Cayo Sergio Orata y el millonario negocio de las Termas

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Caius Sergius Aurata nació en el año 140 antes de Cristo, en Pozzuoli. Sergio es un nombre romano de origen etrusco y significa protector o guardián.  Las referencias sobre Sergio Orata dicen escuetamente que ”era un ingeniero romano que inventó las termas”. Pero fue mucho más.

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Roma se había alejado  de la sencillez de sus primeros años, sus legiones volvían  a Roma cargadas de oro y esclavos, las naciones se rendían  a su poder y los romanos cambiaron: ahora ansiaban disfrutar de una  riqueza con la que ni podían haber soñado años antes. El estoico Diodoro escribía de aquella sociedad años después:

“ La juventud reposaba de las fatigas de la guerra en la molicie y el libertinaje. Roma cambió la sencillez y la frugalidad por el lujo; renunció a los ejercicios militares para entregarse a la ociosidad.”

No se consideraba  feliz al hombre virtuoso sino al que podía pasar su vida en los más seductores placeres. Todo tipo de lujo se generalizó. En la comida se desdeñaban los vinos que no halagaban más que medianamente el gusto y se bebía vino de Palermo. Se comían los pescados más exquisitos y los platos más rebuscados. El pernicioso goce de la vanidad alcanzó en poco tiempo precios exorbitantes: un ánfora de vino costaba 100 dracmas, un barril de salazón del Ponto 400, un buen cocinero cobraba 400 sueldos. Los bellos efebos costaban mucho más aún y esta vida licenciosa no conocía freno.

Cayo Sergio Orata y el millonario negocio de las Termas

En estos tiempos  felices y despreocupados vivió Sergio Orata  que  decidió sacar provecho de la opulenta sociedad romana y convertirse él mismo en uno de los hombres más ricos de su época. Y lo consiguió.

A la hermosa bahía de Nápoles habían llegado los griegos  y fundado sus colonias, con los años la cultura griega y  la romana se fusionaron y los romanos adoptaron muchas costumbres griegas, entre ellas su afición a los baños y los banquetes. Y ahora que los romanos eran ricos, desarrollaron una tendencia a las comidas exquisitas, sobre todo mariscos y peces.

El lago Lucrino, al que los napolitanos llamaban también “maricello” (marecito) era un pequeño lago salado situado en el golfo de Pozzuoli y separado del mar Tirreno por un terraplén de arena que el tiempo había ido depositando y sobre la  que los romanos  construyeron la Vía Hercúlea. Aquel pequeño lago era ideal para los piscicultores que habían descubierto la riqueza de sus aguas.  Claro que a veces una tormenta hacía que las olas sobrepasaran el terraplén y acabara en pocas horas con el laborioso trabajo de meses.

Sergio Orata  comprobó que las condiciones del lago Lucrino eran ideales para criar ostras, pero para ello debía protegerle debidamente  del embate de las olas. Aprovechó sus conocimientos de ingeniería y sus contactos con Roma para construir un dique de protección de un kilómetro y medio de largo por cinco metros de alto (este dique está actualmente sumergido pero se puede visitar con un equipo de submarinismo.)

Construyó bóvedas elevadas y comenzó el cultivo de las ostras. Él mismo se encargó de la promoción de sus ostras a las que calificó como “las mejores del mundo” y en poco tiempo no había banquete en Roma donde no se sirvieran sus ostras. Sergio Orata se hizo muy rico, pero la constante demanda  de sus ostras le obligó a extender sus criaderos, invadiendo a veces las piscifactorías vecinas, por lo que los piscicultores le denunciaron a menudo, pero Sergio se creía con más derechos sobre las aguas que sus vecinos ya que gracias a él se había construido el dique.

Otra persona se hubiera dedicado a disfrutar la fortuna que había amasado con sus ostras, pero él era una persona inquieta y con un buen olfato para los negocios y lo que hizo fue invertir lo que había ganado en un nuevo negocio: el negocio inmobiliario, algo desconocido hasta entonces.

La idea se la dio un senador que afirmó que quería comprarse una casa junto al lago Lucrino para poder comer las ostras recién cogidas y por lo tanto más frescas que en Roma. ¿ Y por qué no? Pensó Sergio Orata.

La bahía  napolitana se estaba poniendo de moda entre la opulenta sociedad romana,  los campos eran de una gran belleza y tenía un clima mediterráneo.  Lo malo era que en invierno las temperaturas bajaban a 10- 12 grados.

Las casas romanas se calentaban con grandes braseros de cobre que podían llevarse de una habitación a otra, pero despedían humo, manchaban las paredes y eran peligrosos. La combustión  incompleta de la leña o el carbón, generan monóxido de carbono y  como la habitación estaba cerrada para evitar la pérdida de calor, la muerte podía producirse en media hora.

