El juicio de Núremberg

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Hay un viejo aforismo en derecho que dice:

“Nullum crimen, nulla poena, sine praevia lege” .

Es decir: No hay delito ni crimen que se pueda juzgar si no existe una ley previa que lo condene. Cuando se publicaron las bárbaras fotos de la muerte de Mussolini el 28 de abril de 1945,  el mundo se estremeció, y no era para menos.

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En la plaza de Loreto de Milán quedaron expuestos, colgados bocabajo de los tubos de  hierro de una gasolinera, los cadáveres  de  Mussolini, Clara Petacci, su  amante, y los de Pavolini , Starace y Bombacce, sus colaboradores, como animales en un matadero. Mussolini y Clara habían sido capturados cuando intentaban huir a Suiza por un grupo de partisanos comunistas que decidieron fusilarlos inmediatamente, temiendo que pudieran ser rescatados por los soldados alemanes.

Los cadáveres fueron llevados a Milán donde el pueblo les ultrajó antes de ser colgados, hasta el punto que la cara de Mussolini quedó irreconocible por los golpes. Aunque no se ha demostrado, parece ser que Gran Bretaña estuvo de acuerdo y aprobó aquella ejecución.

Pero el repudio mundial ante aquellas crueles fotos convenció a franceses, ingleses y americanos de la necesidad de hacer las cosas de una forma civilizada: los jerarcas nazis merecían la muerte, pero no de aquella forma, sino tras un juicio justo. Había que marcar diferencias entre las dictaduras italiana y alemana y los democráticos aliados, amantes de la paz y la justicia, entre los que, por cierto, se encontraba Rusia en aquellos momentos.

El juicio de Núremberg: ejemplar pero no ajustado a derecho

Así que se aprestaron a juzgar a la cúpula del nazismo por crímenes de guerra y de lesa humanidad. Había cuatro jueces, uno por cada país vencedor: Rusia, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. La legitimidad del tribunal para juzgarles estuvo en entredicho desde el primer momento. Nadie puede dudar de si merecían la muerte: la merecían. Pero las leyes de lesa humanidad y la de crímenes de guerra no existían previamente y por lo tanto ningún tribunal podía juzgarles por  esos delitos.

El juicio se celebró en la ciudad de Nuremberg y duró casi un año. La idea era hacer de él un espectáculo mundialmente ejemplarizante. Pero muchos de los grandes responsables no llegaron vivos a este juicio. Hitler, el máximo responsable se había suicidado, lo mismo habían hecho Bormann, Goebbels o Himmler, así que realmente importante sólo quedaban Göring y Hess.

Doce fueron condenados a muerte  pero sólo diez fueron ejecutados: Göring se suicidó unas horas antes de ser colgado y Bormann, condenado en ausencia, ya había muerto  envenenado por cianuro aunque nadie sabía su paradero entonces, tres fueron absueltos y siete condenados a cadena perpetua.

Rudolf Hess,  ayudante de Hitler, llevaba cuatro años prisionero de los ingleses desde que en 1941 voló en solitario a Escocia para intentar negociar la paz con los aliados (Rudolf había sido un consumado piloto durante la primera guerra mundial). Extrañamente no fue recibido por ningún político, sino aislado y encerrado hasta que acabó la guerra en la torre de Londres.

El patíbulo para los condenados a muerte se colocó en el gimnasio del Palacio de Justicia. El verdugo fue un soldado americano llamado John. C. Woods, alcohólico y psicópata, al que sus camaradas no apreciaban en absoluto: en palabras de sus compañeros:

“ tenía un aliento asqueroso y siempre llevaba el cuello de la camisa sucio”.

En poco más de hora y media ajustició a los diez condenados. Se le acusó de haber prolongado la agonía de los condenados al alargar la longitud de las cuerdas haciéndoles morir de asfixia.

“ Colgué a esos diez nazis en Núremberg y me siento orgulloso de ello, hice un buen trabajo. No recuerdo un trabajo mejor”

dijo a los periodistas, aunque los otros verdugos lo consideraron un chapucero.

