El asesinato de Prim

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La búsqueda de un monarca

No es objeto de estas líneas el estudio y desarrollo de tan arduo proceso, pero es importante señalar sus aspectos fundamentales, porque en él se consumió buena parte de la vida de Prim como Gobernante y en él se encuentran, sin duda, las claves de su muerte. El aspirante o candidato – según el profesor Palacio Atard – que se postulase como tal, tomando cuantas iniciativas para conseguir la Corona de España, sólo hubo uno: Antonio de Orleans, duque de Montpensier, hijo menor del Rey de Francia, Luis Felipe I. Al resto de los que en algún instante aparecieron involucrados en la complicada elección, se les ofreció una posibilidad que no habían solicitado, sino aceptado, en el mejor de los casos.

En las primeras gestiones se entrecruzaron los nombres y opciones del mencionado Montpensier; Fernando de Coburgo; Luis de Portugal; los duques de Saboya y Génova; Leopoldo de Hohenzollern; Espartero; Alfonso de Borbón, incluso algunos más. Antes de la revolución ya se habían producido los primeros contactos de los unionistas con Montpensier y de los progresistas con Fernando de Coburgo, Rey consorte de Portugal, del que eran partidarios Olózaga, Sagasta y varios más. A partir de 1869, Prim y otros progresistas enviaron a Lisboa a Fernández de los Ríos[1] con el propósito de que Fernando de Coburgo accediera a la candidatura, pero no aceptó por el recelo de Francia e Inglaterra y por los propios portugueses temerosos de una hipotética Unión Ibérica, de la que ya se había hablado, y la relación que mantenía con una ex actriz, Elsa Hensler, con la que acabaría casándose, aparte de que tenía miedo de perder la renta que recibía del presupuesto portugués y que la aventura en España acabara mal. Prim no logró convencerle. Además, el ambicioso Montpensier fundó en Portugal El Incoloro, periódico dedicado a influir negativamente en la candidatura del de Coburgo. Por unas u otras razones, pasaban los meses y la Monarquía no acababa de tomar cuerpo.

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Entonces se iniciaron los contactos con la Casa de Saboya. El embajador español en Florencia, Montemar[2], se encargó de la gestión confidencialmente. Topete insistió en la defensa de Montpensier, el General Contreras[3]  propuso a Espartero, Madoz opinó en términos parecidos y Santa Cruz,[4] representando a la Unión Liberal, manifestó que no había tomado ninguna decisión, pero todos coincidieron en mostrar su respeto por el duque de Aosta. Primero se ofreció la Corona al duque de Aosta y ante su negativa se hizo lo mismo con el duque de Génova, sobrino del Rey de Italia, con idéntico resultado. Tampoco se concretaba en nada la posible opción de Espartero, – que vivía en Logroño, donde fallecería – al que apoyaban los progresistas y, menos aún, la candidatura alfonsina, que chocaba con un obstáculo añadido: la legitimidad. En principio y según se le comunicó a Prim, la Reina Isabel II, en contra de algunos rumores que circulaban en 1869, no se mostraba dispuesta a abdicar mientras estuviese en tierra extranjera.

A mediados de agosto, Prim fue a Vichy según su costumbre médica para mejorar su salud, además quería tomar el pulso a la situación internacional y conocer la percepción que se tenía al otro lado de la frontera del nuevo régimen español. El marqués de los Castillejos se volvió a reunir, una vez más, con Napoleón III, pero esta vez como Presidente del Gobierno de España. De nuevo, el Monarca francés les insistió su oposición a las intenciones de Montpensier al Trono español. A su vuelta a España, había estallado el levantamiento republicano especialmente en Cataluña, Aragón, Valencia y Andalucía que acabó degenerando en actos de delincuencia común. El siguiente paso, en la búsqueda de un Rey, fue un primer tanteo en el entorno de Leopoldo de Hohenzollern Sigmaringen[5], cuya opción ya se había barajado en octubre de 1868, pero los problemas diplomáticos frenaron cualquier acuerdo, por lo que por eliminación la candidatura de Montpensier parecía la única viable, en contra de la opinión de gran parte de los progresistas. Espartero no lo aceptó alegando razones de salud. Se hizo otra tentativa con Hohenzollern Sigmaringen que tampoco tuvo éxito. Se tanteó también con Alfonso – futuro Alfonso XIII -, al que Prim se opuso reiterando los jamases y los imposibles sobre la restauración borbónica. Se hizo otra tentativa sobre Fernando de Coburgo de Portugal, también sin éxito; el caso es que, en el verano de 1870, España seguía sin Monarca. Desde el 20 de agosto de 1870 se había reforzado a todos los niveles la presión de la Casa de Saboya para que Amadeo aceptase finalmente la Corona española. Finalmente, el príncipe de Aosta aceptando una sugerencia de Prim, comunicó al embajador que, “con asentimiento de mi padre, autorizo para que respondáis a Prim, que puede presentar mi candidatura, si cree que mi nombre puede unir a los amigos de la libertad, del orden y del régimen constitucional. Aceptaré la Corona, si el voto de las Cortes me prueba que esto es la voluntad de la nación española”.

