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El primer Imperio mexicano

El reino de la Nueva España se mantenía pendiente de los interesantes sucesos en Europa, siguió muy de cerca la Revolución Francesa, como también los vaivenes de la Era Napoleónica y por supuesto el impacto de la prisión de los reyes españoles. Con todos estos hechos los novohispanos (con justa razón) estaban ávidos de aplicar en su región las ideas más avanzadas, habían confirmado que se podían lograr cambios sustanciales. Además, Hispanoamérica no estaría —por mucho tiempo—, fuera de las influencias y de las grandes transformaciones políticas sufridas en todo Occidente. Los americanos de diversos tintes políticos se ubicarían en el centro de los cambios. Sus luchas por emanciparse serían cruentas y en la hora de la victoria no habría paz duradera.

La metrópoli y los novohispanos

En España, las instituciones leales a la corona (nobleza y clero), mediante el apoyo de algunos sectores de la sociedad y buena parte del ejército, obtuvieron en 1814, el poder absoluto. Fernando VII no cumplió con las expectativas. Algunos liberales que habían participado de muy buena fe en la Regencia y en las Cortes fueron encarcelados, de igual manera la ola absolutista también derogó la constitución de l812. Los realistas sancionaron medidas coercitivas para dominar, de una vez por todas, las instituciones y de paso controlar a la oposición; se practicó la censura, la persecución y el exilio. El rey junto con su camarilla gobernó de esta manera el imperio y por lo tanto se afanaron en rescatar su pasada grandeza con base en la cancelación de todas las libertades. A pesar de ello, años más tarde, se avivó el descontento. Tropas expedicionarias se amotinaron y cundió una revolución por toda la península.

Con el motín del coronel Rafael Riego acaecido en 1820, los liberales aprovecharon la coyuntura y se hicieron del gobierno, la revancha no se hizo esperar. Una vez en el poder, obligaron a Fernando vii a jurar de nueva cuenta la Constitución, la famosa “Pepa”. De esta manera, otra vez se proclamaba la monarquía moderada, la desamortización de bienes eclesiásticos y la supresión de los privilegios, tanto del Ejército como de la Iglesia. Medidas que estaban encaminadas o que pretendían, en el mejor de los casos, la modernización de España; sin embargo, la situación no fue sencilla, ya que tanto los conservadores, como los monárquicos y liberales se enfrascaron en la lucha sorda de facciones. Cundió la falta de consenso y ya no hubo negociación posible. La cuestión de fondo era decidir qué hacer con España y por consiguiente con todo el Imperio, pero era demasiado tarde porque América, “en consecuencia optó por buscar su propio camino y decidir libremente qué forma de gobierno adoptaría.” (Cuevas, 1974, pág. 26)

Nueva España experimentó una aguda zozobra política y angustia social. Algunos de sus habitantes pensaron seriamente en preservar las ideas de monarquía y religión, por eso vieron en la revolución de Riego la oportunidad de poner en práctica su ensayo de autogobierno, ya que no simpatizaban con las ideas liberales metropolitanas y concebían al rey “preso” de los liberales. Criollos y peninsulares se negaba a reconocer un gobierno de tendencias liberales, por esa razón era crucial que el reino de la Nueva España, retomando el ejemplo de los Braganza en Brasil, invitara a un miembro de la casa de Borbón a gobernarlo.

En el sur del virreinato había todavía pequeñas partidas de insurgentes. Las altas autoridades del virreinato necesitaban terminar con ellas. El coronel realista Agustín de Iturbide fue encomendado a aniquilar a esos rebeldes. No pudo vencer a Vicente Guerrero y a consecuencia de ello, el coronel y el insurgente pactaron una alianza beneficiosa para ambos. El historiador Romeo Flores asienta que: “se precisó de documentos que plasmaran los sentimientos de autonomía. Dos de ellos fueron claves. El Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba.” (Flores Caballero, 1973, pág. 65)