Hess fue uno de los  condenados a cadena perpetua. A pesar de presentar en el juicio evidentes lagunas mentales, no fue absuelto como Krupp.

Estuvo  más de cuarenta años encerrado en Spandau porque los rusos siempre se negaron a que fuera excarcelado. Murió ahorcado con el cable de una lámpara. Nadie sabe si en realidad fue un suicidio o un asesinato: Hess tenia entonces 93 años, estaba demente y su cuerpo apareció en el invernadero. El guardia americano que le cuidaba contó que se había escapado durante su paseo diario y que cuando le encontró, ya estaba muerto

¿Pero realmente  en aquel juicio se juzgó a todos los responsables  de los crímenes contra la paz, los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad de todos los responsables de la segunda guerra mundial o sólo a los vencidos? Sólo a los vencidos; y no a todos.

Gustavo Krupp, que había fabricado material militar con mano de obra esclava, fue sorprendentemente indultado “ por senilidad”. Su hijo Alfred Krupp, que llevaba la fabrica desde 1943, sólo fue condenado a tres años de cárcel.

Tampoco  fue condenada Bayer, tan reconocidamente nazi que silenció que la aspirina que fabricaba la descubrió Arthur Eichengrün, un judío, y que formó parte del conglomerado de empresas Farben que fabricó el gas Zyclon que envenenó a tantos judíos y que en un principio estaba destinado simplemente a  esterilizar la ropa de piojos y chinches de toda la población. Ni fueron condenados los grandes banqueros que habían contribuido al desarrollo de aquella triste guerra.

¿Y fueron juzgados  los responsables políticos  de los otros países por los crímenes cometidos sobre la población  en la misma guerra? No, desde luego que no. Ya desde los romanos se conoce la amarga frase:

¡Vae victis! (¡ Ay de los vencidos!) 

Sólo pagaron los alemanes.

José Stalin, secretario general del Partido Comunista ruso y dictador de la Unión Soviética desde 1930, fue el mayor asesino de la historia. Su programa de expropiación masiva de las tierras de los campesinos en Ucrania dio lugar a una gran hambruna que acabó con la vida de varios millones de ucranianos.

“Fue una medida necesaria para acabar con la retención de productos que se practicaba en los gulag”.(granjas),

dijo como única justificación.

Y el mundo entero miró hacia otro lado, A fin de cuentas Rusia era el único país del mundo en el que la mujer cobraba por su trabajo lo mismo que un hombre y eso era muy democrático.

Cuando Rusia invadió Polonia, Stalin fue el responsable de la muerte de cerca de 22.000 polacos que fueron enterrados en las fosas de Katyn, aunque durante años el Partido negó esta acusación que al final fue reconocida por  Khruschev, muchos años más tarde.

Más  de 800.000 presos fueron ejecutados y dos millones de campesinos murieron en los gulags. Más de seis millones de personas fueron deportadas para hacer trabajos forzados y de ellos, más de un millón y medio murieron porque eran deportados a tierras inhóspitas y aisladas en Siberia y no podían alimentarse. Vadim Erlikman, un escritor ruso, calcula las muertes de las que fue responsable Stalin en más de nueve millones. Otros calculan que mató a más de veinte millones de personas, entre los que murieron por la represión y por la hambruna.

¿ Y fue reprobado por los aliados este criminal? No: Winston Churchill y el presidente americano Franklin Delano Roosevelt se fotografiaron juntos, sonrientes y felices, durante la conferencia de Yalta y reconocieron que “era un gran negociador”, frase que no es precisamente una condena por sus crueles actos.

Churchill ya le había escrito durante la guerra esta hermosa frase:

”Me fallan las palabras para expresar la admiración que todos sentimos por los continuos éxitos brillantes contra el invasor alemán, pero no me puedo resistir a enviarle una nueva palabra de agradecimiento y felicitación por lo que Rusia está  haciendo por la causa común”.

Claro que el inglés y el americano tenían mucho polvo que esconder bajo la alfombra y no les convenía removerlo, sino olvidar.