El Rey viene y Prim es asesinado

Mientras el conde de Reus perseguía votos para su candidato, la prensa le atacaba con dureza. En Madrid, 29 periódicos de distintas tendencias publicaron un largo manifiesto en contra de Amadeo. El 14 de noviembre de 1870 se reunieron en el antiguo Senado 183 diputados de la mayoría para acordar una postura común sobre los candidatos a la Corona. Ruiz Zorrilla[6] hizo un llamamiento para que todos, renunciando a los suyos particulares, apoyaran al del Gobierno. Algunos unionistas destacados avanzaron el compromiso contraído con Montpensier y adujeron que el honor les impedía votar a Amadeo. El día 16, en el Congreso, se llevó a cabo la votación nominal, en medio de un clima crispado por los rumores que atribuían a los republicanos de impulsar un motín, por lo que Prim situó en la calle piquetes militares con voluntad disuasoria. La ansiedad y la impaciencia llenaron la Cámara. Se leyó la lista de los ausentes y la de los votantes; Amadeo obtuvo 191 votos, 60 la república federal, tres otras modalidades republicanas, 27 para Montpensier, ocho a Espartero, dos a Alfonso a quien Isabel II había traspasado sus derechos, uno a la duquesa de Montpensier y 19 en blanco. El presidente de la Cámara, Ruiz Zorrilla, proclamó al duque de Aosta “Rey de los españoles”. Acto seguido, se eligió una comisión de 28 diputados para que se le entregara en Florencia el acta de proclamación. Se suspendieron las sesiones hasta el regreso de la comisión. Al cerrarse la sesión, según el embajador francés, Pierre Paul Cambon, Madrid ofrecía “el aspecto de una ciudad en duelo”, con las tropas en la calle y los teatros y tiendas cerrados. La comisión de diputados partió de Madrid el 24 de noviembre. Prim fue a despedirles a la estación. El cuatro de diciembre, en Florencia, la comisión ofreció la Corona española a Amadeo, que la aceptó. Esa misma noche, sin ningún protocolo, Amadeo acudió a visitar a los diputados españoles en su alojamiento. Ruiz Zorrilla le hizo entrega del regalo personal de Prim: la faja de General que el Instituto Industrial de Cataluña le había regalado a la vuelta de su victorioso regreso de la campaña africana en 1860. El Rey de Italia, a su vez, ofreció al marqués de los Castillejos, Ruiz Zorrilla, Serrano y a Espartero el collar de la Anunziata, el máximo galardón del Reino italiano.

En Madrid, Prim capeaba el temporal político, cada día más agitado. El uno de diciembre 1870, Figuerola[7] dimitió del Ministerio de Hacienda. Pocos días después Prim confesaba por carta que:

convenía levantar el ánimo, algo decaído de algunos progresistas, como se va haciendo en varias provincias, que lo demás se arreglará tan pronto cono estemos del todo constituido, y los partidos extremos están aquí que braman y tratan de coaligarse contra, como ellos dicen, el Rey extranjero, pero todos juntos no pueden con nosotros. El Rey vendrá cuando tenga por conveniente. Espero que sea pronto, y vamos a ver lo que pasa. A las generalidades unía un ejemplo concreto: el señor Paul y Angulo está disparado y no será extraño que al mejor día se comprometa muy gravemente.

En otra carta el conde de Reus decía:

Según dicen los hombres de ley, el Rey no es más que “electo”, que no ha admitido todavía oficialmente la Constitución y las leyes y que contra la Prensa sólo cabía actuar de acuerdo con las normas jurídicas establecidas, si no quería imitar lo que hacían los “moderados”, actitud que esperaban las “clases conservadoras”; solo cabía esperar la llegada de Amadeo, pues en cuanto venga y jure, como entonces será inviolable por la misma Constitución, los que se metan con él lo pasarán mal.

