Salmerón y Castelar

¡Valora este artículo!
[Total: 10 Media: 4]

Salmerón y Castelar fueron los tercer y cuarto presidentes de la I República Española, Salmerón del 19 de julio al 7 de septiembre de 1873 y Castelar del 8 de septiembre de 1873 al 2 de enero de 1874.

Nicolás Salmerón

Nicolás Salmerón Alonso (1838-1908) era de Almería. Catedrático de Historia en la Universidad de Oviedo y de Metafísica en la Central de Madrid. Siempre se quejó de su infancia, falto del cariño materno, pues su madre murió muy joven y su crianza pasó a mano de sus rígidas hermanas. Débil de carácter.

La situación a la que se enfrentaba era especialmente crítica, lo que le llevó a rescatar de la reserva a diversos militares, como los Generales Arsenio Martínez-Campos (reconocido monárquico) y Manuel Pavía (de tendencia radical).

Si quieres leer el artículo mas tarde, descárgatelo en PDF y léelo cuando te plazcaDescárgalo Aquí

Durante su presidencia se declararon cantones áreas muy tradicionales como Castilla la Nueva y Castilla la Vieja. El General Pavía venció a Pierrad[1] en los cantones de Sevilla y Cádiz. Valencia cayó en manos del General Martínez-Campos y, aunque las tropas cantonalistas de Cartagena, dirigidas por Roque Barcia[2], patriarca del cantonalismo, se hicieron con un triunfo al tomar Orihuela, pronto fueron vencidos en Chinchilla y replegaron su avance. La indisciplina del Ejército de la República había llegado hasta los últimos extremos. El cantón de Cartagena, aguantó, mientras dictaminaba sobre el divorcio e intentando convertir en diplomático a su cuerpo consular.

El 7 de septiembre de ese mismo año, Salmerón presentaba la dimisión alegando su negativa a firmar las condenas a muerte de unos soldados desertores que habían sido juzgados por colaborar con los cantonalistas y con los carlistas. Fueron detenidos, juzgados y condenados a muerte, pero Salmerón se negó a firmar las ejecuciones y presentó su dimisión. Salmerón reconoció que si la República Española debía ocupar un puesto entre las naciones civilizadas tendría que demostrar que no es inherente a la organización republicana el virus de la demagogia. Esta garantía no era posible con el Gobierno izquierdista de las Cortes Constituyentes. Tales palabras abrieron las puertas del poder a Castelar, que, cada vez más escéptico sobre las posibilidades de gobernar con una libertad sin freno, se situó a la derecha de la Cámara en la que estaban ausentes carlistas, alfonsinos y constituyentes.

Algunos historiadores especulan con que su dimisión se debió a un conflicto interno en el seno de su partido, pues uno de sus miembros, Eduardo Palanca Asensi, ministro de Ultramar, se oponía por motivos personales a que el Ejército tomara por asalto el cantón de Málaga, un asalto que el General Pavía no quería posponer más, bajo amenaza de dimitir. Ante la disyuntiva de enfrentarse a Palanca o a Pavía, el Presidente optó por dimitir.

Dos días después de abandonar su puesto fue elegido Presidente del Congreso de los Diputados. Los enfrentamientos con su sucesor, Emilio Castellar, contribuyeron involuntariamente al golpe de estado de Pavía que, con el de Martínez-Campos, el 29 de diciembre de 1874, daría lugar al fin de la primera experiencia republicana. Su presidencia duró 48 días; desde el 19 de julio de 1873 al 7 de septiembre de ese año

Emilio Castelar

El republicano Emilio Castelar y Ripoll (1832-1899), nació en Cádiz. Catedrático de Historia filosófica y Crítica de España, por la Universidad Central de Madrid. Se planteó como objetivo el defender la unidad de España. Excelente prototipo de orador parlamentario. Su discurso “Grande es Dios en el Sinaí” se lo aprendieron de memoria los españoles, tratando de combinar, desde la Presidencia del Poder Ejecutivo (nombre oficial de la primera magistratura) la energía, con la retórica. Frases suyas son:

La política no es nada o es la transacción entre el ideal y la realidad, lo que necesitamos es orden, autoridad y Gobierno y La demagogia es la perdición de la democracia.

El 13 de septiembre solicitó plenos poderes para poner orden planteando su dimisión como alternativa. Le concedieron suspender las sesiones de las Cortes y ejecutó las penas de muerte pendientes. Restableció las ordenanzas militares y el Arma de Artillería. Llamó a filas a 80.000 a quintas.

