Rey destronado en el que pedía al metropolitano Julián que ungiese a Ervigio.

Los Obispos, que tantas normas habían dado en anteriores Concilios sobre la forma de elegir Rey, declararon legítimo el golpe de Estado de Ervigio. Más aún, los Obispos se ocuparon del tema de los que habían sido tonsurados y recibido el hábito, e intentaban afirmar que no estaban sujetos a las reglas de la disciplina eclesiástica porque estaban inconscientes al recibirlas. Los Padres sinodales concluyeron que la validez de la penitencia persistía, aunque se hubiera recibido en estado de inconsciencia. Se desligó a todos los súbditos de la obligación de mantener el juramento de fidelidad hecho a Wamba. Otro de los cánones transfería al metropolitano de Toledo, de mutuo acuerdo con el Rey, el privilegio de nombrar Obispos. También se modificaba la ley militar de Wamba y se rehabilitaba a todos los infractores.

Dos años más tarde, el cuatro de noviembre del año 683, Ervigio convocó el XIII Concilio, en el que se ratificó la triple alianza entre la Monarquía, la nobleza y el alto clero. La sumisión de Ervigio a la Iglesia era casi total. Se concedió un indulto general a todos los que tomaron parte en la rebelión de Paulo contra Wamba, ocurrida diez años atrás, restituyéndoles los bienes confiscados. Aún más, el Concilio decretó que ningún noble, gardingo[1] o eclesiástico podría ser juzgado por un delito, a no ser que su culpabilidad fuera notoria, siendo sus iguales los únicos capacitados para juzgarles.

Se promulgó una ley por la que se condonaban los impuestos atrasados, que únicamente favorecía a los intereses de los nobles, por ser éstos los que tenían la fuerza suficiente para atrasar los pagos. La preocupación de Ervigio por la seguridad de su familia, su necesidad de ponerla a salvo de cualquier contingencia política adversa, era tan grande que el Concilio aprobó el siguiente canon:

Quedaba condenado a la pena de excomunión perpetua a todo aquél que atentara contra los bienes o dignidades de la Reina Liubigotona, de sus hijos, de sus yernos o nueras.

El siguiente canon refuerza el primero:

Que ninguno se case con la viuda del Rey, ni trate torpemente con ella; y el que lo contrario hiciere, sea su nombre borrado del libro de la vida, aunque sea el Rey.

Otro canon reforzaba los privilegios de la nobleza al prohibir la concesión de los cargos de la Corte a siervos y libertos:

Para que la sangre de la nobleza no se confunda con la de estas personas viles.

Ervigio recomendó también que se recrudecieran las leyes contra los judíos, imponiendo el bautismo obligatorio a toda la comunidad judía. Si en el plazo de un año no se hubiera cumplido esta ley, el infractor recibiría cien azotes, sufriría la decalvación y la confiscación de todos sus bienes.

Ervigio trataba de conservar un Trono que se le escapaba, buscando en los Concilios una seguridad para él y su familia, tratando de hacer olvidar la irregular forma de su acceso al Trono, y siempre con miedo del monje de Pampliega. Quiso asegurar el futuro de su familia casando a su hija Cixilona con un sobrino de Wamba, llamado Egica, al que prometió nombrar su sucesor en el Trono, exigiéndole un juramento por el que se comprometía a proteger a la familia de su esposa.

Existen noticias confusas del desembarco frustrado de una flota árabe en las costas levantinas, siendo muy posible que, tras el desplome bizantino en el Norte de África, cuando la plaza fuerte de Ceuta pasara a manos visigodas, creándose un distrito militar en Algeciras (Iulia Transducta).

Durante el Reinado de Ervigio, la persistencia de malas cosechas produjo terribles hambrunas, que agravaron la situación social del país.

El 14 de noviembre de 687, el Monarca cayó gravemente enfermo. Reunió a los Obispos y a los nobles palatinos y los absolvió del juramento de fidelidad a su persona. Abdicó la Corona en su yerno Egica, recibió la tonsura y el hábito de penitencia, lo que hacía su decisión irrevocable. Ervigio expiró tras siete años de Reinado.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

Lee más sobre el autor en:  sites.google.com/site/joseacepas/

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Bibliografía

RÍOS MAZCARELLE, Manuel. Diccionario de los Reyes de España.

[1] En la Hispania visigoda, miembro del séquito real, de rango inferior a los duques y condes, que tenía un vínculo de dependencia personal con el Monarca.