El temor a las algaradas obligó al Gobierno a enviar a Italia el día 14 un telegrama cifrado para retrasar la venida del Rey, ganar tiempo, calmar los ánimos y cosechar adeptos. La decisión contrarió a Amadeo, mientras a su alrededor surgían intrigas que trataban de rebajar al General Prim ensalzando la persona de Ruiz Zorrilla. El 19, otro telegrama fijaba la entrada en Madrid el uno de enero de 1871. La noche del 18 los diputados de la mayoría se reunieron en el Senado; acordaron la disolución de las Cortes Constituyentes el 31, y la aprobación de todas las leyes pendientes. El 23, Pi i Margall[8] le acusó de inconsecuente y de falto de pudor político. Las descalificaciones periodísticas más virulentas eran lanzadas por José Paul y Angulo desde El Combate[9], que le plagaba de insultos, le retaba y como no obtenía respuesta le tildaba de cobarde. A pesar del hostigamiento parlamentario, el día 24 consiguió por mayoría, que las Cortes acordasen su disolución después de tomar juramento al nuevo Rey. En el Consejo de Ministros de ese día, Rivero[10] dimitió como Ministro de la Gobernación, al negarse a modificar el calendario electoral para renovar las Diputaciones. El 27 de diciembre, cuando ya estaba acordado que Prim iría con todo el Gobierno a recibir al Rey al puerto de Cartagena, se aprobó la ley que fijaba la consignación de la Corona. Prim anunció que, de acuerdo con la práctica constitucional y parlamentaria, presentaría la dimisión al nuevo Rey. Al margen de los piques parlamentarios, mostraba un excelente humor. Horas antes había firmado un documento masónico como “Capitán de Guardias” con el nombre alegórico de Washington. Fue el último documento que firmó.

La historia que nunca se acaba. Claroscuros.

Ricardo Muñiz, secretario y amigo íntimo de Prim, acudió al Palacio de Buenavista, donde el conde de Reus había almorzado con su familia en el Ministerio de la Guerra, para comunicarle una confidencia. Por la mañana había recibido la visita de Bernardo García, director de La Iberia, quien le informó del proyecto de atentado contra el marqués de los Castillejos aquella misma noche. García le entregó una lista con el nombre de los conjurados, que hasta la fecha se ignora si fueron 10 o 12. Por encargo del General Prim, Muñiz transmitió al Gobernador de Madrid, Ignacio Rojo Arias, una orden de detención de los sospechosos, pero solo fue detenido uno de ellos. Acabada la sesión parlamentaria, un diputado republicano, el historiador Morayta[11], le urgió a asistir a la solemne cena de su logia – hay que recordar que Prim sólo tenía el Grado 18 de la masonería – en la fonda de las Cuatro Estaciones, en la calle del Arenal, con el objetivo que modificara el trayecto nocturno e imposibilitar el posible atentado. Prim, de forma vaga dijo que iría después de cenar, a los brindis. Ya en el pasillo recibió un tercer aviso. El republicano García Ruiz le suplicó que, en pro de su seguridad, modificara el itinerario usual para regresar a su domicilio. Al despedirse, advirtió a otro republicano: que haya juicio, porque tendré la mano muy dura. Éste, apartándose del grupo, le replicó en referencia al movimiento insurreccional que proyectaban los republicanos: “Mi General, a cada puerco le llega su San Martín”. Pese a las amenazas de muerte, Prim se negó a llevar escolta para que no se interpretara como un signo de flaqueza, confiando como siempre en su buena estrella. Se dirigió a la salida del Congreso de los Diputados por la puerta posterior que da a la calle Floridablanca. Eran las siete de la tarde, ya pasadas, de la tarde del 27 de diciembre de 1870 y estaba nevando.

Mientras reclamaban el coche, un amigo de Paul y Angulo abandonó la portería con paso rápido. El movimiento llamó la atención del jefe de los carabineros de guardia, pero no le hizo detener ni comunicó sus sospechas a los ayudantes de Prim. Entonces se presentaron Sagasta[12] – Ministro de la Gobernación – y Herreros de Tejada[13] para comentar detalles de última hora.

