Cartas liberales de Marañón a Unamuno

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Las copias de las cartas dirigidas por Marañón a Unamuno, 36 documentos consultados en la entonces “Fundación Gregorio Marañón”, aportan interesante información sobre el liberalismo del doctor y su relación de reconocimiento y afecto hacia el pensador bilbaíno.

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Francisco Pérez Gutiérrez, en “La juventud de Marañón”, titula uno de los epígrafes de la obra “Unamuno, la última figura paterna”, en alusión a la importancia del filósofo en la formación del médico-historiador.

Cartas liberales de Marañón a Unamuno

No se conservan -con una excepción-, las misivas unamunianas que, siguiendo con Francisco Pérez, “fueron, según todos los indicios, cuidadosamente sustraídas en el curso del desvalijamiento del domicilio madrileño del doctor”. Sí, en 1936. La primera carta de Marañón de la que consta el año, aunque no día ni mes, es de 1921, y la última de Año Nuevo de 1936.

Lo primero que sorprende en estas epístolas es el estilo del doctor madrileño, que adquiere en ocasiones un tono desenfadado, distinto al de su obra publicada. Así, en la misiva del 8 de septiembre de 1921, desde París, le comenta:

Uno de los espectáculos de aquí es ver a Don Santiago Alba correr detrás de las putillas, en frenesí francamente morboso”.

El 22 de noviembre de 1923 le habla, con gracia e intención, de las murmuraciones de unos militares contra otros,

sobre todo después de echarse unas copas de jerez al coleto”.

Llama, en carta de 1 de octubre de 1925, “dictadorcete” a Primo de Rivera. Volvemos unos años atrás: Alfonso XIII sale francamente mal parado:

Para mí, después de leer que miles de personas han ido en manifestación a aclamar al Rey en Madrid, nada me parece que pueda sucedernos ya. Es la vileza definitiva”.

Esto, el 8 de septiembre de 1921. El 22 de noviembre de 1923, primeros tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera, le comunica a Unamuno:

Yo tengo una triste impresión de la posibilidad de una continuación de la Monarquía actual”.

Recordemos que en 1922 Marañón había acompañado al rey en su viaje a Las Hurdes. Por ello el doctor continua señalando su agradecimiento por esa y otras empresas, pero concluye que esas amistad y gratitud no le hicieron cambiar un ápice su diagnóstico sobre la psicología del monarca, ni sus ideas acerca de las ventajas e inconvenientes de su actuación. En la misma carta le señala que

tengo fe en el espíritu liberal que ahora anda tan difuso”.

El 4 de junio de 1924 le escribe desde París para decirle que allí está feliz, en un país donde se lee, se escribe y se piensa en libertad. Es decir, lo que no podía hacer en España.

El 16 de junio de 1925 se lamenta, desde Sevilla, de que por esas tierras andaluzas abundan los pueblos con calles dedicadas a Primo; incluso, a veces, a Martínez Anido, y añade que esos nombres en una calle pública deshonran a todo un pueblo. Prosigue diciéndole, ahora en referencia a los estudiantes madrileños, que sin embargo

se está haciendo en ellos una reacción muy liberal, muy buena, muy al estilo del noble liberalismo antiguo, el que descompone a nuestros intelectuales pero el único verdadero”.

Y concluye con un diagnóstico sobre el error del rey al sintonizar con la Dictadura, que después el tiempo confirmaría. De modo que señala que el monarca,

“unido ya por siempre a la suerte del Directorio, nunca ha tenido menos prestigio personal, menos autoridad propia; y sin ella, se vive de prestado”.

Así fue: Alfonso se suicidó con esa sintonía.

En la siguiente carta, 1 de octubre de 1925, acerca de la intención de Primo de Rivera de “transformarse en jefe de un partido normal”, realiza este comentario:

Tanto si el dictadorcete logra el triunfo teatral que espera [..], como si le van mal las cosas, tendrá que dar pronto fin a su ridícula dictadura”.

Le refiere, líneas adelante, nuevamente, su impresión de que el rey ha comprometido su futuro por su aquiescencia con Primo:

Lo que queda en pie es el otro problema, el de la Monarquía o, mejor el del Rey”.

Termina señalando su fe en las posibilidades del país:

Le decía en mi carta anterior, que creía que nunca había tenido tanta fuerza el espíritu liberal, en España. Hoy se lo repito.”

Así que destaca su fe en el pueblo español, la misma que años después se va a evaporar. Queda una carta, distanciada en el tiempo casi una década, pero una década que es un mundo en la Historia de España. Es la que le remite el doctor el 28 de febrero de 1934:

Leo siempre sus artículos. […]. Yo no quiero hablar de política, porque si hablara acaso sería escandaloso lo que dijera, en relación con ese gran saco de piedras que lleva uno a la espalda y que se llama los antecedentes”.

He aquí una novedad con respecto al entusiasmo liberal de anteriores epístolas. Con casi tres años de República, Marañón muestra ya una clara actitud de pesar. Por cierto, que ese “saco de piedras” lo llevará hasta el final de su vida. Y termina con estas patéticas palabras:

Es posible que durante años no nos quede más vida grata que reunirnos unos cuantos a rehacernos unos a otros”.

Y no podía sospechar el doctor madrileño hasta qué punto sería así. Es interesante transcribir la brevísima carta de Año Nuevo de 1936, sin relación con el tema del artículo, pero que, visto lo que luego pasó, resulta conmovedora:

“Mi querido Don Miguel. Le deseo un año 36 muy feliz. ¡Lo será! Todos los chicos le saludan con el mismo cariño de su devoto Gregorio Marañón”.

No fue feliz, ni para Unamuno, ni para Marañón, ni para tantísimos otro españoles.

Autor: Julio Aguilar, Doctor en Geografía e Historia para revistadehistoria.es

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GRDP

Bibliografía:

Las cartas citadas en el artículo fueron tomadas en persona de la Fundación Marañón, hoy FOM (Fundación Ortega-Marañón)