El fin de Alfonso el batallador

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 El fin de Alfonso el batallador se aproximaba mientras seguía cosechando fama y leyenda por sus hazañas caballerescas. La historia de un Rey Batallador corría de boca en boca por todas las ciudades de la Península Ibérica. A la edad de cincuenta años, viajó a las tierras de Al-Ándalus junto con sus valerosos cruzados.

El fin de Alfonso el batallador. La expedición hacia Al-Ándalus

Hacia el año 1124, Alfonso avanzó desde los territorios aragoneses pasando por Valencia hasta llegar a la sierra del Benicadell, donde consiguió conquistar un importante puesto fronterizo levantino en su camino hacia Al-Ándalus con la ayuda inestimable de Gastón IV de Bearne y Rotrou de Perche. La ciudad de Granada fue su principal objetivo, sabedor Alfonso de que era un importante centro neurálgico en el territorio musulmán. Mientras ordenó cercar la ciudad con parte de sus soldados, El Batallador se encargó de saquear graneros y otros edificios del Valle del Guadalquivir.
El fin de Alfonso el batallador
El fin de Alfonso el batallador
La respuesta de los musulmanes no se hizo esperar y, tras una cruenta batalla a la altura de Lucena, en Córdoba, todo se puso de parte de Alfonso y sus hombres.
Previamente saqueó la zona más meridional de la ciudad de Córdoba, de ahí que se produjese la batalla. Las expediciones de Alfonso le llevaron a recorrer prácticamente todas las ciudades del sur de Córdoba hasta llegar a las aguas de Motril. Numerosos mozárabes se unieron a la causa del monarca aragonés, recibiendo, a cambio de ocupar los territorios cristianos, ventajas de todo tipo, desde económicas hasta judiciales. Ya era el año 1126 cuando Alfonso regresa a través de la Sierra de Albarracín.

El fin de Alfonso el batallador. El Pacto de Támara y el camino hacia el sur de Francia

1126 es el mismo año en el que muere Urraca, y las disputas por territorios entre Alfonso, hijo de Urraca, y El Batallador, no tardaron en florecer. Las confrontaciones políticas y militares por las ocupaciones legítimas de cada uno tuvieron que solventarse a través de las Paces de Támara (Palencia, año 1127) En este pacto El Batallador renunciaba a su título de Emperador y se reconocía su soberanía sobre Soria, Álava, La Rioja, San Esteban de Gormaz, Vizcaya o Guipúzcoa. Además, El Batallador se comprometió a devolver a Alfonso VII de León, hijo legítimo de Urraca, las ciudades de Sigüenza, Burgos o Medinaceli.
El fin de Alfonso el batallador
El fin de Alfonso el batallador
A partir de 1127, su política se centró sobre todo en la repoblación de varios territorios como fue el caso de Cella (Teruel), Ágreda, Almenar de Soria, Almazán o Berlanga de Duero. Ese año también tuvo lugar el asedio de Molina de Aragón, y un año después se llevó a cabo la conquista de Traíd (Guadalajara). El intento fallido de hacerse con Valencia, con derrota en la importante ciudad de Cullera ante un ejército almorávide muy socorrido, le llevó al norte de los Pirineos a prestar lealtad a sus aliados con el fin de enfrentarse al Duque de Aquitania Guillermo X.
El fin de Alfonso el batallador
El fin de Alfonso el batallador
Así comenzaron las batallas de Gascuña y de Bayona, donde El Batallador combatía con resistencia y maestría, mientras que su buen amigo Gastón IV de Bearne y otros de sus hombres resolvían las presiones insaciables de los ejércitos almorávides que insistían en hacer temblar los dominios de Alfonso bajo las amenazas de sus alfanjes.
El fin de Alfonso el batallador
El fin de Alfonso el batallador
En 1131, Gastón, vizconde de Bearne y lugarteniente de Alfonso, cayó en manos musulmanas y fue decapitado. Su cabeza fue llevada hasta la ciudad de Granada, donde fue exhibida públicamente como símbolo de victoria. Sus restos, salvo la cabeza, fueron recuperados y enterrados junto a su olifante, un instrumento de viento fabricado en marfil que siempre le acompañaba, en la Basílica del Pilar de Zaragoza.

El fin de Alfonso el batallador. El regreso hacia la reconquista y el final de un Monarca

Aquel acontecimiento supuso que Alfonso tomase la decisión de abandonar su campaña en el sur de Francia y regresar a tierras ibéricas. Sin embargo, muchos de sus caballeros siguieron apoyando a sus aliados más allá de los Pirineos para seguir combatiendo a los occitanos de Guillermo X.
Era el año 1133 cuando culminó prácticamente toda la ocupación musulmana en Aragón. Mequinenza, una población situada en Zaragoza, fue anexada a su gran repertorio de reconquistas, además de Horta de San Juan o Morella. El ejército de El Batallador estaba muy diezmado, luchando en varios frentes. Fue en Fraga, en el año 1134, junto a un puñado de pocos centenares de caballeros leales a su causa, donde Alfonso fue derrotado con soberbia contundencia.
Su espada rebanó la intromisión musulmana como el mejor de los caballeros, pero la superioridad del rival le hirió una y otra vez en todo su cuerpo. Derrotado y malherido, Alfonso consiguió huir, pero las fiebres se le llevaron poco después a la edad de 61 años.
El invencible Rey Alfonso recibió sepultura en el Monasterio de Montearagón y su testamento fue el siguiente:
“En nombre de […] Dios. Yo, Alfonso, rey de Aragón, de Pamplona […] pensando en mi suerte y reflexionando que la naturaleza hace mortales a todos los hombres, me propuse, mientras tuviera vida y salud, distribuir el reino que Dios me concedió y mis posesiones y rentas de la manera más conveniente para después de mi existencia. Por consiguiente, y temiendo el juicio divino, para la salvación de mi alma y también la de mi padre y mi madre y la de todos mis familiares, hago testamento ante Dios, ante Nuestro Señor Jesucristo y ante todos sus santos. Y con buen ánimo y espontánea voluntad, ofrezco a Dios, a la Virgen María de Pamplona y a San Salvador de Leyre, el castillo de Estella con toda la villa […], dono a Santa María de Nájera y a San Millán […], dono también a San Jaime de Galicia […]. Dono también a San Juan de la Peña […] y también para después de mi muerte dejo como heredero y sucesor mío al Sepulcro del Señor que está en Jerusalén […] todo esto lo hago para la salvación del alma de mi padre y de mi madre y la remisión de todos mis pescados y para merecer un lugar en la vida eterna. “

Autor: Tito Batán para revistadehistoria.es

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