Los metedores, contrabandistas en la Monarquía Hispánica

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En tiempos de Felipe III, los buques ingleses transportaban la plata española al Ejército de Flandes, y también la llevaban hasta Londres, donde sus banqueros proporcionaban letras de cambio con las que adquirir productos de Holanda, el Báltico y Francia, que después se revendían en Sevilla.

Las telas, eran enviadas a América, con frecuencia sin registrarlas como era debido y sin pagar aranceles. Lo esencial era que se concedían a los extranjeros el derecho a establecerse como naciones en territorio español, con cónsules y tribunales propios, para resolver sus disputas internas. El resultado fue un sistema que proporcionaba a las colonias españolas productos necesarios y, a Europa occidental un caudal de plata que ya no se canalizaba a través del régimen militar de la Monarquía Hispánica. El centro de este sistema fue Sevilla y posteriormente Cádiz. Se permitía a los extranjeros actuar como corredores y tenían legalmente el derecho a exportar sus beneficios en plata a sus países de origen. Como las autoridades españolas solían dejar pasar tres o cuatro días entre la llegada del cargamento y su inscripción oficial, y como los tratados les prohibían registrar las instalaciones de un mercader extranjero, era fácil evadir impuestos.

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Los Metedores de Cádiz.

De noche, los metedores o sea estafadores, dirigidos por jóvenes de buenas familias y por tanto susceptibles de ser denunciados, trasladaban sin más los productos y la plata a otros navíos anclados en el puerto, en la bahía de Cádiz. Los jueces y oficiales de aduanas, normalmente sobornados, eran propuestos por las propias naciones que hacían contrabando con la plata española. Los metedores percibían honorarios considerables, los guardas de aduanas eran sobornados y el llamado Juez Conservador, que supervisaba el funcionamiento de todo el sistema, recibía cuantiosos “donativos” procedentes de las transacciones comerciales. Estos hombres, que solían ocupar altos cargos en la Administración eran propuestos por las propias naciones extranjeras a las que regulaban. La Corona conocía estas prácticas y periódicamente imponía los llamados “indultos”, impuestos especiales que, aplicados al conjunto de la comunidad comercial, que generaban cientos de miles de pesos. Se “indultaba”, a veces, a los propios barcos que llevaban el contrabando.

Los metedores eran contrabandistas profesionales de Cádiz y Sanlúcar que transportaban mercancías por las flotas sin registrar y evadidas, con el pretexto de arribadas forzosas o maliciosas. Este era el contrabando interior; el exterior era despachar a la Indias mercancías extranjeras desde su país de origen y venderlas directamente en puertos indianos del Caribe, usando barcos y agentes comerciales extranjeros.

Había diversas formas de defraudar los caudales: no registrándolos en los puertos indianos, destruyendo el registro o descargándolos en playas españolas o portuguesas con motivo de arribadas maliciosas, o sea, simulando una tormenta, una avería, o sobornando a los funcionarios de la aduana, usando los metedores a cambio de un porcentaje o trasladando la mercancía defraudada a barcos extranjeros apostados en las inmediaciones de la bahía de Cádiz.

Aparte del Consulado de Sevilla, existía otro en México capital (1592) y en Lima (1613). Esto supuso un monopolio bilateral en el que el abastecimiento de América lo realizaba el Consulado de Sevilla y quienes los absorbían eran los consulados de México y de Lima por lo que las ferias se celebraban a la llegada de las flotas; Veracruz en México, aunque en realidad se realizaba en la capital de la Nueva España y posteriormente en Jalapa, a medio camino entre Veracruz y México capital y, Nombre de Dios, trasladándose posteriormente a Portobello, los dos en Panamá, en el que las mercancías eran intercambiadas por productos americanos, especialmente plata.

En agosto de 1801, se creó un curioso y peculiar impuesto; el Rey Carlos IV creó La Cédula de Gracias al Sacar. Este impuesto iba destinado particularmente a los españoles que vivían en los distintos Virreinatos de América, incluidos los que habitaban en las Islas Filipinas. La citada Cédula, permitía que un “pardo” (descendiente de esclavo africano mezclado con europeo o amerindia o al revés) o un “quinterón” (descendiente de blanco mezclado con descendiente de mulata o al revés) y en posesión de determinados documentos, fuera en realidad blanco, olvidándose para siempre su anterior casta. 

Era ésta una dispensa que se podía comprar a cambio de una suma considerable y que permitió a algunas personas adineradas de origen africano o mixto acceder a cargos públicos, entrar en colegios profesionales, en la universidad, incluso adquirir títulos nobiliarios. La citada Cédula permitía a “pardos” y “quinterones” ser admitidos en una sociedad rigurosamente jerarquizada en el orden político y social debido al concepto de “limpieza de sangre” que imperaba en aquella época.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

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Bibliografía

CHAMORRO, Eduardo. La vida y la época de Felipe IV.

LOZÓN URUEÑA, Ignacio. Usos, costumbres y mentalidades en el siglo XVII.

S. MALTBY, William. Auge y caída del imperio español.

LEÓN PORTILLA, Miguel. W. HELMS, Mary. MURRA, John.

HIDALGO, Jorge. H. ELLIOT, John. WATCHEL, Nathan, MACLEOD, Murdo J. BRADING, D. A.

KAMEN, Henry. Brevísima historia de España.

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