Ambos idearios serían el vehículo para encontrar la Independencia y desligarse de la metrópoli. La campaña de Iturbide fue vertiginosa, todas las plazas se adhirieron al plan, el cual ofrecía a todos los sectores algo en concreto, de modo que el país pronto sería libre. “El Ejército de las Tres Garantías, entró triunfante a la capital el 27 de septiembre de 1821. Iturbide, fue el héroe de aquel memorable día.” (Ocampo, 2012, pág. 127)

Nueva España se convirtió, al firmar su independencia, en el Imperio Mexicano, hoy conocido solamente como México. “La España la educó y engrandeció, formado esas ciudades opulentas, esos pueblos hermosos, esas provincias y reinos dilatados” (Iturbide A. d., 2001, pág. 78). Desde su emancipación pudo, gracias a los arreglos de algunos personajes, buscar un modelo de gobierno acorde a sus complejos intereses, igualmente con apego a sus tradiciones. Se quería que los fueros y prebendas de las clases acomodadas siguieran vigentes, de tal manera el Plan de Iguala hizo posible esos preceptos, además de que los criollos se atribuían la Consumación como algo propio; sin embargo, tenían en cuenta que había que hacer ciertas concesiones.

Ascenso criollo

La nación mexicana dio sus primeros pasos, indudablemente también varios tumbos y algunos tropiezos, empero acertó en otras cosas como fue la creación de instituciones. Las personas ilustradas, terratenientes, militares y clérigos conformaron una Soberana Junta Provisional Gubernativa, con la tarea de sustentar el poder legislativo y las facultades para convocar un Congreso con la encomienda de elaborar una constitución. En definitiva, se reunieron las principales fuerzas políticas que controlarían los destinos del país, cuyos representantes eran militares, prelados de la Iglesia y los hombres del dinero, entre otros. La Junta eligió a 5 personajes para integrar una Regencia que estuvo compuesta por Agustín de Iturbide, Juan de O’Donojú, Manuel de la Bárcena, José Isidro Yañez y Manuel Velázquez de León, quienes estarían encargados del poder Ejecutivo.

La idea de una monarquía moderada era factible en el caso que los borbones aceptaran la invitación expresada en el artículo tercero de los Tratados de Córdoba, que asienta que: “para hallarnos con un monarca ya hecho y precaver los atentados funestos de la ambición” (Agustín de Iturbide, 1973). Ante la negativa española, los criollos tomaron la dirección política de la región y unieron momentáneamente sus esfuerzos a pesar de los distintos credos políticos existentes: insurgentes, borbonistas, monárquicos, republicanos e iturbidistas. Tales grupos aportaron sus mejores esfuerzos para resolver la coyuntura gubernativa de la región. Se necesitaba un modelo de gobierno y, por ende de un gobernante. Comenzó por probar suerte Iturbide. Dejó de ser regente y el 19 de  mayo de 1822 fue proclamado emperador (Robertson, 2012, pág. 280).

Con la llegada de Iturbide al poder, el proyecto que se impuso momentáneamente fue el monárquico constitucional, apoyado, en gran medida, por la Iglesia, el ejército y las élites criollas. El gobierno iturbidista fue visto como el correcto e incluso el mejor modelo para regirse, además de que fue considerado como un intento para cohesionar a la clase política por “considerarlo desde cualquier punto lo ya experimentado” (Iturbide A. d., Breve Manifiesto del que suscribe, 1821, pág. 1).

La monarquía constitucional, como lo señalaba el Tratado de Córdoba, era la postura más idónea para el año de 1822. Además, era evidente que se pretendía un continuismo gubernativo, tomar el ejemplo del pasado colonial y ponerlo en práctica con los personajes adecuados, fue en pocas palabras refundar el Estado. La prueba palpable fue el apoyo abrumador prestado a Iturbide para entronizarse. Incluso fue la posición política más aceptada de ese entonces. Como bien lo señala Edmundo O` Gorman: “no habría alcanzado sus metas sin el ambiente propicio creado por el poderoso arrastre de su personalidad” (O`Gorman, 1986, pág. 17)

