Alejandro Magno y los Pactos de Babilonia
El sol implacable de Babilonia castigaba la milenaria ciudad como cada canícula, y ni tan siquiera los exuberantes jardines cercanos al palacio real mitigaban el creciente bochorno. Pero aquel verano no pasaría a la historia por su angustioso calor, sino por la muerte de uno de los personajes más recodados de la historia. Alejandro III de Macedonia, Alejandro Magno fallecía en Babilonia a mediados de junio del año 323 aC. dejando un imperio sin heredero. Se trataba de la peor situación imaginable para los vastos territorios del joven e inestable imperio macedonio. Si cuando nació el caudillo macedonio ardió el templo de Artemisa en Éfeso, tras su muerte sería el propio mundo conocido el que ardería.
Pero, ¿quién o quienes debían entonces regir el nuevo y fabuloso imperio? Esta es una pregunta que ha originado innumerables escritos así como auténticos enfrentamientos de posturas ya desde la propia Antigüedad. Cómo hemos comentado, Alejandro no tenía un heredero de su sangre al que legar las conquistas que le habían dado fama mundial. Si repasamos la exigua familia real argéada, encontramos que su esposa, Roxana, estaba embarazada, sólo el tiempo diría si de un varón o de una fémina, y por otro lado estaba Arrideo, hermanastro de Alejandro (Filipo tuvo este hijo ilegitimo con Filina, una bailarina de Tesalia) pero que a pesar de ser mayor que éste, nunca optó a reinar por evidentes discapacidades psíquicas. Y eso es todo, la fabulosa herencia real quedaba abierta a tan sólo dos personas, un niño no nacido, y un disminuido. Teniendo en cuenta los “condicionantes” que como acabamos de ver disponían los dos posible herederos, es fácil imaginar la cantidad de problemas que podían surgir. Y surgieron.
Alejandro Magno y los Pactos de Babilonia
Todos estos hombres que rodeaban a Alejandro se encontraban atados a él mediante juramentos, pero también debido al peso de la tradición. Podemos distinguir dos grupos, los veteranos que habían combatido junto a Filipo (Antípatro, Antígono o Poliperconte) y los más jóvenes, que habían ascendido junto a Alejandro (Pérdicas, Crátero, Ptolomeo, Eumenes, Leonato, Seleuco,…). Ellos debían ser los encargados de legar el imperio a un argéada, dejando de lado sus aspiraciones personales, pero, ¿cómo no tenerlas frente a un no nacido y un disminuido?
Un día duró el duelo de los macedonios, que se unieron al llanto de los persas sólo ese día, pues al siguiente, mientras los embalsamadores realizaban su trabajo con el cuerpo del conquistador, estalló la disputa. Al parecer la mayoría de generales y compañeros se decantaron por el hijo de Alejandro como heredero, pues la opción de Arriano fue descartada pronto. Para ello eligieron ¡cuatro! regentes que mantendría el statu quo, Antípatro y Crátero conservando la situación en Europa (ambos poseían tropas a su mando en aquellos momentos, y ninguno de los presentes en Babilonia olvidó esa cuestión, por lo que se contó con ellos desde el principio) y Leonato y Pérdicas en Asia. Al parecer el acuerdo se realizó ante el cadáver de Alejandro, según Justino, para que pudiera ejercer de testigo.De entre todos los allí presentes, de los cuales muchos llegarán a ser reyes en el futuro, destaca en esos momentos Pérdicas. Hay mucha confusión en las fuentes en cuanto al cargo que éste ocupaba, pero parece que tras la muerte de Hefestión, recibió el mando de la caballería, uno de los puestos más distinguidos en el ejército macedonio, y que tras la expiración de Alejandro, obtuvo el sello real (Curcio 10.5.4), es decir, el puesto de quiliarco. Las fuentes que optan por un mayor dramatismo dicen que recibió el sello de parte de un Alejandro ya moribundo que sólo pudo decir que daba el imperio “al más fuerte” (tôi kratístoi). Probablemente esta sería la opción que el propio Pérdicas haría correr entre los macedonios en un intento de ganar legitimidad, porque sus opositores defenderían que el caudillo macedonio dijo en realidad “a Crátero” (tôi Krateroi)… Ahora “sólo” faltaba el beneplácito del ejército.
Tras ponerse de acuerdo entre ellos, los generales del conquistador macedonio necesitaban que la elección del futuro rey fuera refrendada por la asamblea de los macedonios, es decir, el ejército. Los grecomacedonios no poseían ese concepto tan nuestro de la parte por el todo, es decir, nosotros hablamos en muchas ocasiones con términos como España, Francia y demás entes políticos como una mezcla de frontera y habitantes. Por el contrario, los grecomacedonios siempre hablaban de atenienses, espartanos o macedonios (de hecho los reyes de Macedonia firmaban como reyes de los macedonios), así que para ellos la entidad cívica estaba allí donde se encontraran, por lo que los ciudadanos macedonios del ejército eran lo que para nosotros sería “Macedonia en movimiento”. La caballería, aristocrática por definición y cuyo líder era Pérdicas, aceptó de inmediato, pero la infantería, compuesta de pequeños agricultores fieles por encima de todo a la dinastía argéada, puso problemas.
