El arresto de Carlos, hijo de Felipe II

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El 17 de enero el Rey Felipe II había vuelto a la capital. Acompañado por don Juan de Austria, se dirigió de inmediato a los aposentos de la Reina, Isabel de Valois[1], y no llevaba en ellos mucho tiempo cuando entró su hijo don Carlos [2] a presentarle sus respetos. Desde mucho antes de Navidad, padre e hijo apenas habían intercambiado palabra alguna al encontrarse; pero en dicha ocasión el segundo se mostró muy respetuoso y el talante del primero no evidenció ni cólera ni disgusto. Cuando don Carlos se retiró, se llevó a don Juan con él a sus aposentos, allí permanecieron encerrados durante dos horas. De lo que ocurrió en ese lapso de tiempo existen varias versiones.

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Carlos, hijo de Felipe II

Una, tal vez la más probable, dice que don Carlos reanudó sus tentativas anteriores de convencer a don Juan para que se le uniera, y le informó de que había ordenado que hubiera caballos ensillados para su partida (de don Carlos); que don Carlos le pidió a su tío, don Juan, que a medianoche le llevara el permiso necesario para poder salir y un documento por el que se declaraba dispuesto a servirle cuándo y cómo don Carlos lo necesitara; y que don Juan, para ganar tiempo, le prometió que tendría esos papeles a la una de la tarde del día siguiente, y que con esta condición su sobrino le permitió retirarse. 

Otra versión afirma que don Carlos, incapaz de convencer a su tío, lo atacó con su espada o su arma de fuego, y que don Juan se defendió hasta que, al oír el estruendo, los sirvientes abrieron las puertas y don Juan pudo escapar.

Una tercera versión pretende que don Carlos, viendo perdidas sus esperanzas de atraer a don Juan a su bando, le hizo acudir a su habitación con el propósito de castigar su traición; allí había dejado cargada un arma de fuego, pero uno de los suyos la había descargado, y al verse defraudado atacó con otra arma a tu tío con el claro propósito de quitarle le vida.

El día siguiente, 18 de enero, era domingo, y don Carlos acompañó al Rey a misa. A la una de la tarde recibió una nota de don Juan de Austria en la que éste anulaba la cita concertada el día anterior y le proponía que se vieran el miércoles siguiente. El Príncipe se fue entonces a la cama para no tener que acudir al llamado del Rey si éste se producía. En efecto, el Rey le mandó llamar al cabo de poco, y fue informado de que don Carlos no se sentía bien y no podía levantarse. Unos días antes el Monarca había ordenado que se rezaran plegarias en las iglesias de Madrid para pedir el auxilio y la guía divinos en un asunto de importancia; y ese domingo el Rey y su Ministro, el Cardenal Diego de Espinosa, se enviaron frecuentes mensajes. Después del arresto de don Carlos, los cortesanos relacionaron aquellas plegarias y aquellos mensajes con dicho suceso, pero hasta que tuvo lugar nadie parecía haber sospechado que tal acontecimiento se avecinaba.

El domingo a las once de la noche el Rey mandó llamar al Príncipe de Éboli[3], al conde de Feria[4], al prior don Antonio de Toledo y a Luis Quijada, dirigiéndoles, según dijeron después, unas palabras “que jamás hombre alguno había pronunciado”. A medianoche, acompañados de dos chambelanes, un Teniente y una guardia de 12 hombres, se dirigieron a los aposentos del Príncipe. El Rey llevaba armadura debajo de su batín y se cubría la cabeza con un casco, y le precedía el conde de Feria portando una luz. Hacía poco que don Carlos se había hecho construir un complicado aparato para asegurar la puerta de su alcoba, provisto de poleas por medio de las cuales podía cerrar o descorrer los cerrojos a voluntad mientras yacía en el lecho. Por orden del Rey, el francés que había construido ese artefacto lo había dejado fuera de servicio, de modo que el grupo entró en la habitación sin dificultad, y el Rey se quedó detrás hasta que alguno de los demás hubieron despojado al Príncipe de su espada, el puñal y el arma de fuego que éste siempre guardaba junto a su cama. Don Carlos despertó al oír el ruido y preguntó:

– ¿Quién está ahí?

– El Consejo de Estado[5]. Fue la respuesta.

Inmediatamente saltó de la cama a fin de coger sus armas, pero al distinguir al Rey, que ahora se había adelantado, exclamó:

– ¿Acaso Vuestra Majestad quiere matarme?

Felipe II le aseguró que no deseaban hacerle daño alguno, que sólo estaban allí por su propio bien, y le aconsejó que volviera a la cama. A continuación, dio orden de que clavaran las ventanas para que no pudieran abrirse y de que quitaran de la habitación todo aquello que pudiera servir de arma o de defensa, y el propio Rey emprendió un minucioso registro en busca de los papeles del Príncipe. Éstos se encontraban en una cajita que fue llevada sin demora a los aposentos del Rey. Entre los papeles se hallaba una lista, de puño y letra de don Carlos, que contenía los nombres de sus amigos y enemigos. La cabecera de estos últimos la formaban los nombres del Rey, del Príncipe de Éboli y del duque de Alba; y los primeros iban encabezados por los nombres de la Reina, de don Juan de Austria, mi muy amado tío, y de Luis Quijada.

Al verse así prisionero, el infeliz Príncipe se sumió en la más profunda desesperación. Se echó a las plantas de su padre y le suplicó que mandase darle muerte antes que dejarle encerrado.

– Si vos no me matáis me mataré yo mismo – gritó y trató de lanzarse al fuego, pero fue retenido a la fuerza por el prior, don Antonio.

– El mataros vos mismo sería un acto de locura – dijo el Rey.

– No estoy loco – replicó don Carlos – sino empujado a la desesperación por el modo en Vuestra Majestad me trata.

Entonces rompió a llorar, reprochándole a su padre, con voz entrecortada por los sollozos, su dureza y tiranía.

– De ahora en adelante – dijo Felipe II -, no os trataré como padre sino como Rey.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

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Bibliografía

THOMAS, Hugh. Antología de Madrid.

[1] Tercera esposa de Felipe II. Durante un tiempo muy breve estuvo prometida a don Carlos.

[2] Hijo de Felipe II y de su primera mujer, María de Portugal. Era de salud delicada, testarudo y probablemente tenía perturbada la razón.

[3] Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli, fue el principal consejero de Felipe II durante la primera parte de su reinado.

[4] El conde de Feria fue embajador español en Londres.

[5] En el siglo XVII existían: el Consejo de Estado; el Consejo de Guerra; el Consejo de la Inquisición o Suprema; el Consejo de Cruzada; el Consejo de Castilla; el Consejo de la Cámara de Castilla; el Consejo de Aragón; el Consejo de Italia; el Consejo de Portugal; el Consejo de Flandes y Borgoña; el Consejo de Indias; el Consejo de Hacienda y el Consejo de las Órdenes.

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