De hecho, en algunos cadáveres bien conservados encontrados en Roma, se han encontrado depósitos de partículas de carbón en sus pulmones, lo que indica lo contaminantes que eran aquellos braseros. Pero él  no usaría braseros sino que haría un nuevo tipo de villa, lujosa  y cálida y los romanos  pagarían por ella  lo que quisiera pedirles.

A pocos kilómetros de Nápoles  están los Campos Flégreos. Son una inmensa caldera volcánica con sulfataras, fumarolas y sobre todo con una  gran cantidad de manantiales termales  a donde todos los napolitanos iban a bañarse. Tenía que pensar  en el modo de añadir a sus nuevas casas una piscina de agua caliente.

Para comenzar compró todas las pequeñas villas que tenían una bonita vista sobre la bahía de Nápoles o el lago Lucrino. Eran edificaciones viejas pero solían tener una gran extensión de terreno alrededor: sus nuevas casas necesitaban amplios jardines.

Luego pensó en la forma de calentarlas de una manera limpia y de dotarlas de agua caliente para sus baños, para ello creó la calefacción por hipocausto (calor por el suelo) que hizo posible el desarrollo de las termas romanas. En realidad Sergio Orata no fue el inventor del hipocausto. En Éfeso y en Olimpia se han encontrado restos de hipocaustos, pero los más antiguos se encontraron en la fría meseta de Anatolia.

Los arqueólogos encontraron  en Hattusa, la capital del reino hitita, los restos de una palacio datado entre los años 1650 a 1200 antes de Cristo. Una sala de este palacio tenia un pequeño sótano bajo su suelo al que se entraba desde otra habitación. En este sótano se encendía un fuego que calentaba el suelo de piedra de la sala, pero aquel  método era caro porque quemaba mucha leña, perdía mucho calor porque necesitaba corrientes de aire que mantuvieran el fuego vivo y sólo calentaba una habitación. La genialidad de nuestro ingeniero fue idear un sistema que fuera simple pero eficaz.

Su idea se basaba en un doble suelo. Sobre el suelo primero se colocaban pilares de ladrillo de unos 40-60 centímetros de altura y sobre estos pilares se apoyaba un nuevo suelo. esto creaba una cámara  por donde el aire circulaba.

El horno donde se quemaba la leña estaba fuera y unas conducciones cerámicas llevaban el aire caliente a la cámara subterránea, al pasar entre los pilares de ladrillo, éstos se calentaban ayudando a aumentar la temperatura del suelo que podía llegar  fácilmente a los 30 grados. Tras atravesar el subsuelo los humos y el calor se liberaban por otros tubos cerámicos adosados a las paredes, lo que también contribuía a subir la temperatura de la habitación. Un gran deposito de hierro colocado sobre el horno proporcionaba el agua caliente necesaria para llenar la piscina interior.

Las mansiones de Sergio Orata  eran por antonomasia la definición del lujo y el placer. Todo aquel que era alguien en la sociedad romana tenía que tener una mansión construida por Sergio Orata, ya nadie podía imaginar una casa sin su “termae” (agua caliente). Sergio Orata había conseguido crear una necesidad a la sociedad y eso le hizo muy rico. Un siglo después del invento de Sergio Orata existían en Roma, según Agripa, cerca de un millar de termas.

Las más lujosas y grandes  eran las Termas Imperiales. Las termas de Caracalla fueron las más espectaculares pero hoy en día solo quedan unos cuantos restos. Las termas de Diocleciano estaban situadas muy cerca de la Estación Termini de Roma. De ellas se conserva sólo el Tepidarium gracias a Miguel Ángel que la convirtió en iglesia. Es la basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires. No os la perdáis si vais por Roma porque os podéis hacer una idea exacta de la magnificencia de las termas romanas.

Autor: Nissim de Alonso para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

  1. DIODORO DE SICILIA. BIBLIOTECA HISTÓRICA.
  2. BLOC TECNOSOS. HISTORIA DE LA CALEFACCIÓN: EL HIPOCAUSTO
  3. LAGO LUCRINO.
  4. ESPIRITU VIAJERO. ASÍ SE VIVÍA EN ÉFESO.
  5. FRANCISCO JAVIER TOSTADO. EL INGENIO DE UN GENIO ROMANO

Parte de Portada: By Carole Raddato from FRANKFURT, Germany – Underfloor heating (hypocaust) from a luxury residence, the floor was supported by pillars of round terracotta blocks, Gallo-Roman Museum of Tongeren, Belgium, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=62010697