La muerte del Rey y las celebraciones en la América española

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El Absolutismo necesitaba la continuidad de la Monarquía tras la muerte del Rey. Había un orden para las celebraciones. La Real Cédula las iniciaba con el motivo de que el Rey fuera visto en la gloria. En la época de los Habsburgo, esos gobernantes eran mostrados como sagrados. La línea de descendencia los presentaba como una figura perpetua.

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La muerte del Rey y las celebraciones en la América española

Las exequias de Carlos II mostraron el dolor de los súbditos con dibujos de su triunfo sobre la muerte y la lealtad de los Reinos. El Rey era una pieza más en una estructura que continuaba, mediante la “transmigración” en la sucesión, que aseguraba la continuidad. Cada nuevo Soberano heredaba la Corona y era investido de todas las atribuciones. El problema que la muerte de Carlos II generó fue resuelto por una guerra que legitimó al heredero; pero las exequias y las aclamaciones tuvieron que ser utilizadas para mantener y reforzar la legitimidad conseguida por las armas.

Primero se tocarían las campanas, luego romperían bando para informar al pueblo, días después se daba la vigilia, seguida de la misa y el sermón. Se suspendieron las fiestas en honor al patrono de la ciudad, debido al duelo, y se resolvió sacar el Real Estandarte. En el marco de los lutos, los alcaldes prohibieron andar a caballo, y que el acompañamiento del objeto en honor a San Jerónimo debía hacerse caminando, siendo suspendidas las demás fiestas.

Las celebraciones dependían de los deseos del Rey, el rango de la ciudad y las costumbres. Entre el fallecimiento y las Ordenanzas pasaban meses, pero no se empezaba antes de que fueran leídas. Luego los pregoneros anunciaban la muerte del Señor a todos en la comarca. En el Río de la Plata, el Concejo se ocupaba de organizar y dar lo necesario: el arte efímero, los animales y las armas utilizadas.

Nombraba delegados para supervisar los ritos. Con las exequias se suspendían las actividades políticas y comerciales, y se nombraba una ‘‘Junta de Exequias’’ integrada por vecinos beneméritos y funcionarios. Esta fijaba fecha y lugar, aprobaba las elecciones y decidía cuánto dinero usar. En 1701, el Ayuntamiento santafesino se encargó de todos los gastos de los lutos correspondientes por Carlos II. Con la misma energía encaró el Cabildo porteño las fiestas por la muerte de Felipe V y el recibimiento del sucesor: se habló sobre la obligación de ejecutar la demostración, y asimismo realizarse la elevación al trono.  Al no haber un cuerpo, las colonias se organizaban con desfiles de regimientos profesionales y milicias que portaban banderas de su compañía, la villa y la Monarquía. El Estandarte era el simulacro del cuerpo que transitaba hasta el lugar del “entierro”, donde se realizaba la misa y se finalizaba. El papel de cada individuo dentro de esa procesión y los aportes materiales hechos marcaban la importancia social. En Buenos Aires y Santa Fe, la representación aparecía reflejada fundamentalmente en dicho objeto, entregado al alférez real cada vez que era renovado el cargo. Por ejemplo, durante las aclamaciones a Felipe V en Buenos Aires, marcharon Manuel de Prado Maldonado (24 perpetuo de Sevilla y Gobernador), los oficiales de la Real Hacienda, el contador y el, todos mentados a caballo, de gala y con toda la ostentación. Iban hacia la casa del alférez real, don Joseph de Arregui, donde se encontraba el objeto sagrado, ubicado sobre un trono, y debajo del mismo un dosel dedicado a la situación.  El mismo fue entregado al alcalde primero y al alguacil mayor, quienes lo tomaron tras hacer reverencias, donde se había formado un enorme túmulo vestido con ricas alfombras y colgaduras.

La muerte del Rey

La muerte del Rey. Dibujo que representa la procesión del Real Estandarte.

Las aclamaciones se hacían reiteradas veces, mientras el pueblo gritaba ‘‘viva el Rey’’ y se congregaba en la plaza. Todo esto acompañado de la exposición de armas por parte de las compañías, sonando a la vez las campanas eclesiásticas.

Siendo el caso de los Reyes un duelo nacional, se daba un juego de contradicciones entre la repulsión y la risa, combinadas en las corridas de toros. En Santa Fe, se realizaron anualmente al menos desde 1595, en las celebraciones del Santo Patrono junto a los juegos de cañas. En cuanto a su organización, se mencionaba que el encargado de conseguir toros era el alcalde provincial.  Estos actos, y las representaciones teatrales que solían acompañarlos, merecen ser investigados por separado.

Autor: Mauro Luis Pelozatto Reilly para revistadehistoria.es

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