El cañón de Santiago Ramón y Cajal

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 Santiago Ramón y Cajal, nacido en Petilla de Aragón el 1 de mayo de 1852 fue probablemente uno de los mas grandes científicos que ha dado España al mundo. Como médico, se especializó en histología y anatomía patológica. Su mas grande logro, fue compartir el premio Nobel de Medicina en 1906 por sus investigaciones sobre los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas.

Sus estudios originaron una nueva y revolucionaria teoría que empezó a ser llamada la «doctrina de la neurona», basada en que el tejido cerebral está compuesto por células individuales. Humanista, además de científico, está considerado como cabeza de la llamada Generación de Sabios.

¿Os imagináis como era la España de 1906 a nivel científico? Pues ya tenéis una medida para valorar el que le diesen un Premio Novel de Medicina.

El cañón de Santiago Ramón y Cajal
Santiago Ramón y Cajal, por Sorolla

El cañón de Santiago Ramón y Cajal

Sin embargo, su niñez no hacía preveer tan altos logros. Muchos padres de hoy en día pierden los nervios con las travesuras de sus hijos, ¿pero que pensaría cualquier padre de hoy en día si su hijo volase la puerta del vecino con un cañón?

Sin lugar a dudas tal niño acabaría con ayuda psicológica, pastillas o incluso en un reformatorio, ¿estaríamos malogrando a un niño curioso que experimenta con su entorno? ¿O estaríamos metiendo en vereda a un potencial delincuente?

El cañón de Santiago Ramón y Cajal
Dibujo de Santiago Ramón y Cajal de las células del cerebelo de un pollo

Desde luego con Ramón y Cajal hubíesemos perdido a uno de nuestros mas grandes científicos, pero leamos, de su propia biografía, la gamberrada del cañón:

En aquel verano mis juegos favoritos fueron los guerreros, y muy especialmente las luchas de honda, de flecha y de boxeo. Pronto las encontré sosas e infantiles. Yo acariciaba más altas hazañas: aspiraba al cañón y a la escopeta. Y me propuse fabricarlos fuese como fuese. Para dar cima a la ardua empresa, tomé un trozo de viga remanente de cierta obra de albañilería hecha en mi casa, y con ayuda de gruesa barrena de carpintero, y a fuerza de trabajo y de paciencia, labré en el eje del tronco un tubo, que alisé después todo lo posible a favor de una especie de sacatrapos envuelto en lija. Para aumentar la resistencia del cañón, lo reforcé exteriormente con alambre y cuerda embreada; y a fin de evitar que, al cebar la pólvora, se ensanchase el oído y saliese el tiro por él, lo guarnecí mediante ajustado canuto de hoja de lata desprendido de vieja alcuza.

Engreído y satisfecho estaba con mi cañón, que encomiaron extraordinariamente los amigos; todos ardíamos en deseos de ensayarlo. Fue mi intención añadirle ruedas antes de la prueba oficial; pero mis camaradas no lo consintieron: tan viva era la impaciencia que sentían por cargarlo y admirar sus formidables efectos.

Después de madura deliberación, decidimos izar el cañón por encima de las tapias de mi huerto y ensayarlo sobre la flamante puerta de vecino cercado, puerta que daba a cierto callejón angosto, bordeado de altas tapias y apenas frecuentado. Cargose a conciencia la improvisada pieza de artillería, metiendo primero buen puñado de pólvora, embutiendo después recio taco y atiborrando, en fin, el tubo de tachuelas y guijarros. En el oído, relleno también de pólvora, fue fijada larga mecha de yesca.

Los momentos eran emocionantes y la expectación ansiosa. A favor de un fósforo puesto en un alambre prendí fuego al cebo, hecho lo cual nos retiramos todos, con el corazón palpitante, a esperar, a prudente distancia, la terrible explosión. El estampido resultó horrísono y ensordecedor; pero contra los vaticinios de los pesimistas, el cañón no reventó; antes bien desempeñó honrada y dócilmente su contundente función.

Un ancho boquete abierto en la puerta nueva, por el cual, airada y amenazadora, asomó poco después la cabeza del hortelano, nos reveló los efectos materiales y morales del disparo, que, según presumirá el lector, no fue repetido aquel día. Excusado es decir que pusimos pies en polvorosa, abandonando en la refriega el cuerpo del delito. Gran suerte fue que la puerta, desbaratada y entorpecida por la lluvia de astillas, no acertase a girar en seguida, no obstante las furiosas sacudidas del colérico huertano. Merced a tan feliz circunstancia, le tomamos gran ventaja en la carrera, aunque no tanta que dejaran de trompicarnos en las piernas algunas piedras lanzadas por el energúmeno.

Mi travesura tuvo para mí, de todos modos, consecuencias desagradables. El bueno del labrador querellose amargamente al alcalde, a quien mostró la pieza de convicción, o sea el pesado madero con que fue ejecutada la hazaña.

El monterilla, que tenía también noticias de otras algaradas mías, aprovechó la ocasión que se le ofrecía para escarmentarme; y viniendo a mi casa en compañía del alguacil, dio con mis huesos en la cárcel del lugar. Esto ocurrió con beneplácito de mi padre, que vio en mi prisión excelente y enérgico recurso para corregirme; llegó hasta ordenar se me privase de alimento durante toda la duración del encierro.

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