El Gobierno cantonal de Cartagena había hecho de aquél puerto un nido de piratas. Reprimió con fuerza el reto de Cartagena cuando la escuadra del cantón bombardeó el 27 de septiembre la ciudad de Alicante, con la Numancia y la Méndez Núñez, convertidas en el terror de los puertos levantinos. Más adelante la escuadra cartagenera compuesta de los navíos Méndez Núñez, Numancia, Tetuán y Fernando el Católico, saqueó el puerto de Valencia del que obtuvieron un cuantioso botín, volviendo triunfantes y gloriosos al puerto de Cartagena. Logró la rendición de la plaza el 12 de enero de 1874, cuando ya había salido del poder; los jefes insurrectos huyeron a Orán, Argelia, a bordo de la fatídica Numancia.

El 21 de septiembre suspendió las garantías constitucionales establecidas en 1869 y decretó la censura en la prensa. En Cuba intentó ampliar a la Isla el sistema de Gobierno de la península, eliminando el poder absoluto del Capitán General y racionalizando el sistema de justicia, homologándolo al de la metrópoli. Sin embargo, la presión de la Liga Nacional de hacendados y propietarios esclavistas presionó para que las reformas se aplazasen. La influencia de estas oligarquías, tanto en España como en Cuba, era grande incluso dentro del Ejército y la debilidad del Gobierno impedía tomar medidas más contundentes. Aprovechando esta debilidad, los rebeldes cubanos intensificaron el contrabando de armas desde Estados Unidos a la Isla, con el fin de abastecer la rebelión. Uno de esos buques de bandera norteamericana, el Virginius, fue interceptado por la Armada española el 31 de octubre. La reacción de la autoridad española fue tajante, fusilando a sus 36 tripulantes y a 16 de los pasajeros. El Gobierno de Ulysses S. Grant protestó y exigió a España la devolución del navío a sus dueños y la indemnización a las familias de los fusilados, a lo que Castelar accedió con el fin de evitar una guerra con el país norteamericano. El problema sobre el estatus de Cuba continuó y el poder de los hacendados esclavistas no solo no se redujo sino que se hacía evidente que la conexión entre España y su colonia dependía exactamente de ellos. Como en el continente, en las primeras décadas del siglo, la masonería daba al movimiento secesionista cubano la eficacia y unidad.

Por otro lado, continuaba recrudeciéndose la guerra civil en el norte, donde el General Ramón Nouvilas y Rafols, General isabelino, no consiguió impedir la toma de Estella y el dominio rebelde en toda Guipúzcoa, sospechando de la posible conexión financiera entre estos y los esclavistas cubanos. En Cataluña, el Maestrazgo e incluso en los montes de Toledo también se desarrollaron actividades de partidas carlistas menores. Castelar no pudo unificar políticamente a los republicanos, mientras que los conservadores alfonsinos dirigidos por Cánovas amenazaban con sublevarse si se abolía la esclavitud en Cuba o se ampliaban las reformas democráticas y sociales. Castelar aplazó dichas reformas con el objetivo de aplastar al Ejército carlista, pero ello lo enemistó con gran parte de sus correligionarios. El hecho de que Castelar se apoyara en militares claramente monárquicos para aplastar a los cantonalistas, carlistas, e independistas cubanos, lo enfrentó a antiguos compañeros como Salmerón, que pasó a liderar la oposición a Castelar como Presidente del Congreso.

Salmerón le criticó:

“la represión es arbitrariedad, la pena de muerte un crimen, la censura de prensa un acto de despotismo, el recurso al Ejército una política militarista, y las negociaciones con el Vaticano, simple clericalismo”.

Castelar cansado de todo, replicó:

Ya que soy un dictador estéril, yo os pido, ya que tratáis de sustituirme, que lo hagáis pronto, porque si algo me apena es el poder, y si algo me halaga es el retiro. Mi política es la natural, y podréis maldecirla, pero no podréis sustituirla.

