El Castillo de Miravet, símbolo de la épica templaria

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El castillo de Miravet se erige imponente sobre una colina desde la que se domina una magnífica panorámica de los frondosos meandros del río Ebro.

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De hecho, es uno de los mejores ejemplos de arquitectura románica de transición de la Orden del Temple en Occidente y fue la sede de los templarios en la Corona de Aragón.

El Castillo de Miravet, símbolo de la épica templaria

Aunque los templarios son probablemente los que han dejado más huella en Miravet, este castillo ha sido testigo de algunos de los capítulos más importantes de nuestra historia. Así, en este emplazamiento se han encontrado restos íberos del siglo II antes de Cristo. Entre finales del siglo XI y principios de los XII, los andalusíes reformaron y ampliaron la fortaleza para poder hacer frente a la presión militar de los condados catalanes. Sin embargo, el castillo de Miravet cayó finalmente en manos cristianas y Ramon Berenguer IV se lo cedió a la Orden del Temple, que entre la segunda mitad del siglo XII y XIII construyó el bloque rectangular del recinto superior.

Con la caída de los Templarios, el castillo pasó a manos de la Orden del Hospital hasta el siglo XIX. Estos tuvieron que adoptar medidas de repoblación tras la expulsión de los moriscos por parte de la monarquía hispánica en 1609. Durante la guerra de Sucesión, el castillo es tomado por las fuerzas felipistas. También fue escenario de las guerras carlistas del siglo XIX y de la guerra civil española. En este último caso, fue inicialmente ocupado por las tropas franquistas y en abril del 38 fue recuperado por las fuerzas republicanas, para pasar definitivamente al bando nacional durante el mes de noviembre de ese mismo año.

Recorrido

Entramos por una barbacada de pequeñas dimensiones pero que cumplía perfectamente su función: impedir que el enemigo hiciera un ataque directo sobre la puerta de entrada. Accedemos así al recinto inferior, una amplia explanada a los pies de la puerta principal del castillo rodeada por una larga muralla. Esta gran esplanada protegida servía para impedir cualquier asalto organizado sobre el núcleo principal de la fortificación, además de ofrecer refugio a los aldeanos y su ganado.

El recinto superior está constituido por un bloque rectangular con torres en los ángulos y unos muros realmente imponentes. Accedemos por una pequeña bóveda de cañón que a la izquierda tiene un pequeño cuerpo de guardia y en la derecha se puede ver una cisterna de gran tamaño para resistir largos asedios. El patio de armas es quizás el lugar más emblemático del recinto. Es fácil imaginarse a los monjes-guerreros entrenando bajo un sol de justicia. Fácil quedar impresionado ante su resistencia y contundencia con las armas. No olvidemos que los templarios eran los primeros que entraban en batalla y los últimos que se retiraban. Cómo debían imponer a las filas enemigas con sus cánticos de salmos.

Alrededor del patio de armas, que parece transportarnos a una fortaleza de Tierra Santa, se distribuyen las principales estancias de la fortaleza, como un refectorio con bóveda de cañón apuntada por donde entra una luz tenue llena de misticismo. De hecho, mientras los templarios comían comidas frugales, un clérigo leía textos piadosos. En la planta baja también encontramos el granero, el almacén y la bodega, donde se guardaba el grano y los víveres procedentes de los vasallos.

A las estancias del primer piso se subía por una escalinata de madera que, en caso de proximidad del enemigo, se podía desmontar para dificultar el acceso a la planta noble.

Una galería da a la iglesia románica, marcada por su aspecto austero como marcaba la regla templaria. En una de sus esquinas encontramos la escalera de caracol a través de la cual se sube a la terraza. Desde allí la vista es impresionante. Es fácil imaginar las túnicas blancas de los caballeros y negras de los sargentos ondeando al viento, al igual que la enseña blanca y negra de la Orden.

¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos hombres durante el asedio de 1307 y 1308 a manos del rey Jaime II? Lo habían dado todo por el Cristianismo, se habían convertido en un aliado fiel a la Corona, participando de manera decidida en las conquistas de plazas musulmanas como Lleida o Fraga, habían educado al pequeño Jaime I … y ahora se les trataba como criminales. Qué trago más amargo por aquellos hombres.

Suerte que aquí al menos Jaume II declaró finalmente la absolución de los templarios y otorgó a aquellos hombres una pensión vitalicia. Quizás porque era consciente de la gran injusticia que el rey francés Felipe IV y el Papa Clemente V habían cometido con esta organización. Pero aquí siguen en pie este muros, desafiantes, para recordar el sacrificio de unos hombres que resistieron la injusticia con dignidad.

Autor: Iván Sánchez Raya para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

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