El arresto de Carlos, hijo de Felipe II
Carlos, hijo de Felipe II
Una, tal vez la más probable, dice que don Carlos reanudó sus tentativas anteriores de convencer a don Juan para que se le uniera, y le informó de que había ordenado que hubiera caballos ensillados para su partida (de don Carlos); que don Carlos le pidió a su tío, don Juan, que a medianoche le llevara el permiso necesario para poder salir y un documento por el que se declaraba dispuesto a servirle cuándo y cómo don Carlos lo necesitara; y que don Juan, para ganar tiempo, le prometió que tendría esos papeles a la una de la tarde del día siguiente, y que con esta condición su sobrino le permitió retirarse.Otra versión afirma que don Carlos, incapaz de convencer a su tío, lo atacó con su espada o su arma de fuego, y que don Juan se defendió hasta que, al oír el estruendo, los sirvientes abrieron las puertas y don Juan pudo escapar.
Una tercera versión pretende que don Carlos, viendo perdidas sus esperanzas de atraer a don Juan a su bando, le hizo acudir a su habitación con el propósito de castigar su traición; allí había dejado cargada un arma de fuego, pero uno de los suyos la había descargado, y al verse defraudado atacó con otra arma a tu tío con el claro propósito de quitarle le vida.
El día siguiente, 18 de enero, era domingo, y don Carlos acompañó al Rey a misa. A la una de la tarde recibió una nota de don Juan de Austria en la que éste anulaba la cita concertada el día anterior y le proponía que se vieran el miércoles siguiente. El Príncipe se fue entonces a la cama para no tener que acudir al llamado del Rey si éste se producía. En efecto, el Rey le mandó llamar al cabo de poco, y fue informado de que don Carlos no se sentía bien y no podía levantarse. Unos días antes el Monarca había ordenado que se rezaran plegarias en las iglesias de Madrid para pedir el auxilio y la guía divinos en un asunto de importancia; y ese domingo el Rey y su Ministro, el Cardenal Diego de Espinosa, se enviaron frecuentes mensajes. Después del arresto de don Carlos, los cortesanos relacionaron aquellas plegarias y aquellos mensajes con dicho suceso, pero hasta que tuvo lugar nadie parecía haber sospechado que tal acontecimiento se avecinaba.
– ¿Quién está ahí?
– El Consejo de Estado[5]. Fue la respuesta.
Inmediatamente saltó de la cama a fin de coger sus armas, pero al distinguir al Rey, que ahora se había adelantado, exclamó:
– ¿Acaso Vuestra Majestad quiere matarme?
Felipe II le aseguró que no deseaban hacerle daño alguno, que sólo estaban allí por su propio bien, y le aconsejó que volviera a la cama. A continuación, dio orden de que clavaran las ventanas para que no pudieran abrirse y de que quitaran de la habitación todo aquello que pudiera servir de arma o de defensa, y el propio Rey emprendió un minucioso registro en busca de los papeles del Príncipe. Éstos se encontraban en una cajita que fue llevada sin demora a los aposentos del Rey. Entre los papeles se hallaba una lista, de puño y letra de don Carlos, que contenía los nombres de sus amigos y enemigos. La cabecera de estos últimos la formaban los nombres del Rey, del Príncipe de Éboli y del duque de Alba; y los primeros iban encabezados por los nombres de la Reina, de don Juan de Austria, mi muy amado tío, y de Luis Quijada.
– Si vos no me matáis me mataré yo mismo – gritó y trató de lanzarse al fuego, pero fue retenido a la fuerza por el prior, don Antonio.
– El mataros vos mismo sería un acto de locura – dijo el Rey.
– No estoy loco – replicó don Carlos – sino empujado a la desesperación por el modo en Vuestra Majestad me trata.
Entonces rompió a llorar, reprochándole a su padre, con voz entrecortada por los sollozos, su dureza y tiranía.
– De ahora en adelante – dijo Felipe II -, no os trataré como padre sino como Rey.
Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es
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Bibliografía
THOMAS, Hugh. Antología de Madrid.
[1] Tercera esposa de Felipe II. Durante un tiempo muy breve estuvo prometida a don Carlos.
[2] Hijo de Felipe II y de su primera mujer, María de Portugal. Era de salud delicada, testarudo y probablemente tenía perturbada la razón.
[3] Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli, fue el principal consejero de Felipe II durante la primera parte de su reinado.
[4] El conde de Feria fue embajador español en Londres.
[5] En el siglo XVII existían: el Consejo de Estado; el Consejo de Guerra; el Consejo de la Inquisición o Suprema; el Consejo de Cruzada; el Consejo de Castilla; el Consejo de la Cámara de Castilla; el Consejo de Aragón; el Consejo de Italia; el Consejo de Portugal; el Consejo de Flandes y Borgoña; el Consejo de Indias; el Consejo de Hacienda y el Consejo de las Órdenes.
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