Emilio Castelar había quedado hondamente impresionado por el desorden causado por la rebelión cantonal, que cuando él asumió la Presidencia del Poder Ejecutivo estaba prácticamente acabada, con la excepción del último reducto del cantón de Cartagena. Así valoró mucho más tarde lo que había supuesto para el país, según él, la rebelión cantonal:

Hubo días de aquel verano en que creíamos completamente disuelta nuestra España. La idea de la legalidad se había perdido en tales términos que un empleado cualquiera de guerra asumía todos los poderes y lo notificaba a las Cortes; y los encargados de dar y cumplir las leyes desacatábanlas, sublevándose o tañendo a rebato contra la legalidad. No se trataba allí, como en otras ocasiones, de sustituir un ministerio al ministerio existente, ni una forma de Gobierno a la forma admitida; tratábase de dividir en mil porciones nuestra Patria, semejantes a las que siguieron a la caída del califato de Córdoba. De provincias llegaban las ideas más extrañas y los principios más descabellados. Unos decían que iban a resucitar la antigua Coronilla de Aragón, como si las fórmulas del derecho moderno fueran conjuros de la Edad Media. Otros decían que iban a constituir una Galicia independiente bajo el protectorado de Inglaterra. Jaén se apercibía a una guerra con Granada. Salamanca temblaba por la clausura de su gloriosa Universidad y el eclipse de su predominio científico. La sublevación vino contra el más federal de todos los ministerios posibles, y en el momento mismo en que la Asamblea trazaba de prisa un proyecto de Constitución, cuyos mayores defectos provenían de la falta de tiempo en la comisión y de la sobra de impaciencia en el gobierno.

El inicio de las sesiones parlamentarias el 2 de enero hizo prever que la mayoría federal sería hostil a Castelar. Este solicitó a la cámara una ampliación de los poderes concedidos y presentó una moción de confianza que se votó la madrugada entre el 2 y el 3 de enero. Castelar perdió la votación 120 contra 100 y se comenzó a negociar el nombramiento del federal moderado antiesclavista, Eduardo Palanca Asensi. 

Sin embargo, durante la votación parlamentaria el Capitán General de Madrid, Manuel Pavía, ocupó las calles de la capital con sus tropas y se dirigió al palacio de las Cortes. Castelar, aún presidente, destituyó a Pavía, pero este hizo entrar a los soldados al salón de plenos entre disparos disolviendo la sesión por la fuerza. Es incierto lo que se dice que Pavía entró a caballo. El General ofreció a Castelar un Gobierno de alianza con el conservador Cánovas y el radical Cristino Martos[3], opción que este rechazó. Finalmente, los republicanos unitarios, los conservadores y los radicales se unieron en un gabinete presidido por el General Serrano. Presidió el gobierno desde el 7 de septiembre de 1873 al 3 de enero de 1874. Duró 113 días.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

¿Eres Historiador y quieres colaborar con revistadehistoria.es? Haz Click Aquí

Si quieres leer el artículo mas tarde, descárgatelo en PDF y léelo cuando te plazcaDescárgalo Aquí

Mecenas

Agradecemos la donación de nuestro lector Rafael Pérez Otaño su mecenazgo desinteresado ha contribuido a que un Historiador vea publicado éste Artículo Histórico.

Bibliografía:

DE LA CIERVA, RICARDO. Historia total de España.

PÉREZ GALDOS, BENITO. La Primera República.

LOZOYA, MARQUES DE. Historia de España.

[1] Blas Pierrard Alcedar (1812-1872) fue un General y político.  Apoyó la “Vicalvarada”. En 1866 apoyó los intentos golpistas del General Prim y participó activamente en la sublevación del Cuartel de San Gil y en la revuelta de los Pirineos de 1867, razón por la que tuvo que exiliarse. Entonces se incorporó al Partido Republicano Democrático Federal y fue elegido diputado por Ronda en las elecciones generales de 1869.

[2] Roque Barcia Martí (1823-1885) fue un filósofo, lexicógrafo y político republicano perteneciente al Partido Demócrata y luego, durante el Sexenio Democrático (1868-1874), al Partido Republicano Federal.

[3] Cristino Martos y Balbi (1830-1893) fue un abogado y político que fue Ministro de Estado en distintos periodos del Sexenio Democrático, además de Presidente del Congreso de los Diputados y Ministro de Gracia y Justicia. Perteneció al grupo de los “cimbrios”.

¿Nos invitas a un café?

Si quieres donar el importe de un café y “Adoptar un Historiador”, incluiremos tu nombre como agradecimiento en calidad de mecenas en un Artículo Histórico, puedes hacerlo Aquí:




También puedes apoyarnos compartiendo este artículo en las redes sociales o dándote de alta en nuestro selecto boletín gratuito:

Déjanos tu Email y te avisaremos cuando haya un nuevo Artículo Histórico

Comentarios