Champollion, el hombre que hizo hablar a la piedra de Rosetta

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Hace un par de siglos nadie había logrado descifrar aún los signos gráficos ideados por los antiguos egipcios. Por lo tanto, a pesar de la riqueza arqueológica que hay en el valle del Nilo, se sabía muy poco del Egipto de los faraones. Existían listas de faraones y se conocían episodios tardíos de la época romana, pero poco más.

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Aunque en los muros interiores y exteriores de las pirámides y de los templos esparcidos a lo largo del valle del Nilo aparecían muchas inscripciones, todos los que habían intentado descifrarlas habían fracasado.  Eran un misterio, y lo mismo ocurría con los miles de papiros encontrados sobre todo en tumbas, muchos de los cuales habían llegado a Europa y formaban parte de museos y colecciones privadas.

La historia del antiguo Egipto estaba escrita a lo largo de todo el país, desde el delta hasta la primera catarata, en las piedras de cientos de monumentos. Y sin embargo nadie podía leerla. Hasta que el hallazgo casual de una piedra trilingüe y el genio de un hombre cambiaron las cosas. Después de permanecer oculto durante siglos, finalmente el secreto de los jeroglíficos fue desvelado.

La Piedra de Rosetta

La Piedra de Rosetta es uno de los tesoros más apreciados que alberga el Museo Británico. Se trata de una estela encontrada en el delta del Nilo en el verano de 1799 por soldados de Napoleón que reforzaban un viejo fuerte otomano, cerca de la localidad de Rosetta, a unos setenta kilómetros de Alejandría. Desde 1802 se exhibe en el Museo Británico. El texto que contiene fue redactado a finales del siglo II a.C., cuando en Egipto reinaba la dinastía ptolemaica, fundada por un general de Alejandro Magno.

La enorme piedra encontrada era de granito negro, de forma rectangular; medía un metro de altura y setenta y cinco centímetros de anchura. Sobre la superficie pulimentada había tres inscripciones separadas por tres bandas paralelas. En la superior se habían grabado jeroglíficos. El texto de la última parte era griego. En medio, aparecía un texto que en principio se creyó sirio y más tarde se identificó como escritura demótica. La estela había sufrido una rotura y la mutilación afectaba sobretodo la primera parte del texto. Los sabios que acompañaron a Napoleón en su campaña de Egipto pronto intuyeron que el hallazgo arqueológica era de un gran valor. Poco después El Courier d’Egypte publicaba la noticia del feliz descubrimiento arqueológico.

Como es sabido, la expedición de Napoleón a Egipto terminó en fracaso. La capitulación francesa conllevó, entre otras cosas, que la piedra hallada en Rosetta fuese a parar a manos de los ingleses, que la llevaron a Londres como un trofeo de guerra. Pero los eruditos franceses que habían viajado a Egipto con el Primer Cónsul tenían una copia de las inscripciones.

Tanto en Londres como en París, el texto -o, mejor dicho, los textos- que contenía la piedra de Rosetta enseguida fue objeto de estudio. Parecía evidente que las tres inscripciones eran tres versiones de un mismo texto. Como se conocía el último, redactado en griego, todo era cuestión de hacer un análisis comparativo. En apariencia, parecía fácil; pero no lo era: todo lo contrario. El hombre que finalmente dio con la clave tardó años en lograr su propósito, y el esfuerzo dañó gravemente su salud. Se devanó los sesos hasta lograrlo.

Jean François Champollion

Nacido en 1790, el hombre que puso nombre al sistema de escritura usado por los escribas de los faraones, y que logró descifrarla, creció con la Revolución Francesa. En Grenoble, donde estudió, trabó amistad con el prefecto del departamento, que había estado en Egipto con Napoleón formando parte del estado mayor científico. El prefecto guardaba en su casa diversos objetos que fascinaban al joven Jean François. Antes de cumplir diecinueve años, éste fue nombrado profesor de Historia en Grenoble. Admirador de Napoleón, ser bonapartista le acarreó muchos problemas tras la caída del emperador.