Como Prim ya estaba montado en una berlina de color verde, les invitó a subir. Hacia las siete y media, los políticos bajaron y ocuparon su lugar los dos ayudantes del General; Coronel de Infantería José Francisco Moya, y su ayudante personal, Ángel González Nandín. Nandín se ubicó en el asiento de la derecha (lugar habitual donde se colocaba el Presidente) y el General Moya enfrente (en la parte de la ventana). En cuanto se pusieron en marcha, un embozado situado en la acera de enfrente, encendió un fósforo. Era la señal para advertir de su salida. La acción fue repetida por otro embozado situado en la esquina del palacio de las Cortes con la calle del Sordo – actual Zorrilla – y por un tercero que vigilaba la entrada de la calle del Turco. Nada más enfilar la calle del Turco (hoy marqués de Cubas), otros más repitieron la señal. La berlina avanzó por la calle del Turco, larga y tortuosa, en solitario. Próximo a salir a la calle de Alcalá, encontró el paso cortado por otros dos carruajes, uno estacionado y otro que acababa de llegar, viéndose el cochero obligado a parar la berlina. Moya, que iba en el asiento delantero, se arrimó a la ventana para ver que sucedía y en la penumbra divisó a ocho o diez hombres vestidos con blusas y armados con trabucos. Uno bajo, moreno, fornido, y con una poblada barba negra rompió el cristal con el trabuco y, apuntando al General, le dijo: “prepárate que vas a morir”. Moya se volvió rápido al marqués de los Castillejos y, cogiéndole de la mano, exclamó al tiempo que le incitaba a agacharse: “¡Bájese usted Mi General, que nos hacen fuego!”. La advertencia fue inútil, en milésimas de segundo el carruaje fue rodeado por seis asaltantes, tres por cada lado, que dispararon a bocajarro por ambos lados. Los vidrios de la berlina estallaron en mil pedazos y uno de los agresores aprovechó para introducir su arma en el interior del carruaje. Aunque el ayudante personal de Prim intentó protegerlo, el General recibió al menos nueve impactos, quedando herido su rostro, una mano y un hombro. Prim y Moya intentaron tirarse al suelo del carruaje para protegerse, pero no tuvieron tiempo. Varios disparos fueron efectuados desde cada lado del carruaje, que penetraron en el interior. Nandín tratando de proteger la vida de Prim interpuso su brazo a las balas, que le destrozaron totalmente la mano. El cochero tardó en reaccionar e intentó en vano salvar los obstáculos y apartar a los autores del atentado blandiendo el látigo y pretendió huir hacia la calle Alcalá, pero Prim ya estaba malherido, pero no muerto. A toda la velocidad que pudo el conductor, condujo la berlina al palacio de Buenavista, que estaba situado justo enfrente, aunque hay versiones que dicen que la berlina llegó al palacio por la calle Barquillo. Los disparos se oyeron a considerable distancia y muchos pensaron que se iniciaba una asonada. Los únicos que salieron ilesos fueron Moya y el cochero.

La mujer del conde de Reus, Paca, que había oído los disparos desde el palacio de Buenavista, la residencia del Ministerio de la Guerra, sospechó lo ocurrido. Al llegar al palacio, Prim subió herido, principalmente en el hombro y brazo izquierdos, por su propio pie la escalera dejando a su paso un reguero de sangre y, versiones apuntan que lo hizo apoyándose en la barandilla apoyándose en el brazo herido.

A las preguntas de su mujer: – ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? –  Prim solo respondió:

Sólo sé que no han sido los republicanos –.

Se le acomodó en un sofá, donde todavía se pueden ver en el mueble manchones con los restos de la sangre del General, en una habitación contigua, a la que se encontraban todas las personas que se hallaban en esa habitación, entre ellas su mujer, el General Serrano, que curiosamente acababa de llegar y el Almirante Topete.

Como era de esperar, el diario El Combate, trató de dejar claro que nada tenía que ver con lo ocurrido.

Sea como fuere, el General Juan Prim y Prats, “Joanet”, conde de Reus, vizconde del Bruch, marqués de los Castillejos, Ministro de la Guerra, Presidente del Consejo de Ministros, Teniente General del Ejército, laureado, falleció asesinado el día 30 de diciembre de 1870 a las ocho y cuarto de la tarde en Madrid. Tenía 56 años.