La falange proclamó como rey a Arrideo alegando que el niño que naciera de Roxana sería medio persa, pues Roxana no era macedonia. Una razón racial proclamaba rey a Arrideo (para ellos un argéada de pura cepa), una cuestión que a pesar de los esfuerzos por parte de Alejandro, seguía siendo clave, pues los macedonios querían ostentar una posición de fuerza como conquistadores, no integrándose con unos bárbaros a los que habían derrotado. Meleagro, uno de los jefes de la falange, destaca como instigador de esta postura. En frente tendrá al ya mencionado Pérdicas.La decisión tomada en un palacio, entre unos pocos hombres, era puesta en entre dicho por unos 15.000 macedonios que vivían en un carromato con sus pocos enseres o bien en una pequeña casa hecha de adobe en la propia Babilonia. Era la primera vez que el ejército, o los macedonios en armas, no se limitaban a refrendar unas decisiones tomadas por sus aristócratas compatriotas, sino que directamente nombraban a un rey. El mundo había cambiado, las conquistas de Alejandro lo habían hecho cambiar, y desde entonces un rey debería contar con la plena y absoluta confianza de su ejército. Sería una lección que ninguno de los sucesores (diadochoi) de Alejandro olvidaría nunca.
El conflicto entre los dos bandos parecía inevitable. Con un ambiente muy tenso, el primero en abandonar Babilonia fue Leonato, pero pronto le siguió Pérdicas, el cual creyó más seguro el campamento provisional de su compañero, donde también estaba la caballería. Ante un inminente conflicto entre los macedonios, fue un griego, Eumenes de Cardia, el secretario del difunto Alejandro y amigo íntimo del mismo, quien pudo parar el inminente enfrentamiento.
Eumenes propuso una solución intermedia, que reinaran de manera conjunta Arrideo y el futuro niño de Roxana, si esta paría un varón; que Pérdicas siguiese siendo el regente (quiliarco) pero con Meleagro como su número dos; que Antípatro siguiese siendo regente en Europa; y finalmente, que Crátero (amigo de Meleagro y que gozaba de gran prestigio entre la infantería) fuese el prostates de ambos reyes, un cargo que era una especie de protector del reino. Ante la situación sin salida a la que se había llegado, todos aceptaron esta salida intermedia.
Sin embargo Pérdicas se movió rápido, y en pocos días realizó una purga dentro del ejército macedonio que eliminó a los cabecillas de la oposición, incluido al propio Meleagro. Tras esto colocó a los suyos en los puestos relevantes, entre los que destaca Seleuco, figura clave en el futuro, y que es nombrado jefe de la caballería. Quedaban así al frente del imperio macedonio una especie de triunvirato desigual, pues no existía ningún tipo de equilibrio de poder entre ellos, formado por Antípatro (en Macedonia), Crátero (en Cilicia, acampado a medio camino entre Babilonia y Macedonia) y Pérdicas (en babilonia).
Pero esta apariencia de unidad, que como vemos era muy inestable y que se encontraba al capricho de alguno de estos tres hombres, hay que sumarle el reparto de las satrapías. Las fuentes han prestado especial atención a este primer reparto de las “provincias” del imperio alejandrino, pues en algunos casos se estaba poniendo los gérmenes de los futuros reinos helenísticos. De esta manera podemos ver como Ptolomeo recibe Egipto, Leonato Frigia Helespóntica, Lisímaco Tracia, Antígono Gran Frigia, Licia y Panfilia y Eumenes Capadocia y Paflagonia. Éste última tenía que conquistar estas regiones, cuestión no menor, pues los macedonios veían así una oportunidad de eliminar de la escena política al griego Eumenes. Parece ser que el reparto fue alentado por Ptolomeo. Algunos historiadores han visto en esta cuestión un motivo para aducir que Ptolomeo ya vislumbraba un futuro donde la unidad del imperio no sería posible, y que tan sólo asegurándose una “porción” del mismo, podría asentar su poder… La verdad es que la dinastía fundada por este compañero de Alejandro duró casi 300 años, hasta la conocida CleopatraVII, la mujer que embaucó a los romanos César y Marco Antonio.
Al poco de estos acuerdos de Babilonia (agosto-septiembre del 323 aC.), Rosana daba luz a un niño, Alejandro IV de Macedonia (noticia que, suponemos, sería recibida de una manera más que contraria por muchos de los nombrados con anterioridad). La viuda del Magno no se quedó quieta, sino que mató a las otras esposas de Alejandro, eliminando así otros posibles candidatos, pues al parecer al menos una de las mujeres estaba en cinta.
El tablero estaba preparado, la guerra que asolaría el mundo conocido entre “los sucesores” (diadochoi) por alrededor de 40 años casi ininterrumpidos, sólo esperaba al movimiento de una ficha.
Autor: Rafael Velis Ferré para revistadehistoria.es
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