Alfonso I “El Batallador” (Segunda Parte)

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Alfonso I “El Batallador” y la Guerra Civil contra su esposa Urraca y los nobles a su causa, habían distraído a Alfonso de la empresa cruzada tal y como vimos en la Primera Parte de este artículo y en un abandono casi obligado de la campaña de Zaragoza contra los musulmanes. A excepción de acontecimientos aislados como la batalla de Valtierra (1110) contra las tropas de Sulaiman al-Mustain, Alfonso concentró prácticamente todos sus recursos en sofocar las revueltas castellanas.

Alfonso I "El Batallador"
Alfonso I “El Batallador” y Doña Uraca
La intensa religiosidad que desbordaba a Alfonso I “El Batallador” tuvo una función transcendental cuando en el año 1112 el Papa Pascual II desafió a ambos cónyugues con la excomulgación absoluta si continuaban juntos. La amenaza del Papa no pasó desapercibida para Alfonso, y en el Concilio de Palencia celebrado en el año 1114, renegó de Urraca para siempre mediante una separación canónica. De esta manera parecía ponerse fin a las disputas del matrimonio. A grandes rasgos Urraca cedió varios territorios castellanos a Alfonso a cambio de que él renunciase al trono de Castilla. Se conocen pocos datos de Urraca a partir de esas fechas, salvo las disputas militares con los partidarios del Conde de Traba y las relaciones con su nuevo amante: el Conde Pedro González de Lara, así como su muerte acontecida en el año 1126 cuando se puso de parto en el castillo de Saldaña. 

Alfonso I “El Batallador”, la toma de Zaragoza

Tras poner fin a la sofocante rebeldía de los partidarios de Urraca, se dio el empuje definitivo para que Alfonso, ahora únicamente bajo los títulos de rey de Aragón y Pamplona, consolidase todos sus esfuerzos en la reconquista del Valle del Ebro. A partir del Concilio de Toulouse de 1118, en el que el Papá declaró la ciudad ocupada de Zaragoza como un objetivo de las cruzadas cristianas, se favoreció la victoria de Alfonso sobre la ciudad.
Alfonso I "El Batallador"
Alfonso I “El Batallador”
Alfonso I “El Batallador” se valió de la ayuda inestimable de profusos cruzados cristianos y de señores más allá de los Pirineos. Las crónicas nos hablan de la ayuda de un tal Gastón de Bearne, un curtido experto en tácticas militares que había combatido en Jerusalén y que aprendió de máquinas de asedio bizantinas durante su participación en el sitio de Nicea del año 1097 y que sin duda colaboró con gran relevancia para la capitulación de Zaragoza. Con la toma de la ciudad, Gastón de Bearne, obtuvo el señorío de Saraqusta. Además de sus servicios militares, la estrecha relación de amistad entre el cruzado y el monarca favoreció a la adquisición de aquellos poderes.
Alfonso I "El Batallador"
Alfonso I “El Batallador”, Estatua en Zaragoza
Fue de vital importancia la toma de la ciudad, pues era uno de los centros neurálgicos de los musulmanes que campaban en la Península Ibérica. El asedio, que duró casi un año, supuso la casi completa rendición del reino moro de Zaragoza. Algunos historiadores creen que la ciudad cedió por un corte del suministro de agua, recordando al estilo romano en el asedio de algunas grandes ciudades fortificadas que no cedían a los proyectiles de sus maquinarias y sus escalas de asalto. A pesar de la victoria, en las capitulaciones no se doblegó a los musulmanes a ser expulsados, si no que fueron urgidos a ocupar los arrabales a cambio de seguir las leyes cristianas entre las que se encontraba un pago de impuestos. De esta manera Alfonso I “El Batallador” evitaba así el despoblamiento de la ciudad.

Alfonso I “El Batallador”, al sur del Ebro

A partir de entonces, impulsado por el espíritu cruzado y el ansia de la valentía empujada por sus creencias religiosas y las victorias que estaba obteniendo, Alfonso I “El Batallador” puso rumbo hacia otros lugares ocupados por el enemigo declarado de la cristiandad. En 1119 reconquistó Tudela y Tarazona, además de Alfajarín, Castillón, Alagón, Novillas, Ágreda, Épila y muchos lugares más. Repobló los vacíos territorios sorianos e instó a los benedictinos a fundar un monasterio en el Palacio zaragozano de la Aljafería, anterior residencia de los señores hudíes de Zaragoza y que a partir de la toma de la ciudad pasó a ser un enclave de aposentos reales para los Reyes de Aragón. En el año 1120 tomó Calatayud, Daroca, Ariza, Alhama de Aragón y Bubierca.
Alfonso I "El Batallador"
Alfonso I “El Batallador”
En el año 1122, tras la asamblea celebrada junto a representantes eclesiásticos como el abad de la Grasse y los arzobispos de Toledo o Tarragona y de la sede compostelana, además del arzobispo francés Guillermo de Aucho, fundó una orden militar conocida como “Cofradía de Belchite” cuyos objetivos fueron encargarse de las repoblaciones de las nuevas conquistas y mantener los nuevos emplazamientos además de detener el avance musulmán. Todo hombre que se unía a la Cofradía obtenía los privilegios indulgentes de los primeros cruzados como el perdón divino por todos los pecados que hubiesen cometido. Con las mismas bases que la Cofradía de Belchite, en el año 1124 se fundó en Monreal del Campo (Comarca del Jiloca-Aragón), la Orden de Monreal , un cuerpo de guerreros cruzados que tenían por objeto expandir la reconquista por las costas levantinas bajo las órdenes de Alfonso. Fueron las primeras órdenes militares de la Península Ibérica, y que tras su muerte fueron integradas a Orden del Temple por la Concordia de Gerona de 1143.
Alfonso I "El Batallador"
Alfonso I “El Batallador”
Antes de tener lugar la expedición de Al-Ándalus, Alfonso entró en conflicto con Ramón de Berenguer III por Lérida. Tanto el Conde de Barcelona como el Monarca de Aragón y Pamplona se disputaban la potestad sobre la ciudad. Años antes, el Conde de Barcelona había pactado con el gobernador almorávide Abd Allah Ibn Iyad una serie de alianzas para batallar contra los musulmanes afianzados en Tortosa a cambio de detener el avance aragonés.
La insistencia de Ramón Berenguer por no capitular con facilidad, provocó en Alfonso I “El Batallador” la decisión de abandonar su empeño de tomar Lérida. Poco después, en 1124, la ciudad cayó en manos de sus propios aliados almorávides en la llamada batalla de Corbins,  y su fortaleza no fue reconquistada hasta 1147 por Ermengol VI, conde de Urgel que ya había colaborado con Alfonso en la toma de Zaragoza del año 1118.
Los sueños de Alfonso eran los sueños de cualquier señor cruzado de la época. Poniendo rumbo al sur, El Batallador seguía con sus aventuras de reconquista.

Autor: Tito Batán para revistadehistoria.es

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