El uno de enero de 1871, el cadáver del General Prim fue conducido a la basílica de Nuestra Señora de Atocha, acompañado de las cruces de todas las parroquias de Madrid, ocupando el lugar preferente la de San José, a la cual correspondía el palacio de Buenavista.

Se apuntan ahora diversas actuaciones de médicos, políticos, escritores y periodistas, sin ninguna prueba fehaciente de lo aquí expuesto ni está confirmado, ni probado totalmente. Son solo especulaciones y manifestaciones cuya veracidad no está comprobada.

– “Fue atendido a todo correr, pero ya estaba sentenciado. Inmediatamente un cirujano, muy cotizado en el Madrid de entonces, Melchor Toca, asistía al herido, y junto con otros afamados médicos comenzó el intento de salvar la vida del General, que, pese a los esfuerzos, se iba a extinguir el día 30, a las ocho y cuarto de la tarde” – se lee en un diario nacional. 

– “Trasladado urgentemente al palacio de Buenavista, cuyas escaleras subió a pie, su muerte se anunció de manera oficial el 30 de diciembre. Prim recibió varias heridas que, andado el tiempo, serían calificadas por el doctor Alfonso de la Fuente Chaos de poco graves, pero al parecer murió de las mismas el día 30, explica un experimentado criminólogo” – señala un periódico regional.

– “Los médicos intervinieron al General durante toda la madrugada; le amputaron la primera falange del dedo anular de la mano de derecha y extrajeron siete balas. El trabucazo en el hombro era el más crítico y aunque las heridas en apariencia no eran mortales, acabaron por infectarse. Tan solo tres días después del atentado el General moría de sepsis (septicemia) porque se inyectaron en su pecho trozos del abrigo de piel de oso con el que iba ataviado en el momento del incidente” – comenta un conocido periódico nacional.

– “Sobre la evolución de Prim, el día 29 de diciembre de 1870 se llega a afirmar que el día anterior se levantó el apósito que se había aplicado al Presidente sin haber tenido lugar los accidentes que suelen presentarse en esta clase de heridas tan sujetas a complicaciones. El estado del enfermo no puede ser más halagüeño, Algo que cambia el día 30, fecha de su muerte. Día en el que desembarca Amadeo de Saboya en Cartagena y es recibido por el almirante Topete. Aquella misma noche se comunica que Prim ha muerto debido una fiebre producida por los “grandes destrozos causados por las balas en codo, muñeca y hombro del lado izquierdo” que desembocan en una “intensa congestión cerebral que le produjo la muerte a las ocho y cuarenta y cinco minutos” – explica otro diario nacional.

– “La versión oficial cuenta que la causa de la muerte del General Prim es una infección de algunas de las lesiones que presenta el cuerpo, que son las lesiones que no habían sido operadas. Dos días después del atentado, le interviene el mejor cirujano de España y le extrae alguno de los proyectiles. En el cuerpo no hay ninguna evidencia de que se le haya practicado ninguna intervención quirúrgica”- señala una escritora.

– “Según un estudio médico legal, cabe la posibilidad de que el General Prim muriese por un estrangulamiento a lazo. Sorprendentemente, en el estudio del cuerpo nos encontramos con algo que no contábamos, que eran unas marcas en el cuello muy bien definidas de 1 y 5 cm de tamaño. Valoramos esas marcas, las estudiamos, descartamos lo que se dijo después de que se hubiesen producido por la ropa. Es algo imposible porque la camisa con la que fue inhumado el General es una camisa de cuello flexible y el único elemento rígido era una costura de 1 cm. No puede ser que un elemento rígido, incluso haciendo mucha presión, haya dejado una impronta de cinco, porque tenía que haber sido un objeto superior al que nosotros vemos en este momento. Finalmente concluimos que estas marcas que aparecen en el cuello son compatibles con un estrangulamiento a lazo” – explica una antropóloga forense.

– “Los médicos que analizaron las heridas de Prim, tuvieron que amputarle el dedo anular de la mano derecha y presentaba un “trabucazo” que había incrustado en él ocho balas en el hombro izquierdo, mientras tanto, Nandín fue trasladado a la casa de socorro más cercana donde conocería que perdería el movimiento de la mano, aunque no sería necesaria la amputación. El coronel Moya y el cochero resultaron ilesos. A las dos de la mañana fueron extraídas siete de las ocho balas a Prim, pero la herida se infectó y a los tres días el General Prim fallecía” – comenta otro rotativo.