El 6 de agosto de 1945 una bomba cayó sobre Hiroshima: se llamaba “Litle boy”( muchachito). El 9 de agosto, sólo tres días después, otra bomba cayó sobre Nagasaki,  su nombre era “fat man” (hombre gordo). Era la nueva arma americana: la bomba atómica, que fue arrojada sobre la indefensa población civil japonesa. El ataque fue decidido por Truman, el presidente americano en aquel momento, ya que Roosevelt había muerto de una hemorragia cerebral en abril de aquel mismo año.

Cerca del treinta por ciento de la población, unas 70.000 personas, murieron instantáneamente, una cantidad similar resultó herida. El 90% de los médicos y el 93% de las enfermeras murieron por la explosión porque los hospitales estaban en el centro.

También hubo “muertes colaterales” no deseadas, como las de los prisioneros de guerra aliados, los trabajadores chinos y los estudiantes malayos que estudiaban en Japón, así como unos 3.000 ciudadanos japoneses- norteamericanos y los coreanos que estaban realizando trabajos forzados como prisioneros de guerra.

“Prácticamente, todas las cosas vivas, humanos y animales, se quemaron hasta la muerte”,

informaron los locutores de Radio Tokio.

En total, más de 400.000 muertes en ambas ciudades. Las muertes por cáncer y leucemia se produjeron más tarde.

Se creó la ABCC (Comisión de víctimas sobre la bomba atómica) para estudiar el efecto de las radiaciones en los “hibakushas”  (supervivientes) Estas personas sufrieron además de su enfermedad,  un rechazo social y familiar; nadie quería casarse con ellos o trabajar a su lado por miedo al “contagio”.

Algunos acusan a los médicos de ABCC de no haber dado a todos el tratamiento necesario para poder  así estudiar mejor los efectos del uranio, sobre todo en embarazadas y niños. En 1975 se creó una comisión para estudiar estos casos, así que debieron existir. El Memorial del 2008 contenía los nombres de  más de 400.000 hibakushas  de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

¿Era necesario el uso de las bombas atómicas para acabar la guerra?

La controversia continúa hoy en día, pero parece ser que no era necesario: Japón estaba ya negociando su rendición y sólo el rechazo por parte de los americanos a  la continuidad del Emperador al frente del país, estaba atrasando la firma del acuerdo.

¿Y por qué tirar la segunda bomba sólo tres días después? Las negociaciones no podían ser tan rápidas, no había justificación alguna para esta segunda bomba.

Pero el general Tojo, que bombardeó Pearl Harbor, fue considerado criminal de guerra y ahorcado por ser el culpable de desencadenar con su acción los bombardeos atómicos.

Claro que la tentación de usar la nueva arma era demasiado fuerte, se habían invertido millones  de dólares en ella y había que probarla. Se dijo que la continuación de la guerra hubiera causado muchos más muertos en ambos bandos y que a fin de cuentas, ambas ciudades habían ya padecido otros bombardeos. Aunque parezca mentira, los japoneses aceptaron de buena gana a los soldados del ejercito americano que entró en las ciudades bombardeadas porque  los soldados les ofrecieron  comida y trataron de ayudarles en lo que pudieron.

En la guerra de Francia contra el comunista Ho Chi Min, los Estados Unidos le ofrecieron al presidente francés la posibilidad de usar una bomba atómica, pero Francia se negó a hacerlo por considerarlo demasiado peligroso en aquel enclave junto a la frontera de China y porque no podía proteger a sus propios soldados de la explosión atómica.

Autor: Nissim de Alonso para revistadehistoria.es

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GRDP

Bibliografía:

  1. MUERTE DE BENITO MUSSOLINI.
  2. EL SUICIDIO DE RUDOLF HESS, EL NIÑO MIMADO DE HITLER Y LA VIDA SECRETA DE LA CARCEL DE SPANDAU.
  3. BIOGRAFIAS Y VIDAS. BIOGRAFIA DE STALIN.
  4. LOS BOMBARDEOS ATOMICOS DE HIROSHIMA Y NAGASAKI.