Alfonso Fonseca, el hombre que propuso dividir Castilla en dos

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Alfonso Fonseca fue el segundo hijo de Juan Alonso de Ulloa y de Beatriz Rodríguez de Fonseca, naciendo en Toro en 1418. Su padre era consejero real de Juan II de Castilla y su madre hija de Pedro Rodríguez de Fonseca, señor portugués de Olivenza. Recibe la carrera eclesiástica desde su infancia con la ayuda de su tío materno, el cardenal de Santángel. Antes de llegar a ocupar el episcopado de Ávila entra en la casa del príncipe de Asturias como capellán mayor por recomendación de su tío el Dr. Pero Yáñez, persona de máxima confianza de Álvaro de Luna.

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En 1445 Lope de Barrientos, el obispo de Ávila, se traslada a Cuenca dejando vacante el obispado abulense por deseo del príncipe Enrique (futuro Enrique IV de Castilla). Juan II propone el obispado de Ávila a Fonseca. Desde entonces, Fonseca siempre quiso estar cerca de los Reyes. Su codicia y su actuación intrigante le servirá para su verdadero interés, el político, muy por encima del religioso, característica reconocida por todos los cronistas de la época.

Alfonso Fonseca, el hombre que propuso dividir Castilla en dos

En 1448 actuó como mediador entre Álvaro de Luna y Juan Pacheco, ambos privados del rey y del príncipe respectivamente, al objeto de reconciliarles ya que el príncipe estaba colaborando con los rebeldes, apoyados por los infantes de Aragón, en contra de Juan II y de su privado Álvaro de Luna. Fonseca pudo jugar su papel de mediador ya que tenía buena relación con el privado del príncipe, Juan Pacheco. En 1451 vuelve a intervenir en otro conflicto: esta vez se tratará de apartar al príncipe de la alianza con el rey de Navarra.

En 1454 Juan II concede a Fonseca, por recomendación del príncipe, el arzobispado de Sevilla en agradecimiento por sus servicios. Al morir Juan II de Castilla en 1454 empieza la gran etapa de Fonseca como protagonista del reinado de Enrique IV. En 1455 casó a Enrique IV con su segunda esposa, Juana de Portugal, en Córdoba, y en el mismo año fue nombrado miembro del Consejo Real junto con el arzobispo de Toledo Alonso Carrillo. Su carrera dentro de la corte de Enrique IV empieza a subir hasta un nivel de gran responsabilidad, colaborando con el privado real, el marqués de Villena, quien necesitaba a Fonseca como el mejor instrumento para conocer las maquinaciones de la nobleza.

En 1457 comienza el gobierno del marqués de Villena, que durará hasta 1463, ya que el rey deja totalmente la gobernación del reino en manos de su privado Juan Pacheco. Fonseca formó parte del gobierno junto con el maestre de Calatrava, hermano de Pacheco, el obispo Barrientos y los condes de Plasencia y de Alba. Fonseca se siente satisfecho y eufórico con la posición alcanzada dentro del gobierno ya que él era una de las pocas personas que decidían en el reinado de Enrique IV. Tal vez debido precisamente a su euforia, decide hacer un intercambio de arzobispados: su sobrino pasará de Santiago a Sevilla y él lo hará de Sevilla a Santiago. Por tratarse de un trueque familiar no hubo problema en realizar dicho intercambio. Pero una vez hecho el cambio tuvo que enfrentarse al rechazo de la gente del arzobispado de Santiago que le hacía la vida imposible, por lo que pidió a su sobrino que le devolviera el de Sevilla. Sin embargo, el sobrino no quiso obedecer a su tío y trasladarse de nuevo a Santiago, lo que motivó que Alonso de Fonseca pidiera la intervención del rey para relevar a su sobrino de Sevilla y mandarle a Santiago. Esta actuación de Alonso fue un fracaso total, demostrando su falta de rigor y quedando en evidencia la torpeza de su comportamiento.

En 1465 Alonso de Fonseca participa junto con Pacheco y otros nobles en la farsa de Ávila apoyando al infante Alfonso y reconociéndolo como el nuevo rey de Castilla, distanciándose de Enrique IV. Los protagonistas de la farsa fueron Pacheco y Carrillo. Aunque Fonseca estaba con ellos, él intentaba jugar con ambos reyes sin enfrentarse directamente con Enrique IV. Se adoptó en su castillo de Coca un plan ideado por Fonseca de repartir Castilla en dos zonas, sin que el proyecto saliera adelante. También allí se acordó el matrimonio de la princesa Isabel con Pedro Girón, hermano de Pacheco. El rey da el visto bueno al enlace después de que Fonseca y Pacheco le convencieran de que así los nobles rebeldes como Pedro Girón volverían a la obediencia del monarca. Tras la muerte del infante Alfonso en 1468 y de la segunda batalla de Olmedo en 1467, Fonseca se acerca a Enrique IV y vuelve a ganar su confianza. El rey encarga la custodia de la reina Juana de Portugal a Fonseca. Dicha custodia se llevará a cabo en primer lugar en su castillo de Coca.

Después traslada a la reina a otra fortaleza de su propiedad: el castillo de Alaejos, donde Juana de Portugal quedará embarazada de nuevo, con el consiguiente gran escándalo que dañará aún más la imagen real. Se pensó al principio que Fonseca era la persona que mantenía relaciones íntimas con la reina, pero al final se descubrió que se trataba de su sobrino Pedro de Castilla, que residía en el castillo y que se había convertido en el amante de la reina. Los dos amantes huyeron de Alaejos para refugiarse en la fortaleza de Buitrago, donde el conde de Tendilla custodiaba a Juana la Beltraneja, hija de la reina, ya que la familia de Mendoza aún seguía apoyando a los partidarios de Juana. Por este escándalo la reputación de Fonseca cae por los suelos, pasando por una situación similar a la vergüenza por el trueque de arzobispados con su otro sobrino, pero el rey le mantiene a su lado y la vida de Fonseca sigue sin modificarse hasta su muerte en 1473.

Después de lo ocurrido en Alaejos y en vista de que la reina seguía viviendo con Pedro de Castilla y que nacieron más hijos de ambos allí, Enrique IV decide separarse de la reina Juana y expulsarla de Castilla y toma la decisión de declarar a su hermanastra Isabel heredera del reino, desplazando a Juana la Beltraneja. Fonseca, junto con otros nobles, acompaña al monarca a Guisando para firmar el famoso pacto (Tratado de los Toros de Guisando), al que asiste la princesa Isabel con sus partidarios. Las impresiones de los cronistas, tales como Enrique de Castillo, Diego de Valera y Alonso de Palencia, son negativas.

Todos coinciden en que Alonso de Fonseca era un hombre culto, pero que carecía de la debida gravedad y de la necesaria discreción de un prelado. Aunque ambicionó el poder y la riqueza, la dimensión de su ambición fue mucho menor que la de los privados Álvaro de Luna y Juan Pacheco.

Autor: Yutaka Suzuki para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Yutaka Suzuki  Personajes del siglo XV, Orígenes del Imperio español. ISBN: 9788460690399