– “El análisis sobre el cuerpo de Prim, ciento cuarenta y tres años después de su asesinato, arrojó una verdad que desmiente la versión oficial que, en su momento, se dio: Juan Prim murió el mismo día del magnicidio, siendo imposible que sobreviviese, como se afirmó en su momento. Las heridas de bala que presenta el cuerpo señalan que estas fueron de gravedad y en ningún momento leves, como afirmaba el comunicado gubernamental del 27 de diciembre. Pero la información que Prim transmitía a los investigadores no acababa ahí. Analizando la parte inferior del cuello se hallaron marcas de ligaduras que coinciden con las perpetradas por una estrangulación a lazo. Los investigadores sostienen que quién estuvo detrás del atentado “suplantaron” a Prim durante los tres días que el General estuvo luchando por sobrevivir (a sabiendas de que ya estaba muerto) hasta hacer pública su muerte con la llegada a España del rey Amadeo de Saboya propuesto por el fallecido General” – también señalan varios especialistas.

A partir de este punto comienzan las especulaciones, investigaciones, sospechas, pesquisas, seguimientos, indagaciones, interpretaciones sobre los autores ideológicos y materiales del magnicidio.

Me permitirá el lector que exponga y disculpe mis personales y quizá escasos conocimientos históricos para poder opinar: El organizador en la sombra, el que suministraba el dinero, y cabeza pensante de todo el entramado y el que orquestó toda la operación, fue Montpensier, que deseaba ser Rey de España como fuera. En segunda fila estaban Serrano, Topete y el capital cubano ya que Prim propuso la independencia de Cuba si así lo decidía el pueblo cubano en referéndum, una amnistía para los patriotas cubanos, y una compensación a España garantizada por Estados Unidos. El proyecto, que hubiera saneado la Hacienda, encontró fuerte oposición y nunca se llevó a cabo. No obstante, cuando se planteó como salida al problema cubano la posible venta de la provincia a los Estados Unidos, Prim respondió tajantemente:

La isla de Cuba no se vende, porque su venta sería la deshonra de España, y a España se la vence, pero no se la deshonra.

Entre los ejecutores se barajan muchos nombres, pero el que está en el cuadro de honor es Paul y Angulo. Con relación al fallecimiento de Prim, no fueron los disparos los causantes de su muerte, sino pienso que fue personalmente el General Serrano, el que pasando solo a la habitación donde se encontraba el herido, lo estranguló, provocando su muerte, con el visto bueno del Almirante Topete.

Y esta es la hora, que 147 años después, no se sabe nada, ni de la causa de la muerte, ni de los que la provocaron directamente o indirectamente, con absoluta certeza y fiabilidad, pues hay opiniones para todos los gustos y muchos intereses por en medio. Va siendo hora que este desgraciado embrollo se aclare de una vez por todas, si verdaderamente hay interés por llegar hasta el fondo del asunto.

Datos biográficos

Juan Prim y Prats, nació en la localidad tarraconense de Reus, el seis de diciembre de 1814 a la una y media de la madrugada, y falleció asesinado en Madrid el 30 de diciembre de 1870. Le fueron impuestos los nombres de Antón, Joan, Pau María. Sepultado en un primer momento en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid, sus restos mortales fueron trasladados a su localidad natal, Reus, en 1971. Ostentó el título de conde de Reus, marqués de los Castillejos y vizconde del Bruch. Alcanzó el empleo de Teniente General del Ejército. Hijo del notario Pablo Prim y Estapé y nieto del también notario Ramón Prim Gassol, de la misma localidad. Su bisabuelo fue médico. La familia materna eran comerciantes poco importantes: cereros y drogueros. Sus ancestros paternos eran una familia de pequeños propietarios de la comarca de Urgell; pertenecían a la clase media acomodada. A los 26 era diputado y a los 29 ya era General. El General Juan Prim se casó en París con Francisca Agüero y González, hija de un conocido banquero mexicano de la época con grandes intereses en las ricas minas de plata de Zacatecas. Fue un político “nato” y “neto”, de talante liberal. Llegó a Capitán General de Puerto Rico, Ministro de la Guerra y Presidente del Consejo de Ministros de España. Hábil diplomático. Tuvo dos hijos.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

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Bibliografía

DE DIEGO, Emilio. Prim, La forja de una espada.