En esos días de fiestas se hicieron increíbles suposiciones, en ese sentido los augurios del destino de grandeza sólo requerían de un rey que rigiera sus destinos. Sin embargo, algunos meses después de la coronación, en julio de ese año, se dejaron sentir los primeros síntomas de disidencia. Esta oposición presionaba por una mayor participación política y la instauración de un régimen de corte republicano. La efervescencia política se dejó sentir a través de un sinnúmero de documentos, artículos y panfletos que reflejaron que el apoyo a Iturbide se estaba diluyendo. Por ejemplo, “la garantía de unión sintió su primera sacudida importante cuando apareció el folleto titulado Consejo prudente sobre una de las garantías, de Francisco Lagranda. Consideraba este que los esfuerzos de Iturbide por defender a los españoles fracasan, porque el pueblo, en quien residía la soberanía, no lo quería.” (Flores Caballero, 1973, pág. 73)

Derrumbe monárquico

La esperanza de consolidar un proyecto confiable, considerando su operatividad con base en el sistema monárquico fue importante para los criollos; sin embargo, los acontecimientos del segundo semestre de 1822, serían de vital importancia para el propio Iturbide, los suyos y de la monarquía como sistema de gobierno. No todo salió como se había planeado. Las equivocaciones cometidas trajeron como consecuencia reacciones inesperadas. Dos de ellas fueron decisivas para el fracaso del Imperio mexicano: la prisión de los diputados del Congreso Constituyente y los alzamientos militares suscitados en la costa del Golfo.

Los distintos personajes políticos tales como, Jacobo Villaurrutia, José María Bocanegra, fray Servando Teresa de Mier, Miguel Ramos Arizpe, José María Luis Mora, Vicente Rocafuerte y Miguel Santamaría, comenzaron a cuestionar seriamente la legitimidad del Monarca mexicano. Algunos de ellos, se encontraron en el Congreso en calidad de diputados, otros en escuelas y los mas en misiones diplomáticas. El propio Iturbide nos refiere el sentir de esos días: “tuve denuncias repetidas de juntas clandestinas habidas por varios diputados para formar planes que tenían por objeto trastornar el gobierno.” (Iturbide A. d., 2001, pág. 61)

Por su parte, los diputados pretendían erigirse en el poder prevaleciente mediante de la sanción de algunas leyes que estaban preparando para limitar las facultades del monarca, asimismo al poder Judicial, que todavía no se constituía. A pesar de lo anterior, Iturbide, imbuido de las ideas monárquicas polemizó con algunos diputados en torno al tema del asiento de la soberanía, con el claro propósito de someter a los otros dos poderes bajo su tutela.

El imperio de Iturbide enfrentó los conflictos surgidos en el ejército, como fueron los pronunciamientos protagonizados tanto por Felipe de la Garza y el de Antonio López de Santa Anna, aunado esto a la propagación de las crecientes ideas antimonárquicas. El Plan de Veracruz enarbolado por Santa Anna, no tuvo muchos seguidores; sin embargo, los militares levantiscos asumieron nuevos compromisos, plasmaron miras más elevadas, e hicieron otro plan que adoptó el nombre de Acta de Casa Mata, en donde los cabecillas del movimiento se alzaron con otro ideario, el cual contó prontamente con la adhesión de la mayor parte de la oficialidad y de los jefes políticos de varias provincias. Al respecto el propio Iturbide señala: “con respecto a los destrozos que Santa Anna puede causar en la plaza al tiempo de su evasión yo diría que pueden evitarse asaltándole con vigor y actividad” (Iturbide, Escritos diversos 2014, 123)

Más que una transacción hecha por Santa Anna, fue una traición por parte de los oficiales del emperador, tan sorpresiva aún para el propio Iturbide, que un día antes de la sublevación de Casa Mata, le había ofrecido a Echávarri más armas y dinero para sofocar a los pronunciados de Veracruz. La traición del ejército imperial se plasmó en el Acta de Casa Mata. (Benson, 1994, pág. 58)

El sistema monárquico no fructificó, debido a una serie de factores que se conjugaron, problemas económicos, disputas políticas, insurrecciones militares y hasta situaciones coyunturales etc. Sin embrago, cabría señalar principalmente, como lo menciona Edmundo O’ Gorman, la falta de una persona adecuada para dirigir el Estado. En ese sentido de ideas, era necesario que el monarca tuviera el respeto y carisma necesario que lo hicieran un político indispensable para sacar avante el proyecto de gobierno. (O`Gorman, 1986, pág. 56).

