El místico Rasputín y su influencia sobre la revolución rusa

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Es difícil describir una trayectoria tan contradictoria como la del enigmático Grigori Yefimovich Rasputín. Siendo apenas un campesino semianalfabeto, insolente y soberbio, se convertiría en sanador, vidente, taumaturgo y profeta, consiguiendo una decisiva influencia en la pareja real rusa, para los cuales era un hombre santo, mensajero de Dios, sanador milagroso, «nuestro amigo», consejero espiritual y más tarde político.

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Los oscuros comienzos de Rasputín

Desde su niñez en un lejano poblado de las estepas siberianas, Prokóvskoie, Rasputín fue adquiriendo supuestas dotes místicas merced a sus viajes y visiones, que le dieron el prestigio de un «staretz» (maestro espiritual con dotes de sanador y profeta por la ayuda del Espíritu Santo), aunque también adquirió aportes de la secta herética Khlysty, las que produjeron relaciones sexuales con mujeres, aunque para él fueran intentos de librarlas de su «lascivia» a través de la fe.

Su influencia se producía especialmente en mujeres adineradas de la nobleza, las cuales caían presas de su poder de sugestión, convirtiéndose en fervientes admiradoras aunque fuera un campesino sucio, borracho, de malos modales y casi analfabeto. Muchas accedían a sus exigencias sexuales con fundamento divino:

«exorcismos erótico-místicos para liberarlas del demonio de la carne».

Jerarcas de la iglesia ortodoxa fueron garantes de sus «dotes espirituales», hasta que abrieron sus ojos horrorizados frente a su concupiscencia en nombre de Dios. Por eso el patriarca Hermógenes le gritaría, golpeando su cabeza con una cruz:

«¡Demonio! En el nombre de Dios te prohíbo que toques al sexo femenino. ¡Bellaco! ¡Te prohíbo que entres en la casa real y tengas que ver con la zarina! […] la Santa Iglesia a través de sus plegarias […] ha cuidado lo más grande y sagrado del pueblo, la regla autocrática de los zares. Y ahora, tú, escoria, la estás destruyendo».

Supuestas curaciones milagrosas

La zarina Alexandra se convenció de que la vida de su hijo dependía de Rasputín, cuando en 1907 una hemorragia del zarévich se detuvo mientras aquel rezaba a su lado, desconociéndose cómo lo aliviaba de su mal.

Nicolás II lo recomendó a su primer ministro Stolipyn, para que visitara a su hija menor que había sufrido un accidente grave. Rasputín se arrodilló junto a la cama de la niña rezando. Al día siguiente la niña se había recuperado.

En 1912 salvó «milagrosamente» la vida del heredero estando lejos, aunque Alexandra creía que sus plegarias eran más fuertes que la distancia. Le enviaron un telegrama pidiéndole que rezase, y él respondió asegurando que el heredero viviría. El zarévich se recobró para sorpresa de los médicos.

Al estudiante Ivan Simánovich, comenzaron a manifestársele síntomas del «Baile de San Vito», acudiendo a médicos reconocidos. En 1915, luego de sesión de diez minutos, Rasputín afirmó que se le pasaría. Y los ataques no volvieron a repetirse.

En 1915, Anna Vyrubova, fue víctima de un accidente de ferrocarril, necesitándose horas para sacarla del vagón al tener rotas piernas y columna vertebral. Los médicos aseguraron que no sobreviviría, recibiendo los últimos sacramentos. La zarina telefoneó a Rasputín, quien prometió acudir inmediatamente, encontrándola en coma. Rasputín profetiza que se curará. Anna se sana luego de larga convalecencia: más de un año para recobrar el uso de sus piernas.

Paulatina influencia sobre los zares

Nicolás II no soportaba ningún hombre de talento. Era indolente, sin iniciativa propia. Elegía a sus ministros entre los más incapaces. Por eso, los esfuerzos de la burguesía liberal para entenderse con el zar fallaron desde 1905, mientras éste esperaba momentos propicios para cerrar la Duma.

Alexandra Feodorovna, nacida en el principado alemán de Hesse, era nieta de la reina Victoria, portadora de hemofilia, enfermedad que no tenía cura. Dotada de carácter fuerte e impulsada por el principio de la autocracia, la zarina completaba al abúlico zar, dominándolo.

Los zares abandonaron el palacio de invierno de San Petersburgo y se recluyeron en el palacio Alexander, en Tsarskoye Tselo, para mantener en secreto la hemofilia del zarévich Alexis, que podía invalidarlo como sucesor al trono.