ANGUERA, Pere. El General Prim.

DE CONTRERAS Y LÓPEZ DE AYALA, Juan de Contreras. Marqués de Lozoya. La Historia de España.

Wikipedia.

[1] Ángel Fernández de los Ríos (1821-1880) fue un periodista, político, editor, urbanista, escritor e historiador de la Generación del 68. Fundador y editor de los periódicos Las Novedades, La Ilustración, La Iberia y la Soberanía Nacional.

[2] Francisco de Paula Montemar Moraleda (1825-1889), fue un político, diplomático, periodista y dramaturgo. Nombrado ministro plenipotenciario en Italia y enviado especial, apoyó la proclamación de Amadeo de Saboya como Rey de España y el Rey Víctor Manuel lo premió con el título de Marqués de Montemar y Amadeo lo autorizó para usarlo en España y, además, le concedió otro, el de Conde de las Rosas. En 1849 creó la sociedad política liberal el Círculo de la Amistad. Fundó el periódico El Porvenir.

[3] Juan Contreras y San Román (1807-1881) fue un militar y político, destacado durante la Rebelión cantonal y el Sitio de Cartagena de 1873-1874. Fue Capitán General de Cataluña en 1873.

[4] Francisco Santa Cruz y Gómez, (1802-?). Estadista miembro del partido progresista. Fue Ministro de la Gobernación en dos ocasiones.

[5] El Príncipe Leopoldo Estéfano Carlos Antonio Gustavo Eduardo Tásilo de Hohenzollern-Sigmaringen (1835-1905) fue el jefe de la Casa de Hohenzollern y jugó un papel importante en la política del poder europeo. En España, al difundirse la noticia de que Leopoldo era candidato a la corona, se le empezó a llamar Leopoldo Olé-Olé a ver si me eligen a causa de la difícil pronunciación de su apellido para los españoles.

 

[6] Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895) fue un político Presidente de las Cortes, diputado en Cortes y posteriormente Ministro de Fomento y de Gracia y Justicia durante el Gobierno provisional formado tras la Revolución Gloriosa de 1868, y jefe de Gobierno con Amadeo I. Participó en la sublevación del Cuartel de San Gil.

 

[7] Laureano Figuerola Ballester (1816-1903) fue un abogado, economista y político español, que desempeñó un papel importante al frente del Ministerio de Hacienda al principio del Sexenio Democrático. Fue el creador de la peseta. Presidente de la Asociación Libre de Enseñanza.

 

[8] Francisco Pi y Margall (1824-1901) fue un político, filósofo, jurista, historiador y escritor, que asumió la segunda presidencia del Poder Ejecutivo de la Primera República entre el 11 de junio y el 18 de julio de 1873.

[9] Periódico de ideología republicana, donde aparece en 1870 un llamamiento para derrocar a Prim.

[10] Nicolás María Rivero (1814-1878) fue un político y periodista español. Militante del Partido Democrático, perteneció al grupo de los “cimbrios”. Fue alcalde de Madrid, Presidente del Congreso de los Diputados y Ministro de la Gobernación.

[11] Miguel Morayta y Sagrario (1834-1917) fue un historiador, periodista y político republicano. e inició en masonería en la Logia Mantuana de Madrid. Su nombre simbólico era Pizarro; alcanzó el Grado 33 y logró unir las muy dispersas organizaciones masónicas del país fundando el Gran Oriente Español en 1889, donde confluían el Gran Oriente de España y el Gran Oriente Nacional de España. Miguel Morayta fue proclamado primer Gran Maestre. Ocupó el máximo cargo de 1889 a 1901, y más adelante desde 1906 hasta su fallecimiento en 1917. Por otra parte, fue Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del Grado 33 para España del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

[12] Práxedes Mariano Mateo Sagasta y Escolar (1825-1903) fue un Ingeniero de Caminos y político de matiz progresista, miembro del Partido Liberal. Fue varias veces Presidente del Consejo de Ministros en el período comprendido entre 1870 y 1902 y famoso por sus dotes retóricas.

[13] Feliciano Herreros de Tejada (1829-1897).  Político y diplomático. Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en México. Presidente del Gobierno Provisional con Amadeo de Saboya. Gobernador civil de Barcelona. Senador por Puerto Rico. Consejero de Estado. Muy amigo de Prim.