Champollion era inteligente, intuitivo, y tenía grandes aptitudes para las lenguas. Conocía una docena, antiguas y modernas, entre las cuales el copto, una lengua heredera directa del antiguo egipcio que usaba la Iglesia copta de Egipto y de Etiopía en sus rituales. Algunos investigadores creían que el estudio del copto les permitiría descifrar los jeroglíficos, pero se equivocaron. Los caracteres coptos no tenían nada que ver con aquéllos.

Al principio Champollion pensó que descifrar el texto de la estela de Rosetta no le llevaría mucho tiempo. Pero pronto comprendió que estaba errado. Sin embargo, al contrario que otros investigadores, no dio su brazo a torcer. Era un hombre tenaz. Ante todo era necesario saber qué representaba cada dibujo de los jeroglíficos, si era una letra o bien una palabra. Por fortuna, en la inscripción figuraba el nombre del faraón Tolomeo V (en griego, Ptolemaios), dentro de un marco ovalado que los expertos franceses llamaban, por su forma, cartouche.

Su primera tarea fue explicar los siete jeroglíficos que componían el nombre de este faraón. También le ayudó una inscripción de un obelisco de la isla de Filé -al sur de la primera catarata- en la que aparecía el nombre de Cleopatra y de la que se poseía una traducción al griego. Una vez descifrado el nombre del faraón Tolomeo, Champoillon analizó el resto de la inscripción. Encontró palabras (reino, señor, dios) estaban escritas con un único símbolo: un tintero. Otras palabras, en cambio, requerían más símbolos.

La tarea era ardua, un auténtico quebradero de cabeza. La investigación avanzaba lentamente. Cuando Champollion creía haber superado un obstáculo, aparecía otro. No fue hasta el 27 de diciembre de 1822 que Champollion hizo una relación de su descubrimiento a la Academia de París. Le costó mucho conseguir que sus ideas fueran aceptadas. Antes tuvo que vencer las resistencias de muchos científicos. Pero también halló apoyos. En primer, el de su hermano mayor. Con la ayuda de éste y algunos amigos viajó a Nápoles, Turín, Roma y otras ciudades italianas que guardaban antigüedades del antiguo Egipto con inscripciones, que estudió.

Más tarde, en 1828, Champollion hizo realidad un deseo que acariciaba des de hacía años: visitar Egipto, su patria espiritual. En el valle del Nilo hizo copias de muchas inscripciones grabadas en las paredes de templos y tumbas, en estatuas y estelas. Cuando le veían, los campesinos decían:

“Mirad, el hombre que ha hecho hablar a las viejas piedras”.

Que aquellos humildes campesinos trabajaran aún la tierra como lo habían hecho miles de años atrás los súbditos de los faraones le impresionó.  Después de tanto tiempo, la vida había cambiado muy poco junto a las tierras bañadas por el gran río. Vio escenas que parecían sacadas del Antiguo Testamento. (Christian Jacq recreó el viaje de Champollion a Egipto en su novela El Egiptólogo).

En 1829, poco después de regresar de Egipto, se fundó una cátedra de Egiptología para Champollion en el Collége de France, París. Pero el sabio ejerció poco tiempo. Estaba enfermo, había regresado ya muy débil de Egipto.  Murió en 1832 a causa de una crisis nerviosa. Tanto esfuerzo intelectual le había dejado exhausto. Había consagrado toda su vida a descifrar los jeroglíficos.

En Figeac, la localidad donde nació y murió, hay una enorme reproducción de la Piedra de Rosetta en una pequeña plaza, la Place des Écritures. No está de pie, sino en el suelo; se puede pasear sobre ella. Se trata de un monumento llamado “Exlibris” y fue inaugurada en 1990, para conmemorar el 200 aniversario del nacimiento del hijo más ilustre de la villa. El hombre que hizo hablar a la piedra de Rosetta.

Autor: Josep Torroella Prats para revistadehistoria.es

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GRDP

Bibliografía:

Alain Faure: Champollion, le savant déchiffré. Fayard, 2004.

C.W.Ceram: Dioses, tumbas y sabios. Destino, 2001.

Alain Decaux: Histoires extraordinaries. France Loisirs, París, 1993.