Rasputín fue recibido en casa de Militza y Anastasia Nikoláievna, hijas del rey de Montenegro casadas con grandes duques primos de Nicolás II, la primera con Pedro Nikoláievich, y la otra con su hermano, Nicolai Nikoláievich, comandante en jefe de las fuerzas rusas. Fue allí donde conoció a Anna  Vyrubova, que más tarde lo presentaría a la zarina.

¿Cómo pudo lograr un campesino de pocas luces, asombrosamente dominante por su extraña presencia e hipnótica mirada, lograr tan gran influencia en la familia real a partir de las asombrosas curaciones del zarévich Alexis? ¿Hasta dónde supuso la decadencia de una dinastía que gobernaba Rusia hacía 300 años? ¿Hasta dónde lo utilizaron liberales y bolcheviques para encarnar efectivamente la decadencia de esa dinastía?

La más perturbada era la zarina. La esclavitud emocional de Alexandra fue el precio que pagó, no viendo en Rasputín sólo al salvador de Alexis, sino un vidente santo, alguien en quien podían confiar. Los zares rechazarían como calumniosa cualquier prueba sobre su conducta libidinosa, que en 1911 ya escandalizaba a toda la capital.

Cierta vez, la zarina escribiría afligida al zar:

«Acusan a Rasputín de besar a las mujeres y de otras cosas por el estilo. Lee los Apóstoles y verás cómo besaban a todo el mundo como saludo.»

Y en  otra  carta:

«Durante la lectura del Evangelio he pensado mucho en nuestro «Amigo» al ver cómo los escribas y  fariseos  perseguían  a  Cristo,  fingiendo  ser unos  hombres  perfectos…  ¡Qué  verdad  es aquello de que nadie es profeta en su tierra!»

En altas esferas de la sociedad peterburguesa decíase desde el comienzo de la guerra que todos los nombramientos, suministros y concesiones pasaban por Rasputín. La  policía le guardaba las espaldas, y los políticos lo espiaban. Era alguien a quien recurrir por sus vínculos con la pareja real para conseguir empleos o negocios, evitar ir al frente o ser deportado, pagándosele grandes sumas que gastaba en orgías o borracheras, hecho que aumentó su descrédito y el de la corona.

En 1915, Nicolás II asumió la jefatura del ejército y partió para el cuartel general, dejando a Alexandra a cargo de los asuntos del Estado en Tsarskoye Tselo. La zarina, Anna Vyrubova y Rasputín se convirtieron en gobierno («fuerzas oscuras»), afirmándose que los consejos de Rasputín, que Alexandra creía emanados de la providencia, no hacían sino avalar sus opiniones.

Pero se fue produciendo un cambio, convirtiéndose en verdadero consejero al dictar sus propios pensamientos a la zarina. Mientras nombraban ministros ineptos, lo que provocaba oposición en la Duma, se extendieron rumores de que la zarina y Rasputín espiaban para los alemanes. Rasputín estaba enterado de todos los secretos de Estado gracias a Alexandra, quien entendía poco de asuntos militares, depositando su confianza en el místico.

Los revolucionarios sobre Rasputín

Rasputín siempre fue partidario de mantener la paz con el Imperio Austro-húngaro, ejerciendo su influencia sobre Nicolás II con motivo de la anexión de Bosnia-Herzegovina en 1908, aunque no sucedió lo mismo en 1914 al estar en Siberia y sufrir un atentado contra su vida.

Le envió un telegrama al zar sobre el comienzo de la Primera Guerra Mundial:

«Una nube amenazadora se cierne sobre Rusia: desgracia, mucha aflicción, ni un atisbo de esperanza […] No hay palabras: un horror indescriptible. […] Todo se ahoga en un inmenso baño de sangre.»

Curiosamente Lenin lo vio de forma parecida, creyendo que la guerra entre Austria y Rusia sería útil a la revolución por el caos sembrado gracias a hambrunas, carestía y bajas en el frente. Luego Kerensky, líder de la revolución de febrero de 1917, afirmaría que

«sin Rasputín no hubiera existido Lenin».

Un coronel de gendarmes decía en su informe de 1916 que en el ejército, debido a la traición de la zarina y Rasputín, se pensaba llevar a cabo una revolución palaciega, pero faltó decisión para ello. Los liberales no se atrevieron a suprimir al zar, pero los nobles decidieron asesinar a Rasputín como recurso último para salvar la dinastía. Trotsky declaró que no tuvo nada que ver con su asesinato:

«El objetivo de los conspiradores era salvar la monarquía librándola de un ‘mal consejero’. Nuestro objetivo era terminar con la monarquía y todos sus consejeros. Nunca nos embarcamos en la aventura del asesinato individual sino en la preparación de la revolu­ción.»

Autor: Lic. José Oscar Frigerio para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

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