Conclusión

Los acontecimientos suscitados entre los años 1821 a 1823, que comprenden desde la proclamación del Plan de Iguala como bandera de la independencia, pasando por el entronización de Iturbide, como cristalización de las esperanzas políticas novohispanas, hasta la abdicación del emperador y en particular su caída, son hechos de primer orden que han sido abordados desde muchos puntos de vista, en este sentido sobresale la moción de que fue una aventura política en el complicado devenir del siglo XIX, ya que los libertadores mostraron, a la hora de unir esfuerzos, una escasa experiencia en las lides del gobierno y por ende, falta de consenso.

 Los novohispanos que de tiempo atrás habían propugnado por un autogobierno y que por fin en 1821 había alcanzado la independencia y por tanto tomaron las riendas del país, empero se enfrentaron a falta de consenso para finales de 1822 se fragmentaron en varias tendencias, las más significativas fueron, por un lado, los monarquistas con sus muy variados matices que pretendían la preservación del status quo y, el otro sector, el de los republicanos, cuyo modelo político eran los Estados Unidos. Estas facciones entablaron una nueva pugna que habría de ser tomado con las precauciones debidas.

Finalmente, las causas que contribuyeron al fracaso del proyecto monárquico son complejas, una de ella quizá la más importante, fue la aparición de varias conspiraciones, entre ellas, como se asentó líneas arriba, la que se dio el 6 de diciembre de 1822 conocida con el nombre de Plan de Veracruz, cuyo promotor fue Miguel Santa María. Las confabulaciones se desarrollaron con el objeto de deshacerse del libertador. Además, que la prisión de los diputados y posteriormente la disolución del Congreso dieron los motivos necesarios para que la oposición al régimen tuviera una bandera que enarbolar.

Los republicanos se organizaron junto con los comandantes militares y las logias masónicas, por lo tanto si llegaban al poder reglamentarían de otra manera la sociedad. Por su cuenta Iturbide no podía hacer grandes obras o implementar medidas para cautivar a las personas ni a las agrupaciones que en el año de 1822 sufrieron los embates del descontento, como resultado directo de la ausencia notable de mejoría, el apoyo se desvaneció. La monarquía tuvo una prueba demasiado difícil de sortear, Iturbide, abdicó y salió del país, dejando paso libre a otros políticos para que echaran andar novedosos proyectos de Nación.

Autor: Fernando Leyva Martínez para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Agustín de Iturbide, J. d. (1973). Tratados de Córdoba. En A. Matute, México en el Siglo XIX. Antología de fuentes e interpretaciones historicas (págs. 231-233). ciudad de México: IIH/UNAM.

Benson, N. L. (1994). La Diputación provincial y el federalismo mexicano. México: UNAM/COLMEX.

Cuevas, M. (1974). El libertador. Documentos selectos de don Agustín de Iturbide. México: Patria.

Flores Caballero, R. (1973). De la contrarrevolución de Independencia. Los españoles en la vida política, social y económica de México (1804-1838). México: El Colegio de México.

Iturbide, A. d. (1821). Breve Manifiesto del que suscribe. México: imprenta imperial de Alejandro Valdés.

Iturbide, A. d. (2001). Manifiesto al mundo, o sean apuntes para la historia. México: Fideicomiso Teixidor/Libros del Umbral.

Iturbide, A. d. (2014). Escritos diversos. ciudad de México: Conaculta.

O`Gorman, E. (1986). La supervivencia política novohispana. Ciudad de México: Universidad Iberoamercana.

Ocampo, J. (2012). Las ideas de un día. El pueblo mexicano ante la consumación de su independencia. ciudad de Mèxico: Conaculta .

Robertson, W. S. (2012). Iturbide de México. ciudad de México: Fondo de Cultura Económica .

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